#Entrevista María del Rosario Alarcón: Cadena de rosas

    Cecilia Chiaramello

    Cecilia Chiaramello

    Comunicadora Social. 25 años. Mi abuela me dijo que no estudie periodismo. No la escuche.
    Hablo sin S porque soy de Santa Fe. Escribo, leo, miro series y tomo tereré porque sino me aburro. No sé esperar los segundos entre capítulos de Netflix. Soy fan de la gente y me río con ruido.
    Cecilia Chiaramello

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    “Lo que hice, no lo volvería a hacer jamás. Pero no me arrepiento, estaba en el momento y en el lugar indicado creyendo absolutamente en lo que hacía. Pero no volvería a pasar nuevamente por eso. El proceso personal que inicie, me indica que nunca volvería. Tengo 56 pero creo que viví 100.” ¿Qué pasa cuando estas parada en la calle por donde pasa la historia? ¿Qué sucede cuándo el acontecer de tu país te atraviesa en carne propia? ¿Cómo es ser dueño de heridas colectivas? Conversamos con la escritora María del Rosario Alarcón que, además de responder estos interrogantes, nos cuenta cómo es escribir para salvarse.

    Bienaventurados los que están en el fondo del pozo 
    porque de ahí en adelante 
    sólo cabe ir mejorando

    Bienaventurados, Joan Manuel Serrat

    Los días cantan la historia

    Cuando era una nena, mi papá me llevaba a caminar. En esa época las patentes comenzaban con la letra de la provincia y una chorrera de 6 o 7 números. Charlábamos un rato hasta que me decía: “vamos a caminar esta cuadra y cuando llegues a la otra esquina quiero saber cuántos autos viste”. Entonces, yo llegaba a la esquina y enumeraba; vi siete autos papá: dos rojos, cuatro negros, uno blanco. Llegué a saber el último número de todas las patentes. Estaba súper entrenada. No sospechaba que en el futuro ese juego me iba a servir.

    María del Rosario Alarcón es santafesina, maestra, psicóloga, y también esa nena que memorizaba patentes. Por algún legado divino, también es escritora porque las palabras le salen como manantial, como exorcismos para ahuyentar los demonios, las muertes, los miedos.  Así, con el ímpetu que tienen las cosas que deben ser dichas, sin pedir permiso ni autorización, María escribió Donde el barro se subleva, la novela que Editorial Sudamericana presentará en la Feria del Libro 2017.

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    María pensó el libro en su cabeza, porque así escribió toda la vida. Es disléxica; primero redacta en la mente y después en el papel. “Siempre tuve una memoria privilegiada, como era disléxica escuchaba el texto y hacia que leía pero estaba repitiendo lo que me acordaba. Mi vieja con buen criterio suponía que tenía que escribir mucho para “curarme”. Entonces escribir era un castigo para mí, tanto que mi hermano completaba mis cuadernos de caligrafía, porque yo los odiaba”, puntualiza María.  Pero un día la niña que detestaba escribir se convirtió en una mujer escritora. 

    “El libro fue como una catarata que salió y después pulí mucho las formas. Lo escribí en primera persona y luego lo pase a tercera. Fue un hecho estético, pero cuando lo hice se me abrió la cabeza lingüísticamente hablando. Y me encantó. Hago mucho uso y desuso del tema del tiempo. No es cronológico, la narración va y viene. Tiene esa cosa de poder hablar sin la interjección del signo. Ese hablar es como un pensamiento que sigue“

    El destino jugó a las escondidas con la historia de María. Ella y su familia se exiliaron en Abril de 1976, semanas después del Golpe Militar. Pero cuando regresó de Europa, esa mano negra de la que había escapado la seguía esperando. Y porque el azar es caprichoso cuando por fin la liberaron, y aún sintiéndose cautiva, volvió al viejo continente. Como se vuelve a un viejo libro, en busca de los párrafos en donde uno sonrió.

    “El 15 de noviembre de 1982 me sacaron del Pozo de Banfield. Yo no podía hablar, no todavía. Entonces logre escribir mi primera carta, a mi mamá, nunca se la di ni se la mandé. Era un catarsis, aunque en ese momento tampoco sabía que era una catarsis. Un exorcismo propio de la mente humana. Escribí, escribí y escribí cartas. En general tenían un destinario, pero nunca las envié.  Yo contaba lo que no podía decir, lo que no podía hablar. Pero las guarde. Algunas las escribí en el exilio, otras en Santa Fe todavía escondida. Es muy loco haber salido de estar presa y seguir presa, es bastante complicado. La base narrativa del libro es un compilado de estas cartas, de todos modos no cuento la crónica policial o militante de la tortura. Es lo que viví, por eso hay nombres, fechas, lugares. El libro comienza cuando estaba sola en París, cuando me escape”

