El día que papá mató a mamá

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Breve eternidad

Por Álvaro Chust (*)

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Vos no te vas a acordar nada, afortunadamente. Pero pasó, yo lo vi. Pasó y no me lo puedo olvidar. Pasó, sí.
 
Eras chiquito, apenas la primera palabra. Mamá te llevaba en brazos cuando sucedió. Bah, en realidad, te llevaba en brazos hasta que entramos a casa, donde papá sollozaba al borde de la cama. Te dejó en el piso del pasillo y me pidió que te cuide, besándome en la cabeza. Yo siempre te cuidaba, me hacía sentir grande cuando era chiquita, indefensa, vulnerable. Me hacía sentir grande cuando era chiquita, y yo creo que mamá sentía lo mismo. Porque mamá también nos cuidaba, aunque era chiquita, indefensa y vulnerable. Todavía no sabía que mamá era así. O, siendo más minuciosa, no sabía que una realidad obligaba a mamá a ser chiquita, indefensa, vulnerable; una realidad que la obligaba, por fuerzas mayores, a dejarte a vos en el piso, pedirme a mí que te cuide y entrar al cuarto donde papá sollozaba al borde de la cama. Mamá intentó ser grande. Mamá se había cansado de que papá le grite mucho y fue a decírselo. Vos, jugabas. No te vas a acordar.
 
Todavía no sé por qué pasó. Hubiera deseado que no pase todo esto cuando soplaba las velitas un mes antes. Era chiquita, pedí otra cosa. Si era ineludible que pasara, hubiera deseado al menos no recordarlo como lo recuerdo. A los dos nos recae la misma orfandad, pero vos sos el más afortunado porque eras más chico que yo y no te acordas nada. Tal vez a mí también me tendrían que haber cuidado ese día, pero nadie lo hizo. Papá le gritaba mucho a mamá. Mamá le había dicho que estaba cansada y guardaba nuestra ropa en una mochila para que nos vayamos. Papá gritaba cada vez más fuerte. Mamá temblaba, pero seguía guardando nuestra ropa. Vos, jugabas. Andá a saber en qué pensabas. Yo, mientras te cuidaba, pensaba que tenía mucho miedo. Era raro. No sabía bien qué pasaba y de igual forma tenía mucho miedo. Era como cuando tenés miedo en la oscuridad: no sabes qué te da miedo de la oscuridad, pero igual te da miedo y llamas siempre a mamá para que te prenda la luz porque querés ir al baño. Como si la luz fuera a cuidarnos, a alejarnos de los miedos. Pero no. Cuando mamá dejó de prenderme la luz porque quería ir al baño, entendí que la luz no nos cuida y que en la luz también hay monstruos. Papá parecía un monstruo y le gritaba mucho a mamá. Tenía la cara roja y los ojos le saltaban de sus órbitas. Y mamá estaba cansada, obvio. Cómo no iba a estarlo. Si papá siempre le decía que ya no iba a gritarle, pero siempre volvía a hacerlo y se ponía a sollozar al borde de la cama porque mamá guardaba nuestra ropa en la mochila para que nos vayamos. Y cómo no nos íbamos a ir, si mamá estaba cansada de que todos los días fueran así.
 
Vos no te acordas, pero entraste gateando al cuarto y yo fui a buscarte. Te alcé y me animé a mirar a papá y a mamá. Hubiera preferido no mirar. O hubiera preferido mirar y no recordar. Pero te tenía que cuidar, como me había pedido mamá, que ahora daba gemidos ahogados. Papá ya no gritaba, ahora respiraba muy fuerte. A mí nadie me cuidó y nadie me impidió entrar al cuarto y yo me animé a mirar, como me tuve que animar forzosamente los días posteriores a abrir los ojos en la oscuridad para prender la luz. No sé si ya soy grande, pero perdí miedo a la oscuridad: ahora le tengo más miedo a la luz. Es que ese día miré en la luz y vi lo que sucedió, yo lo vi, sí. Después de eso, nada me daba miedo. O casi nada. Papá me sigue dando miedo. Y cuando me duermo y me acuerdo de ese día y mamá ya no puedo venir a cuidarme, lloro. Y lloro mucho. Todavía soy chiquita, indefensa, vulnerable. Nadie me cuida de mis propios recuerdos. Desearía no recordar más.
 
Cuando te alcé ese día, le iba a pedir a mamá que nos haga milanesas. Mamá hacía ricas milanesas. A papá le gustaban. Pero ahora, que papá le gritaba mucho a mamá y mamá se había cansado, ya no iba a comer más esas milanesas. Ni él ni nosotros, entendería después. Pero miré y no pude pedirle nada a mamá. Mamá ya había dejado de guardar la ropa que nunca terminó de guardar. No pudo agarrar lo que quedaba en el cajón porque papá la había agarrado. Papá siempre agarraba a mamá. Mamá estaba cansada. Vos no te acordas, pero papá, que antes sollozaba en el borde de la cama, había agarrado a mamá por la espalda, y le había puesto una bolsa negra en la cabeza. Mamá ya no daba gemidos ahogados. Y ahora la cara roja de papá se pasaba a blanca pálida y miraba, con sus ojos marrones grandes que saltaban de sus órbitas, primero sus manos y luego el cuerpo dormido de mamá que yacía en el suelo. A veces veo esos ojos en la oscuridad; otras, veo el cuerpo dormido de mamá. Vos no te vas a acordar, eras chiquito, afortunadamente. Pero yo me acuerdo, sí. Me acuerdo del día que papá mató a mamá.
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(*) https://alvarochust.blogspot.com.ar/

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