Joe Lemonge: el odio a la disidencia no escapa a la justicia

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Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
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Acusado de tentativa de homocidio, a Joe Lemonge le impusieron una pena de cinco años y medio de privación de libertad. La jueza rechazó considerar el caso como legitima defensa. En un fallo alevosamente arbitrario -como lo calificó el acusado- y con grandes cuotas de transodio -como lo calificamos nosotros- se dejó asentado una vez más que la justicia no es para todos. Apelarán la sentencia. Mientras tanto, analizamos el panorama.

La jueza Cristina Van-Dembroucke, a cargo del Tribunal de Juicio y Apelaciones de la Ciudad de Paraná, con asiento en La Paz, firmó la sentencia, rechazando tratar el caso como uno de legítima defensa, y también el derecho a la identidad de Joe, un varón trans que fue tratado durante la sentencia como si su género fuera femenino, es decir, como si su género autopercibido no valiera, aclarando, como si justificara algo, que lo hacía porque el acusado no cambió su nombre en el DNI.

Una breve biografía

Joe tiene 25 años y vive con su madre en Hipólito Irigoyen, un barrio pobre de Santa Elena, en la provincia de Entre Ríos. Hasta hace poco, se ganaba la vida como profesor de inglés y estudiaba Derecho, y su historial de interacciones humanas está determinado por el odio a la disidencia, primero por orientación sexual, después por su identidad de género. 

En 2016, decidió adaptarse a su identidad. El pasaje a varón trans fue en mayo de ese mismo año. La agresión llegó en octubre. 

Juan Manuel Giménez, un vecino del mismo barrio, se metió en su casa con dos hombres más. Según se reconstruyó desde la defensa “Giménez tenía una trincheta escondida en la manga. Había estado tomando y drogándose toda la noche en un bar. Joe manoteo un tacho, donde su padre siempre guardaba un arma, un aire comprimido, transformado en calibre 22, que lo usaba para ahuyentar a matreros. Joe creyó que era un fierro, lo agarró para azuzarlo, hasta tomó el arma con una sola mano, blandiéndola para que él se fuera, y dispara y le pega en el cuello. Un remisero lo llevó a Giménez al hospital. Estuvo cuatro días internado pero nunca estuvo en riesgo su vida. El 3 de diciembre, ese mismo hombre le quemó toda la casa a Joe.” La causa por el incendio nunca llegó a juicio. Sin embargo, la causa por tentativa de homicidio, negando la legítima defensa y omitiendo la agresión del denunciante, llegó a juicio y tiró, como siempre, a favor de la normatividad. 

Joe ya conocía a estos hombres que lo atacaron. Como la justicia es sorda y ciega cuando le conviene, habían hecho caso omiso a sus denuncias anteriores. Ahora, actúan con la celeridad que suponen necesaria. Antes, el silencio absoluto. 

#DefenderseNoEsDelito

No se pueden evitar las similitudes trazadas con el caso de Eva Analía de Jesús, a quien conocemos como Higui y defendimos por un panorama similar: una mujer lesbiana que estuvo presa durante siete meses por haber matado, también en legítima defensa, a uno de los diez hombres que intentaron violarla en patota. Higui logró que se le otorgara una excarcelación extraordinaria, tras meses de reclamos y lucha por parte del feminismo y organizaciones de derechos humanos, bajo la consigna “Libertad para Higui”. Actualmente, se exige su absolución. 

“La jueza es un monstruo. No puede ser llamada mujer. No apoya a las mujeres menos a un trans de mierda. Mi novio está afuera del país, mi amiga está en otra ciudad y todos ustedes compañeros están lejos. No tengo nada que perder. Así no sigo” – palabras de joe tras el fallo

Sin una justicia con perspectiva de géneros, no hay derechos humanos

Salirse del status quo es difícil habitualmente. Vivimos en una sociedad profundamente arraigada a estereotipos, normas y estándares a alcanzar constantemente. Joe sufrió, en distintos momentos de su vida, esas dificultades: la discriminación de los pares, la discriminación y demonización por parte de la justicia. Por un lado, lo condenable pero encarado desde individuos. Por otro, lo condenable en mayúsculas: la falta de tacto y de formación desde la mismísima institución judicial.

