El machismo a través del espejo

Gabriela Krause
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Periodista | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente.
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Como en la obra de Lewis Carroll, a veces cruzar un espejo puede hacer que todo se vea al revés. Si lo tomamos literal, aquí no ha pasado nada. Si consideramos el combo de tevé y redes sociales un espejo, tenemos un problemón. ¿Qué pasa cuando los cosificados son ellos?

Mucho se está hablando de la selección de Islandia. Para bien o para mal, algunas mujeres a puro halago, los hombres no entendiendo, diciendo “ja, mujeres”, creyéndonos anti-fútbol. Y también se intenta analizar. ¿Por qué los hombres reaccionan así? ¿Están celosos? ¿Es justo que nos quejemos del acoso y el piropo pero lo devolvamos? ¿Son o no las mujeres pajeras? ¿Está bien que hablen así?

En la primera de las preguntas ya surge lo más importante: es el machismo a través del espejo el que le duele al hombre, que se agarra la cabeza y no entiende cómo pasan estas cosas. Es injusto que juzguemos a los jugadores de una selección por su físico y no por su destreza. Pasó el mundial pasado con Lavezzi. Pasa a diario en nosotras.

En la oficina, en la calle, en la casa, en una cita, frente a un equipo de periodistas, frente a una clase, frente a empleados. Tenemos que estar siempre arregladas, siempre lindas, siempre dispuestas. Y hay un ojo enorme sobre nosotras que se fija si estamos buenas, si somos lindas, si merecemos el lugar en el que estamos, si somos aptas, porque para triunfar nos piden -aunque algunas sorteen los requisitos, benditas ellas- ser un modelo de belleza hegemónica impuesto por alguien más. A todas nos llegan por Whatsapp, en algún grupo de desubicados, las fotos de las hinchas más hots de cada seleccionado, y callamos.

Lo de Islandia y lo de Lavezzi les duele por eso: al hombre le molesta ver que las mujeres también elegimos la hegemonía si nos la ponen enfrente. Al hombre le jode que seamos nosotras las babosas, las calentonas, las que hacemos chistes con la imagen ajena. El espejo los traiciona: del otro lado, incluso casi entienden que pasarse de rosca es acoso. Del otro lado, entienden a regañadientes que no es justo este maltrato, aunque ni se les ocurra darlo vuelta, mirar atrás, rever las actitudes. ¿Celos? O más bien ¿falta de empatía?

Lo que duele no es la falta de respeto a un par, sino la corrida de la mujer del lugar preestablecido por la sociedad. No somos mansas ni asexuadas, y esa es la falta de respeto. Nosotras saltamos por las nuestras. Ellos, por su ego.

En el mundial 2014, las notas de las revistas y diarios rezaban “Ezequiel Lavezzi, diez postales del argentino que enciende pasiones en las redes sociales”. Y a todos les parecía mal. ¿Quieren hacer la cuenta de cuántas notas así soporta cada mujer? Y las preguntas de quién las vistió, cómo ser divinas y madres al mismo tiempo, cómo parecer inmaculada sin cirugías…

Nosotras sabemos lo que es ser sexualizadas y cosificadas en territorios desubicadas. Nosotras queremos, también, el respeto de nuestros interlocutores, pares, fans, superiores. La diferencia es que nosotras sentimos el peligro, ustedes, la exposición.

Es evidente que la falta de costumbre les pega una cachetada inevitable: las mujeres también miramos. Pero no los miramos, y eso hiere, pero hiere al ego y nada más.

Cuando nosotras pedimos basta, lo pedimos porque aparte de mirarnos con vehemencia y gritarnos cosas, a veces la situación se va de las manos y también nos acosan, nos abusan, nos violan y nos matan. Transitamos la vida y recibimos eso que ustedes llaman piropos con miedo. He ahí la diferencia: nosotras somos inofensivas.

Y defendemos el hablar “así” -“a lo bestia”, “a lo hombre en celo”- porque tenemos el derecho de ser lo que queramos sin pensar en lo que quisieron de nosotras, y eso incluye el utilizar el lenguaje que nos es dado de la manera que mejor nos apetezca.

Ni Lavezzi ni Islandia’s men caminarán a partir de este día con miedo. Ahora que ustedes despertaron, deberían hacernos ese mismo regalo a nosotras.

Y no nos olvidemos: Islandia hizo renunciar a su primer ministro, involucrado en los Panamá Papers; tienen muchísima menos desigualdad de géneros en todos los ámbitos habidos y por haber; licencia de tres meses por paternidad; aborto legal; una infinidad de derechos y… a Björk. De última, los piropos los ganaron más que Stolbizer las presidenciales.

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