El power de acá: Acorazado Potemkin y la Fernández Fierro en el Xirgu

Blas Martin

Redactor at Corriendo La Voz
Bahiense, daltónico y tesista: tres dolencias crónicas. Docente y comunicador.
Blas Martin

Con entradas agotadas, el Teatro Xirgu vivió una celebración de tango y rock con una fecha conjunta de Acorazado Potemkin y la Orquesta Típica Fernández Fierro. Unos y otros hicieron lo suyo y demostraron que sus proyectos se hermanan en mucho más que un escenario compartido. Corriendo la voz estuvo presente en la noche de San Telmo y te acerca postales del show.

Distancia que parece una distancia del montón”, canta Natalia Lagos en Astiya, casi cerrando el show de la Fierro. “En algo vos y yo nos parecemos”, contesta Juan Pablo Fernández al abrir Acorazado Potemkin con Algo. La noche del viernes en el Xirgu podría recordarse sin sobresaltos como un gran concierto sin fisuras. Cuando el pulso no lo marcó Yuri Venturín desde el contrabajo, pegando fuerte en el pecho con su dos por cuatro, fue Federico Ghazarossian en toda la extensión de los bajos acorazados. La tensión coral de las cuerdas de la Fierro se echó de menos el tiempo en que tardó en componerse la entente frontal Potemkin, con un respaldo que podría haber sido la fila de bandoneones sino fuera porque asomó entre tachos la calva sudorosa de Lulo Esaín.

Decíamos ayer: no era tango ni era rock, o son ambas, o qué importa, al fin y al cabo, si lo que escribe la historia (la nuestra) es lo que se inscribe en la memoria, y por tanto en los cuerpos. Ahí hay acuerdo: no hubo un concierto de tango ni un recital de rock, hubo una comunión de músicos sobre el escenario, haciendo lo que saben hacer. Su contracara: un público que no rotó esquivando el bulto de lo ajeno, sino que encontró coherencia en una manera de arrasar con la indiferencia. Tal vez de eso se trate ese significante vacío, esa entelequia que insistimos en llamar rock. Tal vez ya no una manera de enfilar acordes, rasguear o puntear una guitarra sino un espíritu, inconforme por definición, en movimiento y conmovedor.

En ese magma de rock, punk, tango y milonga (la explicación de la diferencia la quedó debiendo Yuri) sucedieron incontables e improbables manifestaciones de la vigencia de ambas agrupaciones. El repertorio de la Fernández Fierro, siempre actualizando la narrativa tanguera con composiciones propias o de sus contemporáneos, brilló en canciones como Sierpe, Milonguética o Demolición, en el cierre con Pegue su tren, composición de Alfredo Tape Rubín (incluida en el disco Cuerpo, dedicado a la memoria de Mariano Ferreyra, en el que también participó Acorazado Potemkin), y en cada una de las intervenciones de Natalia Lagos, flamante voz de la orquesta en reemplazo de Julieta Laso. Lagos aporta una fuerza que nace de las entrañas, que no se subsume a la fuerza de choque de bandoneones, cuerdas y piano, sino que se pone bien adelante (hacia la izquierda, claro) y sacude desde ahí, a la par de los suyos.

Probá la nueva, que es la mejor”, sigue Algo, apertura de la segunda parte del show, con Acorazado Potemkin en el escenario. No es estrategia de marketing: es el botón que cumple función de muestra. No hay nuevos acá: dieciocho años la Fierro, diez los Potemkin. Sí hay búsqueda constante, experimentación, trabajo (aunque no arranquen a las 6:25, como marcó Venturín) y cooperación, camaradería, solidaridad entre quienes están en la misma. No hay pretensión de marquesina ni camarín de las musas, hay hacer cotidiano, creativo y propositivo.

El repertorio de Acorazado Potemkin tuvo la perla de estrenar Una oración más y A la encandilada, dos canciones que formarán parte de su cuarto disco de estudio, a salir en septiembre. Lo que se escuchó dejó pocas dudas y mucha ansiedad por lo que se viene. Antes y después, los infaltables de sus tres discos. Claro que entre tema y tema, el coro de saludo al presidente se hizo escuchar en todo el Xirgu.

“No somos los mismos, no se puede ocultar”, viene a reafirmar lo dicho Mundo Lego, casi infaltable pieza cantada cada vez con ojos bien cerrados, brazos hacia el cielo (techado) y grito melanco: “¡pero esta vez me toca a mí!”. Con el mismo gesto, La Mitad, hacia el cierre de la noche, y un poco más poguera –aún con un público calmo- El Pan del Facho para decirle adiós a la noche.

Fotos por Nicolas Avelluto

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