El día que salí del estándar de belleza

Tatiana Scorciapino

Tatiana Scorciapino

Redactora at Corriendo La Voz
Feminazi, bruja y abortera.
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El estándar de belleza muchas veces nos lleva a consumir o realizar prácticas que no queremos ni nos identifican. Nos lleva a la insalubridad, al “todo por ser parte”, a la auto-humillación. A veces, hace falta romper algún límite para salir de él. Es doloroso, pero necesario. Y ayuda a crecer. 

El espejo 

Me levanto a la mañana, me miro al espejo, veo que no tengo la panza tan hinchada y
me siento linda. Intento no comer para que no se infle y pueda ponerme una remera
sin que se me noten tanto los rollos (y mi vergüenza al sacarlos a pasear). Me visto,
me miro al espejo y me siento linda.

Salgo a caminar y la primer persona que me cruzo es una chica con un top que deja ver su panza esculpida en vaya uno a saber cuántas horas seguidas de gimnasio y dietas estrictas. ‘Qué afortunada’ pienso. Yo no puedo usar ese estilo de ropa porque toda la grasa que (me) sobra se escapa de la tela.

Sigo mi rumbo, me miro en todas las vidrieras para corroborar que la panza no se haya
hinchado tanto. En una de ellas, veo un pantalón blanco que me encanta. ‘Necesito
comprarlo’, pienso. ¿Necesito? Quizás no tan imperiosamente, pero si quiero tenerlo.

Entro al local, busco el pantalón que al escuálido maniquí le queda casi tallado, lo
agarro y pienso si realmente estoy segura de lo que estoy por hacer. ‘El blanco sólo
le queda bien a las flacas’, pienso.

Decido someterme al desafío igual. Le pido a la vendedora un talle como para mí. ‘Dejame ver si en talle grande me quedaron’. ¿Talle grande? Nunca había escuchado eso para un talle 44.

Lo dejo pasar. Quiero comprar ese pantalón. ‘Este es el talle más grande que me quedó’. Otra vez esa escalofriante palabra, rebotando como una pelota de pinball en mi cabeza. Es un pantalón dos talles menos. 

Quiere convencerme de que es elastizado: que sí, es un talle 40 pero en realidad
está mal marcado y tiene el tamaño de un 42. Está haciendo su trabajo: vender.

Cegada por la compulsión de comprar, decido creer su discurso. Entro al probador, me
miro al espejo, sonrío y me siento linda. Me aterra demasiado el hecho de probarme
ropa, pero intento convencerme de que esta vez no me voy a decepcionar. Una vez
más, estoy equivocada: el pantalón no sube. Mi cadera impide lastimosamente que ese
hermoso pantalón blanco que vi en la vidriera y creo necesitar me calce bien
y pueda comprarlo.

Me miro al espejo en esta situación, me veo luchando con una prenda para que mi cuerpo entre en ella. Ya no me siento linda.

Lloro, desconsolada. Me odio por tener una cadera tan grande, me odio por no haber ido al gimnasio durante todo el año, me odio por haber hecho deportes cuando era chica que
hicieron que mis piernas sean todo músculo e imposibles de adelgazar. Me odio por
no ser un talle 36. Me odio por ser yo.

¿Y después del espejo, qué hay? 

Salí del probador después de 15 minutos de llanto desconsolado y auto-tortura. La vendedora estaba sonriente, esperando que fuese una compra inmediata. ‘¿Cómo fue?’ me preguntó, como si mi cara roja llena de lágrimas no fuera suficiente para saber que su táctica de persuasión no había funcionado con mi cadera.

‘No me entra, soy talle 44’, escupí, dándole el pantalón y junto con él, mi autoestima.

Salí corriendo del local, quería llegar a mi casa y llorar hecha un bollito.

Mientras caminaba, el karma hizo de las suyas: me crucé más de 5 chicas con
pantalón blanco, luciendo sus cuerpos esculpidos. Otra vez las lágrimas me adornaban
los cachetes rojos. Llegué a mi casa resignada, me tiré a la cama y empecé a googlear
dietas que me arruinaran el metabolismo, pero me hagan adelgazar rápidamente. Y
fue ahí cuando reaccioné. Me vi en una situación en la que no deseaba estar: yendo
en contra de mi voluntad y de mi salud para… ¿estar a la moda? ¿En dónde está escrito que sólo
hasta el talle 36 sos lindx? ¿Que lxs gordxs no pueden salir a comprarse ropa? ¿Que
sólo tienen que ir a lugares donde tengan ‘talles especiales’ y la ropa sea horrible y no
lxs represente?

La ley de talles, la ley del nunca cumplir

La ley de talles de la Ciudad de Buenos Aires, reglamentada en 2012, exige a los establecimientos comerciales, importadores y fabricantes de indumentaria 8 talles correspondientes a las medidas corporales normalizadas en las Normas IRAM de la serie 75300. Pero, ¿es realmente esto suficiente?. En el año 2016 ANY-BODY Argentina, una ONG que busca promover la Ley de Talles, realizó una encuesta en la que los resultados demuestran el mal cumplimiento de la ley en los comercios: el 68.81% de los encuestados tiene problemas para encontrar talle. El 67,43% considera que su talle real está uno o más talles por encima del talle que perciben por ideal. ¿A qué nos referimos a talle ideal? El clásico 90-60-90 tan anhelado y vanagloriado por adolescentes y adultas. Pero ¿podemos realmente considerarlo como ‘talle ideal’?¿Quién dispuso que para ser lindx es necesario ser flacx?

El canon de ‘belleza’ impuesto por la sociedad sólo logra volvernos seres dependientes al consumo de dietas, cremas, cirugías y demás productos y genera un trauma y odio hacia la gordura. Este odio se denomina gordofobia.

¿Ideal o estándar?

El desprecio hacia las personas que no están dentro de estos parámetros es constante. La presión social de lxs gordxs es enorme simplemente por su físico: se lxs martiriza por no estar dentro de sus estándares. Ser gordx es, prácticamente, un pecado capital. Se prejuzga a aquellas personas excedidas de peso, acusándolas de llevar una vida sedentaria y comer demasiado.

No importa si son simpáticxs, buenas personas ó inteligentes, siempre serán señalados y reconocidos de una sola forma: gordxs. No importa ni siquiera preguntarse por qué quien se excede de peso es gorda o gordo. No importa si es por salud, por elección o por vicio.

Las modelos plus size son el resultado de una enorme y continua lucha contra los estándares sociales. Modelando bajo el lema ‘mujeres reales’, estas admirables y hermosas modelos lucen sus cuerpos sin vergüenza, aceptándolo y amándolo por sobre cualquier prejuicio, canon o medida.
Hoy, me levanto y ya no pienso en si mi panza está o no hinchada. Hoy ya no envidio a las chicas que ‘pueden’ usar remeras que muestren su panza, porque yo también lo
hago sin importarme si se me escapan todos los kilos que tengo de más.

Hoy, uso color blanco, porque no le queda bien sólo a las flacas, nos queda bien a todxs. Hoy,
me miro al espejo y me veo linda.

Ver también:

Estándares de perfección: un acercamiento audiovisual

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