Hipersexualización: las nuevas “Lolitas”

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Periodista | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
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La hipersexualización de cuerpos infantiles, de niñas a las que no se permite comportarse como tales, es una forma de violencia infantil y de géneros totalmente invisibilizada en nuestra sociedad. Invisibilizada no porque no se vea, sino porque está naturalizada al punto de que no nos sorprenda que una niña de 12 años pueda verse, según los adultos, sensual, y la preparen para todas las ocasiones con un look de femme fatal. 

Con la televisión hubo un surgimiento que se ha profundizado en los últimos años, con la aparición de nuevas formas de reproducir series y películas por streaming, que incentivó a grandes números de producción y exposición de las estrellas. Las chicas, hace ya bastante tiempo se han convertido, para los medios, en semiadultas, mini-mujeres que pueden excitar sexualmente a la audiencia, con preocupaciones y conversaciones demasiado adultas para sus edades, y referentes a rituales de belleza.

Los medios de comunicación nos arrojaron, a lo largo del tiempo, innumerables ejemplos de lo que es la hipersexualización de las niñas menores de edad. Sobre el final del año pasado, en el marco del estreno de la segunda temporada de Strangers things, la serie estrella de Netflix protagonizada por niños, Millie Bobby Brown, la pequeña actriz de trece años, ha sido incluida en una revista norteamericana en una lista de los actores y actrices más sexys de la industria, compartiendo espacio con Charlize Theron, Nicole Kidman o James Franco, calificada como chica hot.

Con trece años, esta niña es un icono de la moda. Sin todavía haber vivido lo suficiente para determinar qué quiere ser, ya le han impuesto que debe ser algo que las demás  niñas en sus casas vayan a querer imitar. Esta chica es un ejemplo de algo, aunque todavía no tenga muy bien claro de qué. Y en este punto de exigencia, Millie no tiene permitido actuar ni vestir como una niña, pre-adolescente o ya adolescente. Debe ser elegante, siempre maquillada, y con aspecto de mujer que va a crecer para arrasar. Probablemente, nadie le haya preguntado a Millie, con la información necesaria, si ella realmente quería resignar estos años de juventud, de permitirse conductas infantiles, de comer un menú diferente o pasarse con un chiste que no haga reír a los adultos, porque corresponde a su edad. A Millie se le exige ser perfecta para poder gustar, y que al gustar de ella, la gente quiera parecerse a lo que ella es, no apuntando a la infantilización del público, sino apostando a la sexualización de la infante, a convertirla en mujer de manera precoz.

¿Qué nos venden cuando nos venden una menor sexualizada?

Las necesidades del mercado determinan todo. Si el feminismo está buscando dessexualizar el cuerpo para empoderarlo, los medios se empeñan en marcarle, desde pequeña, a la mujercita el lugar de sumisión sexual. Si creciendo en la exposición una niña se opone a ser sexualizada, a ser vista como persona-objeto-sexual, esa persona se adapta. Y en el camino de aprendizaje, de paso, vende. Vende todo tipo de productos, desde publicitarios hasta producciones audiovisuales. Y esto, en un contexto en donde los abusos infantiles son invisibilizados, poco denunciados y habituales, resulta exponer como mercancía sexual a niñas y niños que todavía no entienden cuáles son los límites de interacción con el adulto. 

El comercio es de vía doble: por un lado, nos venden el producto terminado: la mujer con forma de niña. Por otro lado, le venden a un montón de madres y padres la materia prima para transformarlas en eso: desde niñas, las mujeres reciben juguetes que emulan maquillajes, sets de peluquería, barbies con curvas y tetas grandes y juegan, en la computadora, juegos de moda donde visten a dibujos de modelos con formas voluptuosas. Aunque la modelo sea algo que la niña todavía no, lleva su nombre, porque es eso que aspira a ser, precozmente, por demanda de la sociedad.

En contexto de transformación de la mujer encaminada hacia el feminismo, estas niñas hipersexualizadas son más mujeres que el día de mañana deberán cambiar su forma de percibir la sexualidad. Estas futuras mujeres están siendo moldeadas como todo lo que las feministas adultas están intentando abolir. Por suerte, a veces se corren a tiempo. Emma Watson, por ejemplo.

“A los 14, comencé a ser sexualizada por ciertos sectores de la prensa; a los 15, mis mejores amigas comenzaron a salirse de sus amados equipos deportivos, porque no querían parecer “machonas”; y a los 18, mis amigos hombres eran incapaces de expresar sus sentimientos. Decidí que yo era feminista. Y esto no me parece complicado. Pero mi reciente investigación me demuestra que el feminismo se ha vuelto una palabra antipática.”

En una industria que está despertando frente a los casos de abuso y condena, al menos verbalmente, y al menos un sector, los abusos sexuales cometidos por Woody Allen, no parece ser de momento una lucha necesaria la de abolir la aceleración de la pubertad y adultez de una niña aún inmadura para comprender el grado de exposición corporal que padece. Pero después, se la culpa. No hace falta mirar hacia Hollywood: recordemos a Baby Etchecopar esgrimiendo, en plena lucha feminista, la idea grandiosa de que las niñas de doce años provocan a sus violadores. Según él, el problema no es el violador sino las niñas: que se visten como putas, y generan así un brote de violadores que se limitan a responder ante un impulso natural que vendría, podemos suponer, de los genitales o los cambios hormonales del género masculino.

