El salvajismo que creyó ser civilizado bajo las manos de Bolsonaro

Bianca Coleffi

Bianca Coleffi

Estudiante de Historia y Comunicación Social. Colabora en Corriendo La Voz y Rock and Ball.
Bianca Coleffi

La República de Brasil tiene un recorrido grande en cuanto a la violencia policial registrada, la tasa de homicidios por parte de las fuerzas armadas, y los casos de gatillo fácil. Hoy Brasil está dentro de los 10 países más violentos del mundo y sus índices se van incrementando cada día más. El nuevo gobierno de Bolsonaro tiene como política vertebral de su campaña, medidas en cuanto a la seguridad interna del país que, lejos de solucionar, pareciera remontarnos a los tiempos más salvajes de la historia en donde la guillotina era la solución a todos los problemas.

“Rodrigo Alexandre da Silva Serrano tenía 26 años, trabajaba como mozo y vivía en la favela Chapéu Mangueira, cerca de las playas del Leme. El 17 de septiembre pasado, Rodrigo bajó por la ladera del morro para esperar a su mujer y sus hijos, uno de ellos de diez meses. Llevaba un celular, una mochila porta-bebé, las llaves de casa y un paraguas. Los policías de la UPP (irónicamente la Unidad de Policía Pacificadora) pensaron que el porta-bebé era un chaleco antibalas y el paraguas, un fusil. Dispararon. Al día siguiente, la versión oficial era que Rodrigo había sido baleado en “un tiroteo entre policías y traficantes”.

El 13 de mayo de éste año, Diego Augusto Ferreira, de 26 años, conducía su moto por una zona de Brasil llamada Villa Militar. Fue tiroteado por un miembro de las Fuerzas Armadas, por “supuestamente” desobedecer la orden para detenerse de su moto. Murió al instante.

Este fue el primer caso de violencia policial por parte de las Fuerzas Armadas, luego que el presidente Temer dejara a cargo la seguridad interna del Estado de Río de Janeiro a las Fuerzas Militares.

Luego de denuncias de vecinos, quejas y hasta el incendio de un autobús en manera de protesta por lo ocurrido, el caso se llevó adelante en investigación, con la diferencia que ahora (a partir de octubre del año pasado) el presidente Michel Temer, transfiere a tribunales militares el juicio de los crímenes contra civiles cometidos por miembros de las Fuerzas Armadas en Brasil.

Dicha ley fue criticada por organismos de derechos humanos mundiales como la OEA, la ONU y hasta la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos)

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El 2 de octubre de 1992, a las 2 de la tarde. Algunos presos del Pabellón 9 del Penitenciario Carandirú jugaban al fútbol. El pabellón albergaba a 2.069 presos, (más del doble de los permitidos), y eran vigilados por tan solo 15 guardias. Minutos después, dos presos comenzaron a pelearse. Aquello ocasionó un revuelo y los guardias terminaron devolviendo a todos los reclusos a sus celdas, y cerrando el acceso al corredor. Lo que llevó a que ellos protesten y que más tarde las autoridades carcelarias lo calificarían como un motín.

La Policía Militar no tardó en llegar. Más de tres centenares de efectivos de varios equipos de la Policía Militar, entraron en el recinto en lo que concluyó siendo una masacre. La  CIDH destacó que “en la trágica historia de masacres que tiene memoria la Comisión, hay pocos casos de salvajismo y brutalidad comparables a lo ocurrido esa tarde en Carandirú“. Asesinaron a 111 presos y 35 resultaron heridos.

Hoy en día, luego de los discursos del nuevo presidente de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, la CIDH vuelve a poner los ojos sobre Brasil, pidiendo acciones urgentes contra “las violaciones de derechos y los discursos de odio”, así como ante “los ataques a la libertad de expresión que afectan a la prensa, académicos y organizaciones sociales

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En Brasil, cada 10 minutos muere una persona asesinada, es decir, 144 al día. La policía brasileña es autora de la muerte de 6 personas cada 24 horas. En los últimos cinco años han acabado con la vida de 11.000 personas, que equivalen a las mismas muertes por policías de Estados Unidos durante los últimos 30 años.

