#Documental El puto inolvidable: recorrido por la vida de Carlos Jáuregui

Florencia Martinez

Florencia Martinez

Redactora at Corriendo La Voz
22. Periodista. Estudiante de Comunicación Social en la UNLaM. Amante de la comida. Compradora compulsiva de libros. Eterna cinéfila. Vincent Vega sigue vivo.
Florencia Martinez

El documental argentino El puto inolvidable. Vida de Carlos Jáuregui, recientemente estrenado, relata la carrera como activista de una de las figuras más importantes del movimiento LGBT+ en nuestro país. El resultado: una historia cálida, didáctica y emocionante.

“En el origen de nuestra lucha está el deseo de todas las libertades”, decía Carlos Jáuregui. Y es que si había algo que su labor encarnaba era la voluntad de igualdad de condiciones de todas las personas que habitaran el territorio nacional, independientemente de su orientación e identidad sexual. La consigna, que aún hoy genera negativas en la porción más conservadora de la población, en realidad surgió hace ya varios años, y desde ese entonces ha tenido que enfrentarse a distintos obstáculos y prejuicios.

Quienes pertenecemos al colectivo sabemos muy bien que aún hoy día somos víctimas de comentarios homofóbicos, miradas de desdén y discriminación. Que, pongámoslo así, ser heterosexual es más “sencillo”. ¿Cómo no va a serlo en una sociedad en donde agarrarse de la mano con la persona del mismo sexo aún genera rechazo, o en la que tener una nuez de Adán si se usa pollera genera burlas y risas malintencionadas?

Y, sin embargo, marchamos. Cantamos. Hablamos. Gritamos. Nos negamos a callar. Años atrás, el contexto no era tan favorable. Si bien hoy resulta complicado “salir del clóset” -¡como si tuviéramos que vivir encerrados desde un principio!-, por la década de los ’80 la situación parecía imposible. Y a veces nos olvidamos que nuestros derechos –que aún necesitan seguir ganando terreno, a recordar- son el resultado de una lucha que viene desde hace ya bastante tiempo.

Cuando pensamos en los derechos que hemos adquirido en los últimos años los miembros de las comunidades homosexual, lésbica, bisexual, transexual y travesti en nuestro país, muy pocas veces razonamos de su origen. Como todo, sabemos que no nació de la nada, sino que es el resultado de una innumerable cantidad de tensiones y choques, pero ¿quién impulsó estas primeras confrontaciones? La figura de Jáuregui es más un mito que una persona a estas alturas y, de todas maneras, el documental escrito por Lucas Santa Ana y Gustavo Pecoraro se las ingenia para traerlo de vuelta a la realidad.

Con una intención explicativa que apela al sentimiento, la película sobre el activista e inspirador de masas se propone contar la lucha política de Carlos Jáuregui, su interés de visibilización de la comunidad gay y de legislación en contra de su discriminación. Del producto deriva un viaje que vale la pena recorrer para lograr la comprensión de la situación del colectivo en sus comienzos, con sus consecuencias en la actualidad.

La construcción del relato

El film, que ganó el Premio del Público al Mejor Largometraje Documental y al Mejor Director de Largometrajes Documentales en el Festival Internacional de Cine LGBT de Madrid, sitúa a nuestro país a partir de la década del ’80 y en adelante para centrarse en aquel hombre que nos inspiró –y continúa haciéndolo- como movimiento. La idea surgió en una cena que Santa Ana mantuvo con Gustavo Pecoraro, amigo de Jáuregui, quien se conformó como una parte fundamental de la película.

