‘FLY’: el episodio emblema a 10 años de Breaking Bad

Belén Lescano

Belén Lescano

Redactora at Corriendo La Voz
Licenciada en Comunicación Social. Ariana. Fan de los soundtracks. Nolite te bastardes carborundorum.
Belén Lescano

Resulta casi imposible recordar con lujo de detalles todos los capítulos de una serie, aunque sea nuestra favorita. Sin embargo, hay algunos que, ya sea por su calidad estética, narrativa o actoral, logran sobresalir y desprenderse de la propuesta general. Este es el caso de Fly (La Mosca), el décimo episodio de la tercera temporada de Breaking Bad, uno de los más recordados de la serie que, 10 años después, seguramente sea uno de los primeros que se nos viene a la mente cuando repasamos la obra maestra de Vince Gilligan.

Catalogado como un bottle episode a medias (porque no es del todo autoconclusivo), está protagonizado sólo por Walter White (Bryan Cranston) y Jesse Pinkman (Aaron Paul). Transcurre en una sola locación, el laboratorio donde ambos cocinan metanfetamina para Gus Fring (Giancarlo Espósito). Si bien el motivo principal de la realización de este episodio de un modo diferente al resto de la serie es, en principio, debido a un ahorro de presupuesto para lo que quedaba de la temporada, al mismo tiempo se convirtió en un punto de quiebre entre los capítulos anteriores y los que le siguieron e hizo que los creadores, guionistas y su director Rian Johnson, pudieran expresar su creatividad con mayor libertad.

Walter White (Bryan Cranston) y su obsesión por matar a una mosca en “Fly”.

Fly es distinto a los demás porque no se concentra en la continuidad de la historia, sino que propone una situación absurda y coloca en el centro de la escena a una mosca que, según Walter no puede permanecer en el laboratorio porque contaminará su producción. Durante casi 47 minutos intentará matarla sin éxito hasta el final, y ese lapso en el que ambos se encuentran encerrados, servirá de excusa para plantear un gran momento enfocado en los sentimientos de la dupla, en su costado filosófico y reflexivo, cosa que resulta muy difícil de llevar a cabo en el resto, por la cantidad de personajes y acciones que se desencadenan sin darnos respiro.

 Fly y su estética particular

Si bien varios episodios de Breaking Bad nos presentan planos imposibles, es decir aquellos que nos muestran a los objetos y a los personajes desde ángulos sumamente jugados y originales, este capítulo en particular se toma la licencia de explotar muchísimo más esta característica de la serie que, a pesar de ser una historia realista, logra sacarnos de esa ilusión de verosimilitud mediante movimientos de cámara y ángulos que están lejos de representar cómo miramos el mundo todos los días.

Por eso, en este capítulo encontramos casi todos los recursos que no se pudieron utilizar en otro momento: primerísimos primeros planos, planos detalle, primeros planos, zoom in, cámara lenta, foco y fuera de foco, movimientos de travelling, uso del plano subjetivo desde el punto de vista de la mosca, ángulos picado, contrapicado, cenital. Podemos ver a Walter y a Jesse desde arriba, abajo, y desde todos los lugares posibles a los que puede llegar la imaginación del equipo para colocar la cámara.

Uno de los mejores planos del episodio: la mosca cae en cámara lenta sobre el pie de Jesse.

Esta estética visual novedosa sirve, por un lado, para que no se agote rápidamente nuestra mirada sobre la única locación con la que cuenta el capítulo, y por el otro, a la narración, para introducirnos en el laboratorio y hacernos parte de la sensación de encierro que atraviesa Walter durante todo ese día entero que le lleva deshacerse de la mosca.

También el sonido contribuye a sumergirnos en esta situación absurda y hasta, por momentos, cómica que nos presenta Vince Gilligan. El capítulo no cuenta con banda sonora, sino que nos encontramos sólo con los ruidos ambiente que no hacen más que reforzar el efecto de encierro y ahogo. La única melodía que se escucha al inicio del episodio es la de un canto de cuna que anticipará una conversación posterior, mientras en pantalla se nos ofrece un montaje de planos detalle de una mosca. Luego, durante los primeros minutos en los que Walter advierte la presencia de la mosca, percibimos la incomodidad que genera el zumbido, como si estuviera a centímetros de nuestros oídos.

“La Mosca” y la metáfora

Para entender un poco más la situación de Walter en Fly, es interesante remontarnos al inicio de la tercera temporada: Gus Fring le pide a Walt que trabaje para él a cambio de 3 millones de dólares por mes pero él lo rechaza argumentando que ya tiene el dinero suficiente y que ahora necesita alejarse del negocio para proteger a su familia. Sin embargo, en Kafkiano, el episodio anterior a Fly ya los vemos a Walter y a Jesse trabajando en el laboratorio montado por Fring detrás de un lavadero. 

