La banda sonora de los gamers

Tais Péndola

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Poesía y feminismo como base en la vida. Animé, música y videojuegos para escapar un rato
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Desde los sonidos electrónicos del primer Mario Bros, hasta la orquesta atrás del Final Fantasy XV, la música en los videojuegos siempre estuvo presente y bien puede comprobarlo cualquiera que juegue sacando el audio. Sin ella, no sería lo mismo.

“La música tiene una importancia tan grande que a veces pasa desapercibida. Hay cosas que te das cuenta cuando justamente faltan. No hay un juego, una película o serie exitosa que no tenga una banda sonora exitosa”, sintetizó Mariano Cazorla, el director de la big-band Power Up, proyecto autodefinido como “la música de la nostalgia”.

Power Up surgió hace cinco años cuando Cazorla notó la falta de existencia en la Argentina de bandas que se dedicaran a tocar música de videojuegos. El recorrido la llevó a estar conformada enteramente por músicos profesionales, a grabar un CD y a tocar junto a una orquesta sinfónica en noviembre del año pasado.

Para el director y saxofonista, el papel de los videojuegos- y de los juegos en general- en la formación de los chicos es central ya que “jugar es la única forma que tenés de aprender, todo lo demás es memoria y cosas raras que no están en nuestra naturaleza”. E insiste en que es urgente la necesidad de pasar a un sistema lúdico para que los chicos aprendan y que se aprovechen los videojuegos para eso.

Siguiendo su premisa de que todo juego exitoso tiene una banda sonora, remarcó que en la Argentina le dan el último lugar a la música en los videojuegos y aseguró: “El día que le pongan el primer lugar a la música y el concepto del juego sea bueno, seguramente va a ser un éxito mucho mayor de lo que venimos haciendo”.

Dentro de la escena local de la temática, también hay experiencias que retoman los comienzos de las consolas y las utilizan para sintetizar sonidos en el momento: esto se conoce como chiptune o música 8-bits. Una de ellas es el sello y colectivo Blipblop que se encarga de la recuperación y reutilización de dispositivos tecnológicos aparentemente obsoletos para la creación de música.

Naku Berneri, uno de los músicos fundadores, contó cómo entró en la movida del chiptune: “Empecé a hacer música con una Gameboy en el 2009, cuando ya nadie la usaba y en Mercadolibre se podían conseguir al precio de una botella de Coca-Cola. Así me di cuenta que podía conseguir un montón de diversión y no necesitaba la última tecnología ni un montón de plata para hacer música, sólo reutilizar lo que ya no se usaba. Si bien era un sonido viejo, era tan descalificado y tan pasado de moda que sonaba como algo nuevo”.

Para Berneri también existe un elemento nostálgico detrás de la proliferación del género ya que “los que tenían entre 5 y 12 años a fines de los ochentas y principios de los noventas, responden con cariño a la estética de los juegos que los acompañaron de niños y más si estas imágenes y sonidos están adaptados a los tiempos que corren”.

Además, destacó que el género abarca las obsolescencias del sistema ya que, no bien una consola o computadora es abandonada como proyecto comercial y es etiquetada por anticuada, el chiptune la rescata para que miles de músicos, programadores y artistas visuales hagan arte moderno con las mismos.

Jugando con los sonidos electrónicos de los juegos en la música, se encuentra también el colectivo de artistas Pungas de Villa Martelli (PVM), quienes hacen versiones 8-bit de canciones nacionales.

Uctumi, uno de los miembros, explicó que PVM surgió en 1996 de la marginalidad tecnológica y la apropiación electrónica: “En las actividades de los primeros meses revolvimos basura de las oficinas de la city porteña buscando información de sistemas (trashing) y produjimos artefactos basura para obtener crédito en los Bulletin Boards Systems (sistemas pre internet que eran usados para intercambio de información) del underground informático de Argentina”.

Contó, además, que su interés por este tipo de música nació a partir de la curiosidad ya que le “gustaba el sonido de la Commodore 64 y quería ver cómo sonaban algunos temas argentinos a través de esa computadora”.

En tanto a su relación con los videojuegos, los consideró un tipo de arte que requiere mucho talento para ser hecho y agregó: “Fueron el principal entretenimiento de la infancia para mí y creo que para todos en PVM. Son una manera de enfocar la mente en una actividad de disfrute que te hace perder la noción del tiempo. Sirven mucho para evadir la realidad, por eso hay que tener un cierto equilibrio y no excederse con ellos”.

En una formación de jazz que normalmente toca standards, en la reutilización de videoconsolas que quedaron viejas frente a las nuevas tecnologías, la música demuestra que no sólo es una parte esencial de los propios videojuegos, sino también, que muta a partir de los mismos para que chicos que crecieron jugando con un joystick tomen sus instrumentos- o los creen- y lleven adelante nuevas expresiones artísticas.

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