Fiesta en Caix: otra vez la lupa se debate qué es abusar

Gabriela Krause
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Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
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Cuatro menores de edad abusan de una menor más menor que ellos. Una piba de diecinueve lo ve, lo frena y lo denuncia. Otros y otras menores de edad justifican el abuso, porque la piba “quiere” o porque igual ella es “re puta”. Los medios, como siempre, dudan de la veracidad de la denuncia, que se viralizó en las últimas horas. El boliche declara que no sabe nada. ¿Tenemos que volver a debatir cuáles son los límites del abuso?

Caix. Después de la 1 de la mañana.

Juliana tiene 19 años. Salió con un amigo, a bailar. No es una noche cualquiera: es la fiesta de egresados de su hermana, una alumna de ORT que celebra la ocasión en Caix, el boliche de Costa Salguero más elegido por los alumnos de la institución.

La metodología es siempre similar. Los y las jóvenes, a punto de egresar, llegan a Caix ya entonada/os y se disponen a pasar una buena noche. Adentro no venden alcohol, así que la previa es fuerte. Las y los asistentes, lo mismo. Adentro, el clima es de puro jolgorio, música y baile. Afuera, en la parte que da al río, la gente fuma, charla, se chamuya. Está lleno de menores.

Hasta acá, todo bien. No se puede criminalizar la juventud. Pero ¿qué pasa cuando las cosas se van de las manos y empiezan a pasar entre chico/as aquellas cosas que queremos erradicar urgentemente en la adultez? En Caix, aparte de las y los menores de edad, hay un montón de adultos en cada fiesta de egresados, desde la gente misma dispuesta por el boliche hasta una especie de VIP arriba, lleno de padres. ¿Nadie reconoce la violencia cuando la ve?

Juliana llega a Caix y luego de un rato decide salir a la partecita que da al río. Ya no disfruta las fiestas de egresados tanto como cuando ella era parte del mismo jolgorio. Tal vez el crecimiento nos lleva a esto de pararnos en otro lado frente a hechos que antes magnificábamos de otra manera. Juliana está feliz por su hermana, pero reconoce hoy, años después, que la noche de egresados con el tiempo se vuelve una noche muy linda, pero una noche en fin. Ya entendió que no es todo, que no es única.

Caix. Después de la 1 de la mañana. Costado del río. Juliana y su amigo se frenan afuera y Juliana escucha un grito. Un grito ahogado, dice ella. El amigo sigue caminando, pero ella siente algo y mira detrás. Ve una chica, dice, una nena. “No pasaba el metro cincuenta, morocha y flaquita. No podía ni estar parada”. Estaba rodeada de chicos, dice, y todos la doblaban en altura.

Lo que cuenta después es escalofriante:

Dos la sostenían de los brazos mientras uno la empujaba contra la pared, donde estaba otro chico, este, desde atrás, le metía la mano adentro del short, mientras que el de adelante la tocaba por adentro de la remera”. Dice que se daba cuenta de que la piba no podía hablar, se le heló el cuerpo. Y sigue contando: “Veía como el chico de atrás con una mano la agarraba de la cintura y la otra la movía adentro del short, mientras que el de adelante cada vez le apretaba las tetas con más fuerza. Me dieron ganas de vomitar, no me podía mover, no podía ni hablar, mi cerebro iba a 100 por hora pero mi cuerpo no reaccionaba. Había perdido a mi amigo de vista. Era yo sola contra todos ellos”.

Y todavía sin poder moverse, Juliana se empieza a gritar a si misma, como para adentro, como pegándose cachetadas de “reaccioná”. “La están violando. Juliana. Reacciona. JULIANA REACCIONA LA ESTÁN VIOLANDO”.

Entonces Juliana piensa. Piensa en las mujeres y corre. El tiempo se alarga, las distancias se agrandan y Juliana corre. “Empuje a 3 de los chicos que la sostenían y la agarre de la muñeca, tiré de ella para poder sacarla de ahí pero el chico con la mano en su short no tenía muchas ganas de soltarla. Con mi mano en forma de puño junte toda la fuerza que tenía y le pegué en la cara al chico para que la suelte”.