    El tiempo como temática es una suerte de obsesión dentro de su narrativa; el pasado, los huecos del tiempo muerto, lo recuperado, el recuerdo y los esfuerzos. “El tiempo y la memoria son temas puntuales en mi obra. Tengo una etapa de mi vida donde el tiempo se ha diluido y sé que no lo puedo recuperar. Alguna vez lo intente,  hoy ya no. Al tener relación con los grupos armados desde muy chica, el futuro no era algo que se planificara. Del mismo modo que en mi cabeza no existía la idea de ir a bailar a un boliche, no pensaba cuando termine el secundario voy a hacer tal cosa. Eso nunca existió”, relata Alarcón. 

    En este contexto, María nos relata la importancia que tiene su obra al abandonar nuestro país: “A los 15 años deje la Argentina por primera vez, cruzando los techos de mi vecina.  Desde los 15 hasta los 23 hay un paréntesis absoluto de mi historia. En esos 8 años, por ejemplo no recuerdo la música que se escuchaba, yo me quede con la música que escuchaba a los 15 y después con la música que escuche a los 30. Un vacío. Escribir este libro fue recobrar ese paréntesis“.

    Para darle un nombre y un orden a ese vacío, María rememora lo que se acuerda, lo que vivió, lo que le contaron que vivió. Cuenta lo que quiere, lo que puede, se guarda lo que es suyo para siempre. Cuenta lo que la normalidad que la rodea puede soportar. “Al principio contas los días. A mí me chupa la Policía Militar en Ezeiza, me tiran encapuchada adentro de un auto. Me meten en un espacio que nunca vi. Me pegan, me patean. Nada más. Pasan dos días. Aunque dudas si fueron dos días. Pero supe que eran dos días. Después me suben a una camioneta y caigo en la Policía Federal. Ahí, en la central de la Federal en esa calle tan famosa. Todos entrabamos por Virrey Loreto. Encapuchada, me sientan. Todo esto lo supe después obviamente, en el momento no supe donde estaba. Me sientan en una silla y hasta que pude contar, conté 5 días. Sentada en una silla. A partir de ese momento mantener la cabeza es muy difícil. La incomunicación con otros seres humanos, incluso con el espacio y el tiempo, es lo más terrible y forma parte de la tortura también”.

    Esa memoria privilegiada, esa que su papá y la dislexia pusieron a prueba, la salvó más de una vez, porque le permitió volar más allá del encierro. “Estando en el Pozo de Banfield obviamente no escribí nada, pero en la cabeza fue el tiempo que más ejercite la memoria. Mi memoria actúo como un ancla. Yo tenía un entrenamiento muy especial que había hecho en Francia con mi viejo, en el que me enseñaron a abstraerme. Los hindúes dirían estar en Nirvana, yo estaba en el limbo. Lo lograba a veces, pero no siempre. Podía conectarme con algo; en muchas ocasiones fueron las canciones de Serrat, las sabía de memoria. Era morirme o acordarme de algo. Y Joan Manuel venía a mi memoria. El libro es un poco eso, acordarme”.

    La primera parte de la tortura la hice sola. Luego conocí otra gente, con los que aún tengo relación. Después , cuando empecé a ver, vi cosas y la cabeza es al pedo, la cabeza ata cabos. La tortura tiene varias partes. Una es la violencia física. El que te tortura, te hace ver y a veces te lo dice, que tu cuerpo no te pertenece. Esa es la primera disgregación que se produce en cualquier torturado. Tu cabeza es tuya aunque te la aplasten. Tus objetivos, tus sentimientos y todo lo que necesitas para subsistir. Pero tu cuerpo ya no es tuyo. Y el dolor físico podes aguantarlo o no. Pero a larga ese dolor termina mellando en tu cabeza. Es ese el proceso en donde el objetivo final es que vos no seas quien sos. Esto lo cuento mucho en el libro. 

    En su primera estadía en Francia, María conoció gente muy diferente a la que frecuentó en su segundo exilio. Como en todos los destierros, uno muere un poco y nace otro tanto, renovado, distinto, nace en otras palabras, en otros gestos, en otras formas. “Me forme militarmente en Francia; y los años que tuve desde el primer exilio familiar me sirvieron para conectarme con todos los grupos terroristas del mundo. Francia era el lugar donde todos los terroristas del mundo íbamos a parar, y donde aún se sentían los coletazos del Mayo Francés. Afganos, armenios, la ETA, Sendero Luminoso, las FARCS, el ERP. Todos estábamos en Francia. Yo tenía 16 años y sabía perderme en cualquier lugar del mundo sin que nadie me encontrara. Esa era la manera que teníamos de aprender”, cuenta la autora.

