El aborto en agenda, entre la urgencia y el cálculo político

Pedro Lacour

Pedro Lacour

Periodista | Columnista en Misiones Opina | Colaborador en #CLV | Sociólogo de la Universidad de Buenos Aires
Pedro Lacour

La noticia sorprendió por lo inesperada. De manera no oficial, a través de trascendidos que Clarín y La Nación se encargaron de hacer correr en sus ediciones del pasado viernes, el Gobierno abrió las puertas a que, por primera vez, se debata la ley de despenalización del aborto en el Congreso. Las especulaciones opositoras no tardaron en llegar. Mientras unos se dedicaron a acusar a Cambiemos de buscar correr el foco de la acuciante agenda económica, al insinuar preocupación por un flagelo que siempre ignoró, otros vieron en la decisión del Poder Ejecutivo el resultado de años de lucha del movimiento de mujeres y una oportunidad única a ser aprovechada.

Las demandas de un sector cada vez más dinámico de la sociedad llevaron a que la dirigencia política no pueda hacerse más la distraída respecto de un tema tan urgente como polémico. La campaña por la legalización del aborto se lanzó por primera vez en 2005. Rápidamente, la consigna “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” cobró una trascendencia inédita. Mediante esa concisa oración, se ponía sobre la mesa una realidad insoslayable: los cerca de 500 mil abortos que se realizan por año en la Argentina son, en realidad, el último eslabón de una cadena más larga. Así como, para evitar que las mujeres lleguen a esa instancia, es necesario el acceso gratuito a métodos anticonceptivos y el efectivo cumplimiento de la Ley de Educación Sexual Integral, para prevenir que muchas de ellas mueran al abortar es condición necesaria que la interrupción del embarazo deje de ser una práctica clandestina.

Una combinación de factores inmediatos hizo posible que el Estado comenzara a darle rango institucional a una problemática que afecta principalmente a las mujeres de menores recursos. El terreno comenzó a prepararse desde mediados de febrero, cuando las diputadas kirchneristas Mayra Mendoza y Mónica Macha; Nathalia González Seligra y Romina del Plá del Frente de Izquierda, y la radical Lorena Matzen, se reunieron junto a integrantes de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. ¿El objetivo? Acordar la presentación, por séptima vez, del proyecto de interrupción voluntaria del embarazo en el Congreso. Contando con la firma de unos 60 diputados, se decidió que la iniciativa será oficializada el próximo 6 de marzo. Fue el puntapié inicial de una movida que continuó con el pañuelazo del 19 de febrero y un pedido de sesión especial para el 8M, lo que agitó el avispero de la bancada oficialista.

“Estoy a favor de la vida, pero no se lo impongo a nadie. Hay libertad de conciencia”, se pronunció Mauricio Macri frente a casi un centenar de legisladores de Cambiemos que, este lunes por la tarde, se hicieron presentes en la Quinta de Olivos. En la previa a su discurso de apertura de sesiones ordinarias, el Presidente reunió a la tropa con el fin de trazar la estrategia parlamentaria a seguir. Es extraño ver a Macri en ese rol tan activo. Fue él quien, como jefe de Gobierno porteño, vetó la ley que regulaba los casos de aborto no punible en la Ciudad. La normativa,que obligaba a los hospitales públicos y privados a realizar la interrupción legal del embarazo en los casos en que se afecte la salud de la mujer o como consecuencia de una violación,sin más requisitos que la voluntad de la persona y en un plazo de cinco días, había sido sancionada por la Legislatura en septiembre de 2012.

A pesar de su férreo posicionamiento personal, Macri quiere dar la imagen ante la sociedad de que en Cambiemos “conviven las dos posturas y se respeta al otro”. Sin embargo, salvo contadas voces disonantes, no hay fisuras respecto al tema entre los ministros y los dirigentes más influyentes de la alianza gobernante: desde Marcos Peña hasta la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, pasando por la vicepresidenta Gabriela Michetti y la diputada Elisa Carrió, casi la totalidad de la primera línea del Gobierno comparte la opinión del primer mandatario y se opone a la despenalización del aborto. Los argumentos en contra son variados, aunque buena parte de ellos lo hace desde una mirada fuertemente influenciada por sus creencias religiosas, bajo la convicción de que la vida se inicia desde la gestación y que interrumpir un embarazo equivale a matar.

 

Poroteo

Pese a ser una discusión saldada en la mayoría de los países de Occidente, en la Argentina el aborto continúa generando controversias. Teñido de un excesivo peso moral, subsiste una percepción que impide que se lo vea como lo que realmente es: un problema de salud pública. Con excepción de los sectores de izquierda, que hacen de la necesidad de su aprobación una bandera, el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo parte aguas al interior de todas las fuerzas políticas. Por eso, el avance del debate en el Parlamento no está del todo garantizado. Es un escenario de extrema paridad. Aunque el proyecto va sumando adhesiones en los distintos bloques, para que pueda darse inicio a la sesión deberá haber 129 diputados sentados en sus bancas.

Los representantes del oficialismo en el Congreso reproducen el panorama general al interior de la alianza gobernante: según estimaciones, sólo un 20% de los legisladores y legisladoras del interbloque Cambiemos votarían a favor del proyecto de ley. El punteo que hacen aquellos que lo impulsan muestra que es el radicalismo el sector que concentra el mayor número de diputados que lo acompañarían. Y si bien en el PRO la proporción de adhesiones es menor, desde la Coalición Cívica el apoyo sería prácticamente nulo. “El procedimiento para este tema tiene que ser normal, tiene que haber tratamiento en las comisiones, y después una sesión ordinaria como corresponde”, remarcó en declaraciones radiales el titular de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, que también declaró estar en contra y descartó la posibilidad, buscada por las diputadas opositoras, de lograr quórum para una sesión especial el Día Internacional de la Mujer.

La situación de la oposición no es menos compleja que la de Cambiemos, sobre todo la que se plantea en Senadores. Echando mano a la teoría de la “distracción”, el jefe de la bancada justicialista en la Cámara alta, Miguel Ángel Pichetto, advirtió que el impulso del debate sobre el aborto es “una trampa caza bobos” que “sirve para esconder el caso Gilligan o el problema de algún ministro”. Pichetto no adelantó posicionamiento alguno, aunque su alter ego en Diputados, el salteño Pablo Kosiner, ya se encargó de recalcar su rechazo. Por su parte, el presidente provisional del Senado, Federico Pinedo, con una postura similar a la de la mayoría de su bloque, se manifestó con ironía respecto a un posible tratamiento del proyecto en el recinto: “Seguramente tendremos aliados, como Cristina Kirchner”. ¿Levantaría la mano la ex presidenta teniendo en cuenta que, al frente del país durante ocho años y con mayoría en ambas cámaras, prefirió mantener el tema cajoneado?

No resulta casual el giro que significó la inclusión de la interrupción voluntaria del embarazo en la agenda del año legislativo que está a punto de iniciar. Es innegable: hay cálculo político por parte de Cambiemos en la voluntad de habilitar el debate. La decisión de Macri lejos está de reflejar algún tipo de compromiso con las miles de mujeres pobres que año tras año, sin acceso a condiciones de mínima salubridad, ponen en peligro su vida al intentar abortar. Pero los enredos palaciegos no deben distraer de lo importante: fue la incesante pelea de las mujeres la que logró que diputados y senadores se vean hoy en la obligación de afrontar una discusión largamente demorada. El eventual debate parlamentario sobre el aborto marcará un hito en la lucha que viene llevando a cabo el movimiento feminista. El mismo que el próximo 8 de marzo promete hacer escuchar su grito en las calles de todo el mundo.

 

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