Juliana pregunta: “¿Como te llamas?” y la chica se le cae encima. Juliana repite la pregunta, la chica responde un nombre a secas. Juliana quiere saber el apellido, la chica niega. Huele a alcohol. “Hermosa, me llamo Juliana. ¿Estás bien? ¿Me escuchás?”. La piba se sigue cayendo. No puede mantenerse en pie.

¿Pero quién te crees que sos?” escucha Juliana que la interpelan. “Es mi amiga, soltala”.

Juliana interpela, devuelve el golpe. Pregunta a la chica, pequeña también, si no vio lo que le estaban haciendo a su amiga. “Ella quiere”, responde la amiga aunque la chica sigue sin poder mantenerse bien en pie. Juliana la ignora. Juliana sigue pidiendo a la chica que la ayude a ayudarla. ¿Cuántos años tenés? Le pregunta y ella contesta que va a segundo. 14, 15 años, calcula Juliana mientras todo le da vueltas.

No la conozco mucho, la rubia es mi amiga, pero te digo algo de Violeta, es re puta. No te pongas mal por lo que paso”, le comenta un varón.

¿Estás bien?” – pregunta Juliana por milésima vez. La chica asiente: no puede hablar. “Salí de acá o te mato”, la amiga de la chica vuelve a la carga.

Te juro que estoy bien”, logra formular la chica después de todo ese tiempo. Bien, dice.

Juliana llama entonces al guardia del boliche, le dice lo que pasa, le describe como puede a los chicos. Pide entonces Juliana que la lleven a la enfermería porque estaba vomitando. Es su forma de cubrir a la piba sin exponerla, para que la vayan a buscar los papás. El guardia asiente, la amiga se enoja. Parece creer que le están arruinando la vida, por cortarle una noche.

El abuso y los límites que lo configuran, una discusión que parece no tener fin

Juliana tiene 19 años. ¿Está bien que tenga que mandarse sola a sacar a una piba de 14, 15 años de una situación de abuso de tal calibre?

Juliana tiene 19 años. Menos mal que ya sabe reconocer qué cosas se pueden permitir y ante cuales no se puede callar bajo ningún punto de vista.

Juliana tiene 19 años y pudo sacar de un abuso a una piba que tal vez sin Juliana no se habría ni enterado de la gravedad de la situación. Con 19 años, Juliana, que asistió esa noche a una de esas fiestas a las que yo asistía cuando tenía los mismos 14 o 15 de la chica, frenó una situación que también yo vi y naturalicé en ese entonces. Yo y otras tantas más.

Algunas ya entendimos. Otras no. Juliana aprendió rápido.

Sin Juliana, la situación podría haber pasado a mayores, o no. Pero con Juliana, la situación tuvo un freno y abrió de nuevo la discusión de siempre: qué es abuso y qué no.

El panorama parece claro, en realidad, y parece dejar de lado todo juicio de moral: una chica menor de edad, de 14 años, visiblemente borracha y manoseada en público por cuatro personas. Desglosándolo – podría ser sólo una menor de edad o podría sólo estar visiblemente borracha, pero en este caso no – ya estaríamos hablando de abuso. Pero con todos estos elementos ¿por qué nos permitimos dudar?

Las y los jóvenes

Caix, lleno de jóvenes. Tal vez más de uno vio lo mismo que Juliana, tal vez no. La verdad es que lo haya visto quien lo haya visto, todos y todas hicieron caso omiso.

Los cuatro que abusaban de la chica, a sabiendas o no de que esto es abuso, claramente omitieron esta posibilidad.

La amiga de la chica y su amigo no sólo lo omitieron: lo justificaron.

Es re puta” dijo el varón, cómodo y desconocedor de la situación, para dar a entender que frenar eso estaba mal. Parece que “ser re puta” en cualquier ocasión es habilitar el abuso en cualquier otra. Y llegado al caso ¿qué es ser re puta? Cuatro hombres manosean a una chica en público, porque creen que está regalada. ¿No serán ellos las putas? Putas, claro, si es que este chico se refiere simplemente a la promiscuidad o el disfrute de su sexualidad y/o corporalidad que pudiera o no ser habitual en la chica. O sea, regalarse. Entre comillas.

Tal vez sólo se vestía sugerente. Tal vez sólo le gustaba juguetear. Para el chico eso es ser puta. ¿Y qué será para ese chico aprovecharse de una chica en situación de vulnerabilidad?