    ***

    Los regresos: entre Francia y Argentina 

    Cuando volví a la Argentina hablar francés era un peligro. Y deje de hablarlo. Después cuando me liberaron volví a Francia. Necesitaba ir a un lugar donde nadie me hablara, quería que nadie me conecte por eso me hice amigos de otro círculo, quería ser otra. Cuando logre pararme en dos piernas y caminar, busque un  trabajo en  París. Me movía en Montmartre, trabaja de moza y de una pensión fui a un departamentito. Podía moverme, hasta parecía normal. Yo quería parecer normal, que la gente no se dé cuenta. Como la mujer golpeada, igual.

    La vida de María del Rosario, sin lugar a dudas, no volvió a ser la misma,  y en apariencia su personalidad, sus gustos e sus intereses, su modo de moverse en el mundo se habían reconfigurado. “Lamentablemente siempre fui muy inteligente, y estudiar en la Soborna me ayudo a conocer a otra gente. Todo me resultaba poco, quería estudiar más, hacer cursos de Filosofía, de Historia, porque el tiempo muerto era horrible. En ese período de sanación, conocí a mi marido e hice exactamente lo que cualquier esquizofrénico hace. Me case con la antítesis por la cual había luchado. El esquizofrénico de alguna manera busca ser otro. Y eso hice. Quise ser otra, era tanto el horror que necesitaba ser otra”.

    De este modo, aparecía María y los dilemas del ser, de su ser. El querer desaparecer después de desaparecer, el desear no estar después de ser invisible.

    El juicio de la Comisión del Nunca Más me llamó. Yo estaba tan, pero tan enojada que no comparecí ante el tribunal, me negué y les dije que eran unos forros. Volvieron a llamarme y me enoje más todavía. Comparecí sólo para decirles que el Nunca Más iba a servir para regodear la cabeza de algunos y que no estaba de acuerdo, porque ellos que estaban dentro del sistema nunca hicieron nada. Creo que por eso me aterra que mi libro tenga una utilización política. Un día, cuando mis dos hijos mayores estaban en el secundario, llegue a casa y los encontré leyendo el Nunca Más; se lo habían dado en la escuela.  me agarro un ataque, Les arranque el libro de las manos, abrí la ventana y lo tire del cuarto piso del edificio en el que vivíamos. 

    Luego de enfrentarse al horror, María finalmente, se animó y liberó lo acumulado durante años: Cuando te enfrentas a la tortura, lo haces porque no hay nadie que te defienda. Por eso durante muchos años me negué a formar parte del sistema. Fui más NN afuera que adentro. Con este libro es la primera vez en 40 años que pongo la firma en un documento público. Use seudónimos muchos años, no quería ser, no quería estar. Es casi enfermizo, es entender que uno tiene que reconstruir la vida desde otro lado. Nadie sabía que yo existía en el mundo. Hay una negación en mí a pertenecer a un sistema que me dejó sola. Muy sola. Por eso cuando dicen que Argentina está enferma de inseguridad, sé que es mentira, porque este país está enfermo de comodidad. Los argentinos somos cómodos”. 

    María es testimonio de la literatura como sanación, pues escribir la rearmo, la junto de a pedazos. Lo mismo sucedió con la risa, con su risa: “Yo me he salvado muchísimo por reírme, me rio muchísimo y he desacralizado ciertas cosas. Soy una ferviente defensora de quitar culpas pelotudas a la vida. Cuando alguien se victimiza aunque tenga razón, yo la corro por el lado del humor”.11243469_834408483275067_5105116461615626379_n

    También la salvó aprender a equilibrar los conflictos, entender que lo intrascendente para ella puede ser esencial para el otro. María es también la suma de decisiones de sus padres, los libros de la biblioteca, la escuela, las monjas, y esa abuela sabia que le enseño a escuchar los árboles. “Vivíamos en una familia de muchos hermanos y fuimos criados muy independientes, con muchas responsabilidades.  Mis papás siempre supieron lo que podía pasarnos, entonces nos criaron como para sobrevivir solos. Alguna vez los odie por esa situación tan terrible de exigirme tanto, después comprendí que fue muy valiente de parte de los dos. Ya los perdone. No ha sido una decisión fácil, sobre todo para mi mamá, que fue criada para ser ama de casa y esposa, culta y pianista. Ella se casó con un tipo al que amaba mucho pero que era diametralmente opuesto, mi viejo siempre fue de izquierda.  Y mi papá a pesar de tener la 9mm armada era un romántico, él fue el alma matter de mi vida”, cuenta la autora.