El papel protagónico que se le ha otorgado a las fuerzas policiales viene creciendo desde los años 90, siendo uno de los problemas más grandes del país, y teniendo en cuenta que el 4,38% del PBI es destinado a la Seguridad Pública. Desde aquellos años que la violencia no para de crecer, excepto en el período del 2003 al 2015, donde- sobretodo los primeros años- se logró disminuir las muertes ocurridas por parte del accionar policial, gracias a una de las políticas más importantes implementadas por el gobierno de Lula Da Silva. Esto fue la aprobación del Estatuto del Desarme, que restringió la venta de armas y promovió políticas para retirarlas de circulación. Se estima que la ley ha permitido salvar la vida a más de 160.000 personas

Ahora, con la presidencia de Jair Bolsonaro que será asumida el 1 de enero del 2019, éste se pronunció a favor de una serie de medidas que radicalizan aún más la participación de la policía, la libre venta y circulación de armas, y el respaldo legal para los homicidios por parte de la policía.

Las tres medidas más importantes que Bolsonaro ha mencionado como parte de su futura gestión son: 1) la baja de la edad de imputabilidad penal de 18 a 17 años, que dejan a la vista el peso simbólico del crudo objetivo que pretende instalarse: el endurecimiento de penas y reducción de cualquier tipo de beneficio procesal y la necesidad de “cuanto más cruel, mejor castigo”, descartando cualquier posibilidad de auto reconstrucción del preso para su futura reinserción social. 2) La libre venta y legislación de armas, en donde se pretende reformular el Estatuto de Desarme. Dichos del nuevo presidente como: “Las armas son instrumentos, objetos inertes, que pueden usarse para matar o para salvar vidas. Eso depende de quién las maneje” dejan en claro la posición que pareciera remitirnos al salvajismo primitivo de la “justicia por mano propia.” 3) La protección jurídica para los policías en ejercicio de su actividad. Ni más ni menos que el Estado garantiza el poder matar con respaldo legal. Ya dijo Jair Bolsonaro que “un policía que no mata no es policía” en una entrevista para el semanario “Veja.” A esto se le suma la posible alteración de la legislación para ampliar la llamada “exclusión de ilicitud”, que dejará los casos de gatillo fácil fuera de cualquier posibilidad de investigación y punición.

Por último, para sumarle a ésta pila de medidas de carácter un poco medieval, se quiere aplicar también la “Ley Antiterrorismo”, que busca caracterizar a las invasiones de propiedades- en situaciones de robo por ejemplo- como acciones de ése tipo. Por lo que implicaría un operativo antiterrorista, que es mucho más violento que uno en situación de robo.

Pareciera que Bolsonaro viene a reforzar las medidas tomadas por el Gobierno anterior, siguiendo su camino no solo en materia de seguridad, sino empleando un mismo modelo económico, cultural y político. Su racismo y xenofobia está escupido en estas medidas extremadamente violentas, que vienen a profundizar un recorrido marcado por el actual presidente Michael Temer, el cual deja perfectamente acomodada la pelota para seguir pateándola.

En febrero de éste año, Temer firmó un decreto que permite la intervención de las Fuerzas Militares en Río de Janeiro, ciudad que acostumbra tener 20 tiroteos al día y que lleva un conteo de 6.700 homicidios en el año 2017. De la mano de Wilson Witzel, el futuro gobernador de ésta ciudad, pareciera que más que indignación le trae orgullo seguir apoyando éstas políticas que “vienen a combatir inmediatamente al crimen organizado de la ciudad de Río de Janeiro”, como expuso Temer en Brasilia luego de firmar el decreto.

Nos encontramos ante uno de los países más violentos del mundo por su marginalidad, pobreza y exclusión social, que ha sido consecuencia de la gran concentración de riquezas de unos pocos, por años y años. La violencia y represión forma parte de la formula ABC de éstos gobiernos neoliberales que vienen a emparchar los problemas con los cuales hemos nacido y nos hemos forjado como pueblo latinoamericano. Más policía y si no alcanza hay que traer a los milicos. Esa es la esencia y columna vertebral de ellos, los más salvajes de todos. Los que creen que la civilización y el progresismo del siglo XXI no los acercan- ni un poco- a los bárbaros del mundo antiguo, ni a lo más primitivo en la historia de la humanidad. Se equivocan, ya que ni la favela más marginal de todo Brasil los iguala.

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