La manada, San Fermín y una pesadilla recurrente

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Gabriela Krause

Editora at Géneros
Periodista | Editora de Géneros | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente | Autora de Alikal & Misoprostol: caja de herramientas para sobrevivir al machismo.
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En las últimas horas, el revuelo volvió a tener en primeras planas el asunto de «La manada» de San Fermín. Hay novedades en el caso, y estas novedades – que indignan – nos recuerdan los hechos que sucedieron durante los Sanfermines de 2016. Una chica de 18 años abusada por cinco hombres.

La víctima, que declaró haber mantenido una conversación con los acusados, llamados «La Manada» por un grupo de WhatsApp, contó haber avisado a los implicados que se iría a dormir al auto que tenía con un amigo. A esto, ellos respondieron que la acompañarían. Y la acompañaron, para meterla, a los pocos metros, en un portal y abusar de ella, para después grabarlo y, en el colmo de la impunidad, difundirlo.

Del juicio no se sabe demasiado por todo el hermetismo que rodea a los acusados. Se ve que acá, en España y en cualquier lado, abusar de una chica teniendo poder económico no es para tanto. Se ve, también, que los medios, los jueces, los abogados y todos están esforzándose por cuidar a los menos necesitados.

Las noticias que trascendieron esta vez son preocupantes y un claro ejemplo de cómo opera la justicia elitista, machista y patriarcal: el juez decidió tomar como válido el testimonio de distintos investigadores privados que siguieron a la víctima durante el tiempo que transcurrió después de los abusos. Según el informe, ella habría seguido con total naturalidad su vida, y por esto, plantea que no tuvo traumas, o sea, que no le cagaron tanto la vida. Asimismo, el mismo juez, el mismo ser humano, decidió no dar crédito a las conversaciones de WhatsApp entre los miembros de La Manada previas al abuso sexual. ¿Por qué uno sí y el otro no? ¿Desde cuándo el seguimiento ilegal de un agente privado hacia una víctima es determinante a la hora de afirmar o no su integridad?

Los medios son otra arista que no podemos omitir. Todos hablan de una «supuesta» o «presunta» violación. Parece que no alcanza, otra vez, con el testimonio de una víctima. Hasta la policía, cosa insólita, declaró que la mujer no parecía mentir a la hora de denunciar. ¿Es normal esto, que tengamos que preguntar a quienes recibieron una denuncia si sintieron en ella o no la veracidad?

Este viernes en Madrid, distintas organizaciones feministas convocarán a una marcha para reclamar por estos abusos judiciales. En los medios dicen supuestos. Nosotros afirmamos: abusos judiciales.

Estamos frente a una revictimización de la mujer que no es insólita. No sólo se la presiona y se la juzga a ella, sino que se la persigue. Parece que ahora para ser víctima hay que comportarse como tal. Parece que para ser víctima hay que andar por la vida cabizbaja, cesar todo tipo de vida normal, matar a la rutina. Ser víctima y querer ¿justicia? parece, es deber perder lentamente la vida y esperar que un tribunal se compadezca.

En España, en Argentina, en 2016, en los 90′. Hay cosas que no cambian, aunque queramos. Hay cosas que no cambian aunque creamos que el feminismo avanza y cada vez se posiciona mejor. El feminismo está en lucha, caminando, corriendo con la coyuntura. Hay jueces, medios y hombres impunes que todavía no se enteraron.

A continuación, un relato escrito hace un año, también, casi para la misma época en que sucedieron estos hechos, que en ese momento no conocía pero evidentemente podría conocer. Este relato, que es un sueño, describe cosas que pasan, lamentablemente, casi a diario.

La pesadilla recurrente

Te vamos a coger. Te vamos a coger todos. De acá no te vas hasta que no te cojamos todo lo que queramos.

Había llegado temprano. Me mandaron de la revista para indagar sobre un caso. 
El cuartel de bomberos se veía oscuro, rebalsaba de gente. Yo llegué bien arreglada, sobria, tratando de aparentar una seguridad y un profesionalismo que, en realidad, no me pertenecen. Me presenté. No llevaba un grabador, ni nada que me identifique como periodista. Dije que quería conocerlos, que era una cosa sobre la universidad. Yo no estudio, pero me daba la impresión de que la gente siempre estaba predispuesta cuando se trataba de ayudar a un estudiante.
Me recibió una mujer administrativa. Joven, no superaría los 30 años. Estaba peinada con un rodete y el rimmel le daba a sus pestañas un aspecto kilométrico que adornaba sus ojos impecablemente. Sentí vergüenza de mí. Pensé que me veía como una chiquita.
Pasamos a ver las instalaciones. Todo se veía lúgubre y mis nervios aumentaban a medida que me adentraba en ese mundo lleno de hombres tan hombres, acostumbrados a combatir al fuego. 
Me invitaron con mate. La administrativa se fue y yo me quedé con ellos. Me trataban muy bien y de a poco fui soltando esa personalidad tan curiosa que me caracteriza. Los llené de preguntas. Ellos parecían encantados.

No recuerdo bien qué fue lo que hizo que cambie tanto la atmósfera del lugar. Debo haber hecho una pregunta con la que no contaban, no tan ingenua, para la que no tenía lugar. Cambió el trato, los semblantes se ensombrecieron. Yo ensayé una disculpa, dije que ya era suficiente y que me esperaban en casa.

– No, chiquita. Vos viniste sin que te llamen y de acá no te vas hasta que nosotros te echemos.

Me dio la sensación de que en el trato cordial anterior siempre estuvo ese monstruo agazapado. Me asusté, pensé en gritar, pero es que estábamos como en una especie de cripta, tan lejos y tan suya que yo supe que gritar sólo serviría para quebrar mis cuerdas vocales y volverlas un chiste.

