Desde la sangre de Martí

    Leandro Ojeda

    Leandro Ojeda

    Redactor at Corriendo La Voz
    21 años. Estudiante de comunicación social. Casi cinefilo. Fanático de Boca Juniors y de "el loco" Bielsa. Muerdo las pastillas que no se muerden y trago casi sin masticar los caramelos masticables.
    Leandro Ojeda

    Es 19 de mayo de 1895 y José Martí se deja caer al suelo, con las últimas fuerzas que tiene logra mantener sus ojos abiertos y forzar la mirada hacia sus manos ensangrentadas. Le cuesta mantenerse en sí, siente por dentro el ardor de cada uno de los tres disparos que le atravesaron el cuerpo y lo dejaron agonizando. Mientras pierde de a poco la conciencia y la cordura, se queda mirando la sangre de sus manos temblorosas, que parece que también lo miran y le hablan, como diciéndole que ambos sabían los riesgos que corrían y que no había vuelta atrás, que simplemente debía dejarse caer de cara al sol como hace unos años había escrito con esas mismas manos que ahora parecían hablarle.

    La referencia más poética que hay sobre la muerte es, quizás, toda la vida que se pasa por enfrente de los ojos en tan solo un segundo. Quizás así, como si no hubiera otro remedio o un mejor homenaje a la vida poética de Martí, mientras se revolcaba entre los pastos del sur cubano, haya visto toda su vida, en sus manos, en la poesía y en la prosa que de ellas salieron, pero también en la sangre que corría llena de coraje y de impotencia, por verse ahí tirado, muriendo por la libertad que su pueblo cubano todavía no alcanzaba, pero que el bien sabía que estaba tan cercana y al final del camino que desde hacía mucho tiempo había elegido.

    Hacía tanto tiempo, que casi no podía acordarse de ese chico que con dieciséis años sintió por primera vez el olor y la frialdad de la cárcel, seguramente le indignaba ser acusado de traidor por las personas a las que él consideraba traidores. Seguramente, sabe y recuerda con orgullo cómo se mantuvo firme en su pensamiento durante esa primera guerra de Cuba contra lo poco que quedaba del imperio español. Durante todos los recuerdos de su vida, le daba vueltas por la cabeza la idea de patria que alguna vez había formado en su cabeza, que la había moldeado con la experiencia y que la había plasmado en unas cuantas de sus poesías.

    El amor, madre, a la patria

    No es el amor ridículo a la tierra

    Ni a la yerba que pisan nuestras plantas

    Es el odio invencible a quien la oprime

    Es el rencor eterno a quien la ataca

    Entre la agonía que cada vez era más grande se veía yendo y viniendo de Cuba, las deportaciones, el exilio, la incansable resignación de mirar el país desde lejos. Pero también las agallas para no bajar los brazos, estando en España, México, Estados Unidos o Guatemala, poder continuar los estudios, la formación y aprender cada vez más, sobre él y sobre un mundo que cada vez cambiaba más, que cada vez ampliaba sus fronteras y veía como los grandes potencias se expandían. Y eso él lo sabía, por eso recordaba la admiración que sintió cuando vio a ese país del norte del continente americano, pero también recordaba su inmensa preocupación por los avances desmedidos y lo que eso podía significar para el resto de los países del sur.

    En su lecho de muerte, se recordaba académico, escritor, poeta, periodista, político y hasta un hombre de armas, se veía de tantas maneras que posiblemente no sabía bien que era. Recordaba, quizás, con cierto orgullo, como sus libros La edad de oro y Nuestra América, sintetizaban tantas facetas de su pensamiento. Se lamentaba, porque veía su final cerca, veía que los recuerdos eran más intermitentes y no había tiempo para tanto, porque quizás a muchos les sobraba con un segundo pero a él no, no le estaba alcanzando. No podía casi recordar la cara de su esposa, sonriente, la primera vez que la vio en México. No podía entender cómo se sentía el coraje que le corría en la sangre cuando desde pleno exilio gestaba las bases del Partido Revolucionario Cubano y de a poco, simplemente, ya no podía sentir, solo veía todo irse de su cabeza, al principio lentamente, pero cada vez mas rápido.

    Ya no recordaba nada, seguramente el sol intenso que le inundaba los ojos de luz se complotaba con su lecho de muerte. La última sangre que salió desde dentro suyo regó la tierra y los pastos donde su cuerpo se tiró a descansar, por fin, como había deseado, bien de cara al sol. Para que muchos años después, en esa misma tierra regada, en ese mismo país, donde un cubano con sueños de libertad y revolución agonizó mientras se veía morir por sus ideales, en ese mismo rincón del continente, alguien se atreva a pensar que se podía ser verdaderamente libre, como Martí había soñado, de una vez y para siempre.

    Yo quiero, cuando me muera,

    Sin patria, pero sin amo,

    Tener en mi tumba un ramo

    De flores y una bandera.

    No me pongan en lo oscuro

    A morir como un traidor:

    ¡Yo soy bueno, y como bueno,

    Moriré de cara al sol!

    Comenta

    Print Friendly, PDF & Email