Que el sistema judicial no sepa actuar en estos casos como se debe, es decir, antes que nada reconociéndole al implicado los derechos que se desprenden de su identidad de género, y después entendiendo desde un marco teórico pero también de hechos tangibles toda la cadena de violencias que ha vivido a lo largo de su vida, es grave pero no deja de ser una radiografía de lo que vivimos habitualmente en sociedad. El Estado se dice inclusivo pero no abre las puertas realmente para quienes se salen de la normalidad que requiere la buena vida en sociedad. Joe está pagando los carísimos precios de tener una orientación sexual diferente, una identidad de género diferente y, para colmo, ser pobre.

Mediante educación, visibilización y estrategias comunicacionales, se puede ir transformando el imaginario popular para evitar situaciones violentas, discriminaciones y demás situaciones que se impone vivir desde el pueblo a la gente marginada por tomar decisiones que difieren de las esperables según lo que cree que debe hacerse la gente “de bien”, pero el Estado no es inocente, ingenuo ni carente de recursos, y debe garantizar la seguridad y la justicia para todos por igual, le guste o no lo que hacemos en nuestra vida privada. Que la Justicia no tome en consideración todas las violencias que atravesó Joe Lemonge antes de llegar al punto de lastimar a alguien para defenderse, es una clara discriminación. Hemos visto ya muchos casos en que un hombre mata a otro “en defensa” de su propiedad privada -objetos de valor, irrupción domiciliaria, etc- y salía indemne. Pero acá, la vara es otra, incluso cuando hablamos de la defensa de la propia vida. ¿Por qué? 

Desde los aparatos estatales, no se cumple ni lo básico. El cupo laboral trans, ya aprobado, es un utopía, si tenemos en cuenta que más allá de los papeles estamos lejos de su realización. La justicia, ciega y sorda. El sistema carcelario, abusivo. ¿En qué lugar pone eso a las disidencias? ¿Cómo sobrevivir en un sistema tan desigual?

No es fobia. Es odio.

Cuando la gente común que no tolera las disidencias habla de hombres y mujeres trans, le atribuyen enfermedades mentales y demás bestialidades que no resisten a un análisis. Por ejemplo, en una nota de TN sobre el caso, los comentarios se pueden resumir en éste, bastante esclarecedor del pensamiento promedio retrógrado: “Intentó matar a una persona, el hecho de ser un enfermo mental no debería garantizarle impunidad.”(sic)

Esta enfermedad mental inexistente que le atribuyen a la identidad de Joe Lemonge es una prueba más de la moralidad que nos condiciona a todos a la hora de medir ciertas situaciones con una vara que inventó otro y que compramos sin rechistar. Pero no les devolvamos el favor: ellos no son enfermos. Son venenosos.

Una fobia es una condición. Algo que no se elige, que cuesta cambiar. Un miedo profundo, digamos, una cuestión mental. El odio es otra cosa. Corroe y nubla pero no es natural del humano, sino que se adquiere. Esta gente elige odiar a lo diferente, como lo elige la jueza, como lo elige el fiscal, y como lo eligieron los tres agresores que entraron por la fuerza a la casa de Joe. No son inocentes: son conservadores que no soportan mirar en una persona algo que no sea un espejo, un ejemplo de la buena voluntad de Dios. 

Joe Lemonge no es un demonio. Es un hombre trans que se vio atravesado por violencias que algunos no podemos siquiera imaginar. No tiene privilegios de clase, de género, ni de nada. No tiene garantías de nada. Tiene un par de culpas. Es culpable de defenderse, de aferrarse a la vida, a la identidad que siente recorrerle el cuerpo. Es culpable de querer resistir, de imponerse a las violencias para sobrevivir. Es culpable como nosotros, en definitiva, que defendemos lo que somos porque así nos renombramos, y defendemos nuestras vidas, para no morir un día cualquiera por haber elegido algo que el vecino no ve bien. 

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