Lo que Baby llama “mostrarse puta”, podríamos decir, es el hecho de posar y/o vestirse para parecerse, según la época, a ejemplos como Luisana Lopilato, acá en Argentina, o internacionalmente chicas como Emma Watson, y a partir de ahora, Millie Bobby Brown. La diferencias es que las que Baby condena son más pobres, más anónimas, menos expuestas. Las famosas no son putas: son elegantes, la construcción de lo “cool”, pero para las grandes.

Pensar como piensa Baby es un peligro. Es su razonamiento misógino que lleva a muchos hombres a terminar violando, acosando o tratando como objeto a la mujer o a la niña. De la misma forma que nos implantan desde pequeñas que debemos ser sensuales y nos van sexualizando, a ellos les hacen creer que son seres que no pueden controlar sus instintos. Preparan el terreno fértil para que ellos estén dispuestos a abusar y nosotras a permitirlo. El resultado es otra vez la culpabilización de la víctima, el algo habrán hecho, la justificación del opresor, del violador, del acosador.

Todo esto es un engranaje que comienza en la hipersexualización del cuerpo de la mujer en general, pero sobre todo en la hipersexualización de las niñas y en la gran oferta de estereotipos que establecen cómo se comporta cada mujer según su apariencia. Así, las niñas terminan teniendo el típico atuendo que llevaría a calificar a una mujer como “fácil” sin conocer realmente el tipo de comportamiento que tendrán cuando vivan lo libremente que puedan su sexualidad. Y daña a los dos polos, tanto a la niña expuesta como a las pequeñas espectadoras, que perciben desde pequeñas los ideales de bellezas, muchas veces imposibles dependiendo de madres y/o padres y los límites impuestos, y conociendo desde pequeñas la necesidad de ser flacas y hermosas, siendo víctimas tempranas de problemas alimenticios, inseguridades, bullying y un gran listado de problemas que no deberían aparecer de manera tan temprana. Bueno, en el ideal, no deberían aparecer nunca, ¿no?

Culotte sexy 

Las Erreway no eran adultas todavía y quienes consumíamos su música y la serie craneada por Cris Morena mucho menos. Así y todo, el provocativo personaje de Mía Colucci, por Luisana Lopilato, tenía comportamientos sexuales pero, más allá de la ficción, se tenía a la, todavía adolescente actriz, como un símbolo bastante deseable, con un lomazo y una cara de ángel, rubia y de ojos claros.

Rebelde Way empezaba así. Con esta canción. No había lugar a dudas del lugar que tenían las adolescentes en este instituto de secundaria para chicos tops, de padres adinerados. ¿Se pueden celebrar las ficciones que buscan retratar comportamientos que, aunque no debieran exaltarse, tienen en efecto las personas en su adolescencia? Por supuesto. Lo que no podemos celebrar es que el objeto de esas producciones se trastoque y termine por establecerse a la adolescente actriz como adolescente mujer hipersexual.

Para tener éxito hay que ser linda

Aparte de la sobreexposición, la aparición de estándares a tan temprana edad nos dejan la certeza de que para tener éxito hay que ser linda. Cuando esto aparece, de hecho, solemos estar atravesando una época en la cual, muchas veces, no encontramos aún nuestro “estilo” o nuestra forma personal de vernos bien. Esto despierta complejos muy temprano, y nos lleva a imitar hasta el máximo posible la imagen de una belleza que no corresponde a nuestra edad. Fotos con la ropa de mamá, con maquillaje, la planchita de pelo para los cumpleaños de la primaria, son ejemplos de la temprana inserción en los rituales de belleza exigidos para la mujer. El filo es doble: hipersexualización e imposición. Las necesitan sexys para venderlas sexualizadas entonces les venden sensualidad. Los concursos de belleza infantiles son un buen ejemplo: desde pequeñas saben qué deben aspirar a ser. Y quienes ya lo son, se aferran a aquello como si fuera lo único.

La sexualidad no es el problema

La sexualidad es libertad, y este análisis no busca refutar esto. Pero también la información y la educación son libertad. La infancia es libertad. Lo que se condena aquí es que estas niñas no eligen ser sexualizadas, simplemente, son empujadas a ese, el destino de las mujeres, pero antes, cuando todavía no lo son. La sexualidad es el norte de una mujer que desea ser libre en todas sus expresiones. No de una niña que todavía tal vez no sabe de qué se habla cuando se nombra a esa sexualidad. La falta de elección no puede ser jamás sinónimo de libertad, aún cuando hablemos de sexualidad. El despertar sexual temprano, si no es elegido, es condenable. El foco sexual sobre una niña es violencia hacia la infancia de esa niña, sin importar cómo se muestre o cómo la quieren mostrar. La edad sugiere un límite que el hombre adulto no puede cruzar, sin importar el grado de exposición de la infante.

Y el problema no es la ropa

Por supuesto, la culpa no es del atuendo, sino de la percepción que la sociedad tiene sobre él. Todavía estamos debatiendo si las mujeres deberíamos o no ser sexualizadas al punto de no poder pasearnos en tetas como los hombres, y todavía nos debemos un debate más profundo sobre qué es lo que vuelve potencialmente sexual a la niña según los estándares. El maquillaje, la ropa de adulta, todo eso la vuelve mujer. Si erradicamos nuestra propia sexualización, ¿le daremos a las niñas del futuro la libertad de jugar a ser mujeres sin necesidad de convertirse en objetos de deseos? Estamos en una disyuntiva del tipo del huevo y la gallina, pero es un buen punto de partida: en definitiva, cualquiera de las dos luchas será fundamental para el triunfo de la otra. Y es que esas niñas son de las que debemos agarrarnos para darles un futuro con imposiciones distintas a las que nosotras hemos tenido que atravesar, como hicieron las que vinieron antes de nosotras y como harán las que vienen después.

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