Otra vez los medios

Los y las jóvenes son eso, jóvenes. Pero otra vez es necesario poner bajo la lupa a aquellos espacios que se supone son quienes cuentan las cosas a la gente que se quiere informar. Los medios de comunicación, parece, tampoco tienen muy claro qué es un abuso. ¿Cómo puede ser que ante un caso de abuso relatado de esta forma esgriman aún el concepto de presunción?

Se viralizó el relato de un presunto abuso en una fiesta de egresados“, titula Clarín una nota donde comentan los hechos, dando lugar al relato de Juliana pero permitiéndose dudar de su veracidad. Entre otras cosas, destaca por ejemplo que el relato original no remite a nombres ni apellidos de ninguno de los involucrados. Cuidar la identidad de menores de edad, parece, es mentir.

Yendo más lejos, Clarín consultó a voceros del boliche, que aseguraron que no hubo ninguna persona de esas características atendida en la enfermería. Pero no es suficiente: también consultada una fuente oficial, nos informan de que no hay una denuncia radicada en ninguna comisaría de la zona. Si no se denuncia la violencia machista en una sede policial, parece, el hecho no existió. Clarín no se entera todavía de que hay veces que denunciar sólo es volverse a violentar.

La responsabilidad del boliche

Según una nota de Infobae, las autoridades de Caix confirmaron que en la madrugada del viernes el establecimiento fue alquilado para realizar una fiesta de egresados. Afirman que “la seguridad la dispone el boliche, pero es un evento sin venta de alcohol en el cual los padres de los chicos tienen que hacerse cargo si ello sucede“. Es casi tierno que el boliche sede de la mayor parte de las fiestas de egresados de esta magnitud pretenda no tener idea de que en su establecimiento las chicas y los chicos pasan una velada embriagadísimos, no porque lo compren adentro sino porque consumen desde antes el alcohol. Como persona que ha transitado estos eventos, lo afirmo: el boliche siempre sabe en qué estado se encuentra la gente que está en el interior. Pero no importa. ¿Por qué Caix responde sobre esto? ¿Están insinuando, acaso, que estas situaciones son sólo producto de un exceso de alcohol?

Los empresarios que manejan los boliches son quienes deben impedir que cualquier situación de este calibre sucedan. Estamos acostumbrados, después de Cromañón y la Time Warp, a poner la lupa sobre ellos. Pero ¿sólo la muerte de jóvenes permite apuntarlos con el dedo? Un abuso sexual es también una cuestión por la que deberían responder quienes gestionan la noche y se llenan las arcas con la plata de los jóvenes que, asistiendo, lo mínimo que pueden pedir es seguridad e integridad.

Una vez más:

  • El alcohol no justifica ningún abuso. Consumir alcohol no vuelve al ser humano incapaz de discernir cuáles son los límites en la interacción con otro ser humano.
  • El consumo de alcohol en la víctima no justifica absolutamente nada. Una mujer desmayada no tiene un cartel en la frente que rece “se puede violar”.
  • Manosear a una chica de 14 años es abuso.
  • Manosear a una chica sin su consentimiento explícito y claro es abuso.
  • Que una chica se vista sugerente o se comporte como quiera con los hombres no significa que habilite a cualquiera y en cualquier momento a hacer lo que se quiera con su cuerpo.
  • Los grandes empresarios que manejan los boliches son responsables de todo lo que sucede en el interior, sobre todo si se trata de menores de edad.
  • Los medios que eligen cuestionar la veracidad de un abuso citando fuentes policiales y la carencia de denuncia son cómplices de la perpetración del abuso de poder patriarcal.
  • Es parte de la cultura de la violación y su buen funcionamiento el hecho de que haya un montón de jóvenes – desde los abusadores hasta la abusada y sus amiga/os – que no reconozcan la gravedad de esta situación.

No es no.
Silencio es no.
Sólo sí es sí. Repitan como un mantra, a ver si las Julianas de este mundo pueden empezar a salir a divertirse sin tener que oficiar de justicieras, ni tener que salir a escribir con el corazón en la mano un relato que pida a gritos nunca más violencia machista, nunca más abuso de poder patriarcal.

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