Con el recurso del material de archivo y entrevistas realizadas a lo largo de dos o tres semanas de rodaje, El puto inolvidable fue tomando forma. “Queríamos que fuera un relato plural desde diferentes voces”, aseguró el director, y esto mismo se vio plasmado en la pantalla de la mano de la aparición de distintas personas que le dieron fuerza a la conmemoración de la militancia del protagonista. (*)

A partir de una narración guiada por Pecocaro, quien camina por las calles de Congreso y le da al documental un aire de familiaridad, la película busca reflejar el origen de las relaciones de fuerza y tensión entre la homofobia y la aceptación que produjeron que, tanto en ese entonces como aún hoy, la gente saliera a la calle. Con una cámara en mano que le otorga un aire de intimidad al recorrido y testimonios que acompañan a la perfección los momentos de mayor tensión y sensibilidad, Santa Ana se las ingenia para presentar un producto sumamente conmovedor.

Es así como, de una forma tan bella como realista, el film pretende contar la historia de la lucha contra la opresión y lo logra, dejando al espectador con las emociones a flor de piel.

La persona detrás del mito

De una forma muy didáctica, el documental se propone contar la historia de los avances en materia de derechos LGBT+ pero sin salirse de un curso que gira alrededor de la historia de la vida de Jáuregui. Ahora, ya que lo hemos presentado como figura principal en esta materia, nos queda preguntarnos, ni más ni menos, quién fue este hombre que bogaba por mayores derechos e igualdad.

Las generaciones más jóvenes, que no hemos presenciado las primeras marchas y no estamos quizás tan familiarizadas con su activismo, no sabemos mucho acerca de él. Sólo que era un hombre que hablaba. Que se manifestaba. Que se encadenaba a edificios y gritaba por medio de un megáfono para llamar la atención de los medios hacia la comunidad.

Nació un 22 de septiembre de 1957 en la ciudad La Plata. Vivía con sus padres y su hermano, Roberto, también reconocido por su militancia hacia el interior de la comunidad homosexual. Fue profesor de historia argentina en la Universidad Nacional de La Plata y realizó un posgrado sobre historia medieval en París. Allí tuvo su primer contacto con la Marcha del Orgullo Gay celebrada en 1981 y decidió que había que hacer algo con la situación en Argentina.

Al regresar, se presentó como uno de los fundadores de la Comunidad Homosexual Argentina o CHA, que surgió hacia 1984. Con una labor basada en la búsqueda de una visibilidad mediática que daría lugar a la integración de nuestro colectivo en la sociedad, fue electo el primer presidente del grupo y dirigió su actividad, en primer lugar, hacia el reconocimiento que consideraba elemental para el movimiento. Sería más tarde que impulsaría el proyecto de inclusión de la orientación e identidad sexual en la cláusula anti-discriminatoria de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires.

Su intención de dar a conocer las problemáticas con las que se enfrentaban los homosexuales en aquel entonces lo llevó a escribir en diarios y publicar su libro “Homosexualidad en Argentina”. Sabía que para poder asentar las bases en las que se construiría la unificación de la sociedad y el marco jurídico que la respaldara era necesario darle voz al proceso, y por eso mismo concurrió en varias oportunidades a programas de televisión en donde explicaba la actualidad del colectivo.

En 1984 apareció en la tapa de una de las revistas de mayor tirada con su pareja, lo que era muy provocativo para la época

Como líder, se destacó por una organización sumamente horizontal. Distintos testimonios presentados a lo largo del documental, de la mano de amigos de Carlos y miembros de la comunidad, reflejan que escuchaba a todos y le dedicaba una parte de su tiempo a cada uno de los presentes en las reuniones para conocer sus problemas y sus argumentos. Impulsó la democracia en la participación hacia el interior del movimiento y, por eso mismo, no quiso ser el presidente de la CHA más de una vez.

Poco a poco la revolución empezaba a surgir, pero la época continuaba siendo complicada. Cuando un operativo policial detuvo a varios homosexuales en una discoteca, Jáuregui decidió que era necesario tomar otro tipo de medidas. De esta forma, preocupado por lograr una conexión con las organizaciones de derechos humanos e interesado en perseguir un activismo más radical, abandonó el grupo y fundó –junto a sus compañeros Marcelo Ferreyra y César Cigliutti– la asociación Gays por los Derechos Civiles –o Gays DC.

