Blas Martin

Redactor at Corriendo La Voz
Editor de Análisis político y social.
Bahiense, daltónico y tesista: tres dolencias crónicas. Docente y comunicador.
Blas Martin

La alianza Juntos por el Cambio cerró su gira nacional con un masivo acto en la Avenida 9 de julio. Bajo la consigna “Sí se puede”, el oficialismo recurrió a formas ajenas para reafirmar contenidos propios y fidelizar su núcleo duro de apoyo, pensando más en el período que se inaugura el 11 de diciembre, que en las elecciones del próximo domingo.

Como aquel 9 de diciembre en que una repleta Plaza de Mayo despidió de la presidencia a Cristina Fernández de Kirchner, la marcha del pasado 19 de octubre será recordada como la histórica despedida de Mauricio Macri como titular del Poder Ejecutivo nacional. Si bien la tónica del discurso giró en torno al “lo damos vuelta”, la distancia conseguida por Alberto Fernández en la votación del 11 de agosto parecería tender a ampliarse más que a retraerse. Es que, más allá de los anuncios diarios del presidente, que apuntarían a corregir falencias de su mandato en los años por venir (pese a lo que se expone, por ejemplo, acá y acá) y a sus promesas abstractas (“Ahora viene la creación de empleo y la mejor del salario”), los datos socioeconómicos no paran de empeorar. El aumento en los índices de inflación, pobreza y desempleo rebaten cualquier aspiración cambiemita de incidir en la tendencia general para las inminentes elecciones.

La campaña por la reelección de Mauricio Macri incluyó un giro en las formas de su discurso. En el ocaso de su presidencia, descubrimos un Macri que buscó interpelar a las masas al mejor estilo de la política tradicional vernácula. Podríamos hablar de una peronización del macrismo tardío, visible no sólo en la elección de Miguel Ángel Pichetto como compañero de fórmula, si no también en los discursos públicos, las arengas exacerbadas (de las que el “¡No se inunda más, carajo!” es su más grande éxito) y en la ocupación del espacio público para construir una identidad colectiva a partir de la interpelación del líder a la masa.

Foto: Pedro Ramos

Sin embargo, los tópicos más recurrentes en el #SíSePuedeTour dejaron de lado todo atisbo de progresismo que pudo alguna vez habitar el logos macrista. Atrás quedó el feminista menos pensado que habilitó el debate por la Ley de Interrupción voluntaria del embarazo (que luego boicotearon sus parlamentarios): insistió en su defensa de «las dos vidas», mientras la gobernadora Vidal agitaba el puño con el pañuelo celeste en la muñeca. La insistencia en la defensa de la familia fue uno de los tópicos recurrentes, como claro guiño al sector evangélico y clerical que construyó fuerza en torno a la oposición al aborto y a la Educación sexual Integral. Macri también apeló reiteradamente a la palabra libertad, quizá en búsqueda del puñado de votos que representa el liberal ortodoxo José Luis Espert.

 Miguel Ángel Pichetto, por su parte, tampoco desaprovechó oportunidad para apelar al discurso más fascista, buscando tal vez el voto –marginal- que fue dirigido a la fórmula encabezada por Gómez Centurión. Su fijación con las personas migrantes alternó entre la acusación a venezolanos o a senegaleses como responsables de los males del país, algo que lo caracterizó desde sus tiempos kirchneristas. ¿Más a la derecha, todavía? Bueno: sugirió dinamitar la Villa 1-11-14 y aseguró la existencia de agentes cubanos en las filas del Frente de Todos, en otra de sus obsesiones: ese fantasma que recorre el mundo.

Foto: Pedro Ramos

Los pies sobre el asfalto

La escenografía elegida por la alianza gobernante también fue particular. El escenario se plantó lejos de la Plaza de Mayo, escenario de la mencionada despedida de CFK y de numerosos actos conmemorativos o celebratorios cada año, profundamente marcado por la carga política que le dio la historia, entre otras cosas, por la actividad de las Madres de Plaza de Mayo, o las movilizaciones populares de 2001. La postal de este #19O tuvo al obelisco de fondo y la muchedumbre esquivando plataformas del metrobus en la avenida más ancha del mundo. Un escenario más aséptico, lejos de la imagen de las patas en la fuente, más emparentado con el cierre de campaña del año 1983 que tuvo a Luder y Alfonsín en la palestra.

Lejos del millón, pero aun así en una considerable cantidad (algunos medios afines al macrismo calcularon algo más de 300 mil personas), las bases sociales del macrismo buscaron construir su propia mística en el ocaso del mandato de su líder. Las consignas más llamativas fueron las mismas que generaron la identidad macrista originaria más fuerte, si no la única, aquella que se definía por la negativa: no somos el kirchnerismo, somos lo opuesto. Carteles con el nombre del fiscal Nisman, comparaciones con Venezuela y apelaciones a la república, la democracia y al vilipendiado concepto del populismo, todas expresiones de contenido difuso que buscan intervenir más en el plano emocional que en el debate público.

Foto: Pedro Ramos

Apoyado en un teleprompter, el presidente en funciones insistió con algunas de sus fórmulas más recientes, como la mención al “dedo en alto”, en referencia al gesto del candidato del Frente de Todos en el primer debate presidencial y como metáfora del autoritarismo con el que identifican a la etapa kirchnerista.

Los números que entrega el balance de los últimos cuatro años dan cuenta de un desastre social y económico provocado por las políticas aplicadas por el gobierno encabezado por Mauricio Macri. El segundo semestre que prometió a comienzos de su mandato, ahora reaparece como “segundo mandato”, momento en que, sin quedar claro el cómo, todo empezaría a mejorar. Las exigencias del Fondo Monetario Internacional, y la inevitable comparación con la situación en Ecuador, hacen difícil pensar tal panorama, aún con el muy probable cambio de partido gobernante.

La propuesta velada, oculta, opaca que se hace fuerte en las entrañas del macrismo es la de un país que entierre al peronismo, o al menos –considerando la nueva fórmula presidencial- su vertiente más progresista y popular, en favor de un gran como sí, una imagen finamente montada sobre cartón pintado, de un país (aunque deberíamos decir, de algunas ciudades) europeizado, blanco y pulcro, sin cortes de calle ni trabajadores que reclamen por sus derechos, sin convenios colectivos de trabajo ni sindicatos; sin hermandad latinoamericana ni soberanía regional; sin universidades ni hospitales públicos, sin perspectiva de derechos en ningún ámbito. Lo dicho en las últimas elecciones, y que parece repetirse de cara a las próximas es un rechazo a la fantasía conservadora: no, no se puede.

Fotogalería: Pedro Ramos

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