En primera persona: la maternidad obligatoria como forma de control social

Lilian Sprovieri

Lilian Sprovieri

Escritora. Profesora de Letras sin ejercicio. Feminista hasta en la catrera. Actividad inútil favorita: Predicar en bares.
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Fui mamá a los 31 años en esta era de occidente y con Macri en el poder. Desde el momento en el que me enteré no hice más que llorar, tener ese hijo implicaba algo muy terrible para mí: continuar en el trabajo de mierda en el que estaba, seguir retrasando mis deseos en la escritura y seguir vendiendo mi fuerza de trabajo al diablo. Había visto embarazadas hasta explotar yendo y viniendo por los pasillos de esa oficina de muerte. Todo por el presentismo, todo porque esos tres miserables meses rindan más con el bebé ya nacido, para luego dejar al lactante en algún lugar y encerrarte en un baño a sacarte toda esa leche excedente y llorar. Esos eran los casos de mujeres que querían estar con su bebé.  Lo decían pero no lo podían hacer porque implicaba no cobrar, hambruna y precariedad.

Luego estaban los casos de las que sí querían volver a trabajar porque tenían a quién pagarle para que cuide el bebé, y lo hacían por vocación o porque ganaban muy bien, y luego estaba yo que lloré sin parar hasta el día en el que apareció mi idea, mi plan. Yo era de las que quería vivir esta nueva experiencia de mi vida en plenitud, no desde “criar”, ni  desde el lugar de “amo ser mamá”, sino desde “quiero probar esta nueva droga” y por sobre todas las cosas me quería escapar de ese trabajo. No existía la posibilidad en mi mente de tener un bebé y seguir ahí.

Emiliano Palacios Ph

Mi plan consistía en amenazar implícitamente a mis empleadores y decir con eufemismos que si no me pagaban para que me fuera les iba a licenciar todo el año. Así de elegante lo expresé y luego de un confuso episodio en una oficina que, era más un interrogatorio de policía bueno y policía malo, no me dieron nada y me dijeron de manera también elegante: “hace lo que quieras”. Les licencié de febrero agosto con certificados de embarazo de riesgo hasta que nació el bebé y empezó la segunda parte de mi plan. Existe un artículo que dice que si vos renuncias cuando termina tu licencia paga de maternidad de tres meses te indemnizan un 25% de tu antigüedad. Te benefician por querer cuidar a tu bebé. ¿Suena bien, no? Yo también así lo creí y un mes y medio después fui a buscar mi jugoso cheque a la oficina. Me creí  re piola por un tiempo y mucha gente me felicitó por la osadía de mi método, hasta que me encontré a mi misma vagando por una casa oscura, cuidando a un bebé más de 12 horas al día mientras mi novio buscaba afuera el “sustento” para los tres y regresaba tarde a casa para que seamos dos personas ajenas a la realidad del otro que difícilmente se pueden comprender y menos escuchar con un bebé llorando de escenario.

De golpe yo que tan bien me sentí hija del Estado y de los vericuetos legales, me había convertido en lo que el patriarcado quería de mí: una mujer en su casa. El Estado me había empujado al hogar, despacito, cerrando todas las puertas de mi desarrollo económico y profesional. Salir a trabajar implicaba pagar guarderías o niñerxs y en un área tan poco rentable como la mía es básicamente lo que el sentido común llama “cambiar plata” y yo ante eso tomé la decisión de quedarme en casa estos primeros años de la vida de mi bebé.

El Estado capitalista, más aún, el subdesarrollado, se beneficia con la estructura de familia tradicional hetero biparental, así la imponen los diversos aparatos ideológicos del estado con el fin de organizar la economía sangrienta, eso lo aprendí en el CBC. Sin embargo, hoy con la experiencia de la maternidad me encuentro con nuevas alucinaciones en el recorrido oscuro de mi casa climatizada para bebés. En esos largos períodos de lactancia, donde una toma se pega con la otra, y el bebé duerme sobre tu pecho y y no quiere dormir en la cuna y hay una fusión ineludible de mente y cuerpo, fui apartada de la vida social y me quedé en las sombras del puerperio ermitaño de la mujer “sola en la casa” (la nueva forma de decir ama de casa). En ese lugar apartada de la vida pública ¿Qué voz podía tener? Cada movimiento de la mamá-bebé fusión por la calle y en el ámbito público es conflictivo, inadecuado, y caro. Una pulsión estática va cercenando los movimientos que anteriormente eran tan sencillos para vos: tomar un subte, ir a trabajar, estudiar, ir a una marcha, decir algo en un bar. Me es inevitable entonces pensar ¿Qué le queda a todas esas madres con más de una hijo? ¿Con necesidades económicas más apremiantes que las de mi clase media precarizada? ¿A dónde van a ir? ¿Qué pueden decir?

Acá entonces no se está votando la vida, acá entonces no se está defendiendo la eyaculación de Dios, acá se está votando en contra del movimiento, de la libertad de decir, de hacer, de trabajar de las mujeres. La ilegalidad del aborto es un mecanismo de control social para no tener a ninguna mujer en la calle, para que las pobres sigan muriendo y para que las que deciden tenerlos no salgan jamás a la vida pública ni a reclamar trabajo, ni a sublevarse contra este sistema totalitario que ejerce el biopoder. ¿De verdad tengo que citar a Foucault?  

La conquista del aborto legal nos pone a las puertas de una reestructuración social peligrosa de la que todos los políticos pro-vida son conscientes pero apuntan discursivamente a las bases de nuestro acervo cultural conservador, y apelan a las divisiones históricas del movimiento femenino (no del feminista). Legalizar el aborto es mucho más que decidir sobre nuestros cuerpos, es mucho más que eliminar embriones, es mucho más que evitar la muerte y las condiciones inhumanas, es una posibilidad más de estar en la calle, de trabajar, de independizarte, de reclamar cosas, de despegarte de un hombre, de romper este sistema heteropatriarcal. Es sentir que ahora tenemos poder y que después de esto nos vamos a organizar. Tiembla el futuro. Se va a caer, se va a caer.     

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