El hombre entendía que para alcanzar la visibilización que buscaba debía contar con todo el apoyo posible. Con este espíritu empezó a entablar diálogo con otros grupos que, en aquel momento, sufrían de una fuerte marginación por parte de la sociedad: los transexuales y las travestis. Su voluntad de darles un espacio para expresar sus ideas y malestar hizo que Gays DC creciera y que el número de miembros fuera cada vez mayor.

Las reuniones del grupo reconocían que había que dar el siguiente paso y, en 1992, impulsaron la primera Marcha del Orgullo Gay Lésbico en Buenos Aires. Poco más de 300 personas recurrieron y, en los años siguientes, el número sólo aumentaría en un alto porcentaje. Si bien muchas de ellas usaban máscaras –recordemos que la discriminación estaba muy presente y que muchos de los asistentes podían perder sus trabajos por el simple hecho de estar allí-, el hecho de manifestarse todos juntos, con una misma voz, les otorgaba energía y fortaleza.

El movimiento gay empezaba a ganar fuerza. Las personas salían a la calle, y los medios reflejaban la dura realidad que les costaba vivir. Si bien la resistencia era aún grande y la exclusión también, las manifestaciones eran esperanzadoras y todo parecía ir en una mejor dirección. Fue poco tiempo después que la comunidad homosexual de aquel entonces se encontró con una de las mayores dificultades a lo largo de su camino.

La “fiebre rosa”, temido enemigo

Dos hechos fundamentales golpearon a Jáuregui a lo largo de su vida: el fallecimiento de su hermano y el de su pareja, Pablo Azcona, a causa del SIDA. Hoy en día sabemos muy bien que, en un principio, la misma fue una infección adjudicada principalmente –por no decir de manera exclusiva- a los gays. De allí que la acción de Jáuregui rápidamente se destinaría a preocuparse por la cuestión de la herencia, en tanto a partir de la muerte de su compañero poco importaron en materia legal los años compartidos.

Es en este contexto posicionó su orientación sexual como categoría política para comparar los privilegios con los que contaban las personas heterosexuales con la falta de los mismos de parte de las homosexuales. Él mismo comenzó a redactar su argumento anti-discriminatorio al que luego habría que darle un marco jurídico.

Pero el tiempo no fue su mejor aliado. Carlos también era víctima del SIDA, y empezaba a perder la batalla contra su terrible destino. Si bien la legislación se modificó, él no llegó a ver esos cambios. Su despedida fue en plena Marcha del Orgullo, tal y como rememora Pecocaro, cuando salió a protestar por última vez.

Nuevamente, el documental se demuestra planeado de manera meticulosa. Desde el primer momento en el que la pantalla muestra al sillón vacío en el interior del departamento en el que Jáuregui residía junto a un amigo y su pareja, el director se propone anunciar el destino del activista. El sofá funciona como metonimia de su muerte, determina silenciosamente su final, y será una imagen que nos acompañará en el inconsciente hasta el momento en el que una de las entrevistadas revele que fue aquel el lugar en el que el hombre pasó los últimos momentos de su vida.

Jáuregui murió el 20 de agosto de 1996 con tan sólo 38 años de edad. Hoy en día, esa fecha conmemora en nuestro país el Día del Activismo por la Diversidad Sexual, y con un gusto agridulce nos llama a alzar la voz, porque las marchas fueron su legado. Su lucha.

En resumen, con una brillantez educativa y sentimental, Lucas Santa Ana nos trae de vuelta la historia de esta figura tan importante en materia de derechos e igualdad. Como miembros de la comunidad -y de la sociedad en sí-, recordemos en su nombre que los obstáculos serán diversos, pero que muchas voces unidas pueden hacerse oír aún cuando se busque sofocarlas.

Porque el deseo de las libertades es lo más importante a lo que podemos aspirar.

 

(*) Fuente: entrevista de EscribiendoCine.

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