– Te vamos a coger. Te vamos a coger todos. De acá no te vas hasta que no te cojamos todo lo que querramos.

Entonces el más cercano, sin previo aviso, se desabrochó la bragueta del pantalón, sacó la pija y, agarrándome de los pelos, me obligó a chupar. Me dio arcadas. Empecé a llorar. De fondo se escuchaban risas y yo me empequeñecía a medida que el estruendo iba aumentando.

– Te vamos a coger, pelotuda. Te pensás que no sabemos. Que no vemos cómo te portás. Vamos a hacer una fila. Te vamos a coger, uno por uno. Vamos a repetir las veces que querramos y, cuando nos aburramos, ya te irás.

Había como una cabina. En realidad, como un box, de esos que suelen separar escritorio y escritorio en una oficina. En la parte de adentro, aislaba el sonido una goma espuma un tanto rústica. La parte de afuera era de algo similar a la madera, más liso y más fino y se veía un tanto endeble. Como si pudiera caerse en cualquier momento.
Me obligaron a pararme contra esa parte de afuera. Las manos agarrando esa pared que, contra todo pronóstico, no se tambaleaba.

– Sacá culo, nena. Sacá culo para afuera todo lo que puedas. Abrí un poquito las piernas, así está bien.

Las manos y las piernas abiertas. Las primeras en la pared, las otras en el suelo que parecía desvanecerse debajo de mí. Yo quería que me trague la tierra y la muy puta no me tragaba. Me bajaron los pantalones, mi imagen debía verse muy torpe. Tenía una tanga muy chiquita y blanca. En ese momento me quise morir. Deseé haber llevado puesta la bombacha más deserotizante de mi abuela y no ir depilada. Estaba depilada. Como un bebé. Y la tanga de hilos, blanca, nueva, los volvió locos.

– Mirá qué putita. Y te hacés la llorona.

Yo cada vez lloraba menos. Del susto pasé a la más cruel aceptación: estaba a merced de esos tipos. No podía hacer nada y si quería salir viva de ahí, debía aceptar mi destino en silencio.

El primero me corrió la tanga sin sacármela. Yo pensaba en el morbo, como para pensar en algo. No fue capaz de tocarme un segundo, de ayudarme a que no duela. Se apoyó contra mí y me metió todo su sexo de golpe, yo seca sentí el raspón y lloré de dolor, grité mil puteadas que en realidad jamás supe si salieron de mi boca o se quedaron a vivir en mi mente. El tipo seguía y seguía, un golpe, dos, tres golpes, perdí la cuenta hasta que sentí, con mucho asco y terror, que había acabado dentro de mí.
Pensé que de ahí salía embarazada, y otra vez lloré. El segundo tampoco me tocó, pero yo estaba ya mojada por los jugos del tipo anterior.
Al quinto me di cuenta de que a ninguno le vi la cara. Traté de hacerlo, de mirar a cada uno de los hijos de puta que me estaban arruinando la vida. Miré para atrás y sentí el calor del golpe atravesándome la cara. Supe que estaría roja y despeinada.

– Vos no nos mirás. Vos no me mirás salvo que yo te pida que me mires, que me veas. Vos sos un agujero. Un agujero obediente y silencioso.

Me quedé en el molde. Pasaron cinco más y empecé a pensar en otras cosas. Pensaba en libros, en la gente. Analizaba boludeces tan mundanas, tan de otra vida, que perdí de a poco la conciencia. El once fue el último que conté. Después, perdí la cuenta.

Las piernas me chorreaban, ya no sabía cuántos tipos habían acabado dentro mío, ya no lloraba, ya no pensaba. Me acordaba lo que me habían contado del «reviente», eso que le hacen a las minas secuestradas antes de condenarlas a una vida de prostitución forzada: se las cogen entre todos, las golpean, las hacen mierda tanto que las minas ya no sienten el dolor, ya no lloran, ya no temen. Yo ya estaba reventada, pensaba. Ahora sí me daba cuenta que hubiera sido mejor negarse y morir.

– Cerrá las piernas, nena. Date vuelta y agáchate.

No me inmuté. No por rebeldía, es que ya no era consciente de ese mundo a mi alrededor. Me agarraron de los pelos, me agacharon y, cuando yo creía que había terminado todo, me empezaron a usar la boca uno por uno. Uno atrás de otro me metieron la pija en la boca y me la cogieron hasta acabar en mí. Me manoseaban, me escupían, me golpeaban. Estaba rota. Estaba rota, empapada, temblando. 
Creo que tenía fiebre. Creo que estaba muerta, que ya no sentía, que ya no pensaba. Creo que nunca reviví.

Cuando vino mi jefe de la revista, creí que estaba salvada. Le pedí ayuda y cuando lo vi sonreír, entendí que me había vendido.

– De acá no te vas hasta que los muchachos se cansen de coger.

Y siguieron. Me usaron de todas las formas que quisieron. Yo no sabía que pudiera usarse un cuerpo con tanta maldad, con tanto desinterés por la vida ajena. Siguieron por horas. Creo que pasé la noche en ese lugar. Cuando salí, era de día. Hacía tanto frío, en pleno verano.

No te puedo contar el final. Ya no lo sé. Cuando el sol me pegó en la cara, desperté y el calor de tu cuerpo me secó todo ese dolor. Te lo conté. Vos estabas como en shock, yo te vomité todo el relato y entonces ya no pude hablar. Qué mundo enfermo, mi amor. Dame la mano, qué mundo enfermo, qué mundo enfermo, mi amor.

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