Jesse Pinkman (Aaron Paul) con su máscara protectora puesta, en una clara similitud a la apariencia de una mosca.

Los protagonistas hacen las cuentas de lo que ganan ellos en proporción a todo lo que se lleva el dueño de Los Pollos Hermanos y notan que, aunque es una suma millonaria, es muy inferior. Al mismo tiempo, Jesse intenta recuperarse de la muerte de su novia Jane (Krysten Ritter) por sobredosis y Walter busca un modo de lavar la inmensa cantidad de dinero en efectivo que ahora tiene en su poder.

Este “parar la pelota” que nos propone Fly se explica por todos estos acontecimientos. En este caso, la mosca representa en gran parte al Walter de la tercera temporada, atrapado y sin salida, en principio, por su situación familiar que no deja de empeorar pero, sobre todo, debido al sentimiento de culpa que lo carcome por haber dejado morir a Jane y no tener el valor de confesárselo a Jesse.

Todas estas sensaciones, que no se ven pero se perciben, nos pintan en Fly a un Walter que está al borde de la locura. Más allá de los posibles riesgos de contaminación de su producción (cosa que menciona con énfasis en repetidas ocasiones), su obsesión en matar al insecto y encerrarse en el laboratorio un día entero sin dormir parecen funcionar más como un pretexto, una distracción a sus problemas reales.

En última instancia, este juego del “gato y el ratón” entre Walter y la mosca, en el que el destino último del insecto será la muerte, también juega con la propia muerte del protagonista. Como sabemos, la serie comienza cuando le diagnostican cáncer terminal de pulmón y al darse cuenta que si se muere no tiene nada que dejarle a su familia, el hombre correcto se introduce en el mundo del narcotráfico. Al tener los meses contados, no le da demasiada importancia a las consecuencias de sus actos. Sin embargo, en Fly se encuentra en una etapa de remisión de su enfermedad: el cáncer ya casi ha desaparecido.

Por eso es que casi llegando al final del episodio en cuestión, y luego de que Jesse le haya dado un somnífero para poder tranquilizarlo y seguir trabajando en soledad, Walter comienza a reflexionar sobre cuándo hubiera sido el mejor momento para morir. Así, concluye que lo ideal hubiera sido irse mientras miraba la televisión en su casa al mismo tiempo que escuchaba a Skyler (Anna Gunn), su esposa, cantarle una canción de cuna a su bebé, justo la misma noche que murió Jane. Le confiesa a Jesse que no tendría que haber salido a comprar pañales, ni tampoco haber parado en un bar y ponerse a hablar con un desconocido que, por casualidad o causalidad, resultó ser el padre de Jane.

A medida que se desarrolla la reflexión de un hombre que quiso escapar pero no pudo, que quiso morir pero el destino no se lo permitió, los espectadores estamos esperando fervientemente la confesión de Walter dado su estado de somnolencia. Aunque no lo hace, todo el tiempo sentimos su remordimiento y su dolor. Al ver en retrospectiva la cuarta y quinta temporada, nos damos cuenta que este capítulo es clave porque representa la última vez que vemos a Walter como Walter, un hombre con sentimientos a quien aún le importan las personas que lo rodean, para luego pasar a ser enteramente Heisenberg, su álter ego peligroso y sin escrúpulos.

A pesar de que durante todo el episodio percibimos que se forja un lazo más profundo entre Walter y Jesse (y esa es una de las mejores cosas que nos ofrece Gilligan en esta instancia), en realidad es un sentimiento que se genera en base a manipulación y mentiras. Todo esto queda resumido en la respuesta que da finalmente Walter cuando se cansa de perseguir a la mosca, decide comenzar a cocinar y Jesse le recuerda su argumento sobre la contaminación: “Ya no importa, todo está contaminado”. Hasta las relaciones están contaminadas, ya no queda nada por salvar.

Walter White y la coloración azul que siempre lo acompaña, en referencia a la metanfetamina azul que lo hizo famoso.

En definitiva, esta combinación de estética visual, sonora y la infinidad de metáforas que podemos encontrar nos da la pauta de que Fly lejos de ser un episodio en el que “no pasa nada” o “no hay acción” como muchos pueden pensar, en realidad, es una instancia en la que “pasa de todo”, pero puertas para adentro (tanto del laboratorio como de los pensamientos de Walt y Jesse). Si diez años después nos seguimos preguntando por qué Breaking Bad es considerada una de las mejores series de la historia, seguramente una de las razones sea Fly.

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