    ***

    María del Rosario tiene la mirada de los esperanzados después de la desesperación. La mirada fría, sabia, completa, franca.  Tiene en los ojos el sello de los que vieron el revés del mazo y eligieron seguir apostando. Una mano más.

    “Mi abuela materna era mujer de avanzada, me marco muchísimo. Era la única mujer del pueblo que sabía leer. Ella me enseño todo, era una india guaraní que me llevaba al monte a escuchar los arboles. Y mi poesía tiene que ver con eso, con la mirada más allá de la mirada”

    Precisamente Donde el barro se subleva es la traducción de la mirada, es el ejercicio casi orgánico de nombrar lo que vio. Incluso cuando no podía ver(se). Porque María escribe con los ojos, porque aunque no tiene más miedo, quizás su vida siempre sea el juego de las patentes. “Hay amigos que me dicen que tienen miedo cuando yo miro.  No me mires María. Porque yo miro y abarco. Y analizo. Pero es tan natural en mí, porque yo toda la vida tenía que entrar a un lugar y mirar. En una sola mirada tenía que saber si alguien me iba a matar o no. Es una gimnasia que no perdí”, puntualiza. 

    María cree que la literatura debe sacudir a quién lee. Sino no sirve, no es verdadera.  También cree que las mujeres pueden y deben mirar más y mejor: ”Venimos de una concepción cultural donde era el hombre el que tenía permitido el pensamiento, ellos tenían permitido ser poetas, bohemios. En cambio la poeta era una loca. La mujer tuvo que hacer mucho camino para entrar en el círculo de la literatura. Si bien hoy hay muchas mujeres en ese círculo, hay muchas no tenidas en cuenta, porque las editoriales siguen prefiriendo al varón. Este último tiempo comprobé que las mujeres se dedican a la literatura después de criar a sus hijos. Los hijos se van, ellas se jubilan y van a un taller literario. Ahora es común, por suerte. Pero en algunos años va a tener lugar un quiebre, una ruptura porque la literatura tiene que transversalizarte la vida, sino lo hace es un pasatiempo. Entonces, sin desprestigiar, da lo mismo tejer al crochet que escribir poemas. El poeta es aquel que mira y que no puede detener la mirada. Cuando lees a Lorca, advertís  a través de su mirada de gitano, que sufría tremendamente ese amor que no podía decir. Por eso la poesía es un instante de esa mirada que uno guarda, que trabaja internamente. Cuando la temática de la poesía se universaliza en hechos como el amor, mis nietos, mis amigas, mi marido, te das cuenta que esa persona no se detuvo a mirar. Sólo tomo el tema y lo expuso desde su sentimientos. Y es muy válido. Pero no uso la mirada para atravesar a nadie. Y vas más allá si es bueno o malo el producto, esto es otra cosa”.

    María estudio psicología y conoce los laberintos de la psiquis humana. También conoce los suyos. Los atajos, los enredos y los obstáculos que sorteo. “Los seres humanos cuando recordamos una afrenta, lo hacemos para vengarnos o para perdonar. Cuando te queres vengar, la sensación es muy dulce. Muy dulce. Pero ¿hasta cuándo te podes vengar? Donde el barro se subleva tiene que ver más con mi proceso interno, lo que saque de provecho, lo que sentí que era importante como crecimiento. Por supuesto que coexiste la venganza, no soy un extraterrestre, pero el libro lo digo, un día de mi vida, clin caja decidí vivir. Y ese día, no decidí olvidarme. Nunca voy a olvidar lo que paso. Es mentira que uno puede olvidar. Pero tampoco puede vivir vengándose, es estresante. Y aunque en algún momento tuve la tentación ¿qué gracia tendría criar un hijo para que siga vengándose de lo que te hicieron?”.

    ***

    Maria no podía hablar, por eso escribió, y como le costaba escribir, miró. Cuando quiso dejar de mirar, no pudo. Entonces le vio los hilos a la muerte y le perdió el miedo. Ella que los 12 años en Argentina devoraba a Pedro Paramo y a los 15, solita tomaba trenes de Italia a Francia. Ella, una emprendedora que conoció el mundo y también los sótanos de la humanidad. Ella que sabe que la vida es lo que canta La Última Curda y que cantó Serrat para no olvidar respirar, ella que un día decidió vivir y se parió de una vez y para siempre. Como el tiempo, como la memoria. Como el agua cuando toca la tierra.

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