Del libro a la pantalla: Sherlock Holmes tiene cara de Downey Jr.

    Leandro Ojeda

    Leandro Ojeda

    Redactor at Corriendo La Voz
    21 años. Estudiante de comunicación social. Casi cinefilo. Fanático de Boca Juniors y de "el loco" Bielsa. Muerdo las pastillas que no se muerden y trago casi sin masticar los caramelos masticables.
    Leandro Ojeda

    Una descripción es el arte de dibujar escenas con palabras, es un acto que se da a medias entre dos personas. El encargado de realizar la primera parte es el escritor, luego el lector completa los huecos faltantes, utilizando su cabeza y el poder de la imaginación para que todo cierre perfectamente. Parece muy simple dicho así, pero efectivamente esa es la forma en la que funciona, hay descripciones que rozan la perfección y abundan en detalles, pero ni siquiera esas pueden evitar dejar espacios en donde el que lee deberá rellenar a su antojo. Esa es, en parte, la magia de la lectura. La constante libertad de modificar las imágenes que forman parte de una historia.

    En algún momento el cine se tomó esa atribución, tomó el lugar del lector y, para bien o para mal, empezó a rellenar esos huecos, a elegir infinitos personajes de la literatura y ponerle caras de actores. Desde hace ya mucho tiempo el mundo de las películas alimenta sus tramas con libros más o menos conocidos. Es en este punto que entra en juego una especie de disputa de poder entre la pantalla y la imaginación. De algún modo, los directores de las películas son también lectores que ofrecen al mundo sus interpretaciones de las historias. En algún punto, nosotros también somos directores de nuestra propia película cuando leemos. En nuestra cabeza construimos todo el tiempo imágenes que se basan en las descripciones que nos dan los relatos, cualquier detalle que quede librado al azar es un sector de disputa para una infinidad de interpretaciones.

    Dentro de este universo, el literario, debe haber pocos personajes tan particulares como Sherlock Holmes, el famoso detective británico creado por Arthur Conan Doyle. Dotado de una capacidad de deducción superlativa, resuelve una y otra vez los casos más intrincados con la simpleza de la lógica. Como si fuera fácil, al personaje le basta solo con sentarse a fumar en una pipa y pensar por un tiempo para resolver casi cualquier enigma. Como por equilibrio natural, su inteligencia viene acompañada de un sarcasmo que se torna tan característico como su capacidad deductiva. No solo es muy inteligente, sino que lo sabe y lo presume.

    En 2009, un director de cine llamado Guy Ritchie decidió que su versión de Sherlock Holmes tendría la cara de Robert Downey Jr. En parte, hizo lo que todos hacen cada vez que leen algo: imaginar detalles, ponerle cara a los personajes y hasta darse el lujo de crear historias nuevas con los protagonistas ya existentes (nadie puede culparlo por eso). Pero no solo se tomó esa atribución, sino que, además, hizo cambios notorios en el personaje. Para lograr encajar con la dinámica cinematográfica construyó un Sherlock Holmes con muchas más escenas de acción que el personaje del libro. Lo hizo con mucho criterio, porque a lo largo de las dos películas que filmó se observa cómo la capacidad deductiva del detective hace que pueda intuir y prevenir una y otra vez los golpes y los movimientos de sus rivales en las peleas. Es casi una versión más rocanrolera de Sherlock Holmes, que un poco está dada por la decisión del director de darle más movimiento al protagonista y otro poco, proviene implícitamente del aura que genera Downey Jr en todos los personajes que interpreta.

    Es como que alguien mire Iron Man y vea cosas de Sherlock Holmes en Tony Stark, dicho así parece una ridiculez, pero si se piensa por un momento tiene su lógica, porque en las actuaciones hay una retroalimentación constante. Es decir, Downey Jr, toma muchos detalles del detective y los interpreta muy bien, pero a su vez hay muchos tics y detalles del actor que se traspasan al personaje.

    Durante toda la primera película vemos cómo el escenario de los crímenes investigados convive con lo tétrico y lo sobrenatural, llegando al punto de tener un asesino condenado a muerte que revive de su tumba. Hasta aquí, y durante casi todo el film, parece ser un cambio de esfera muy grande en relación a las tramas de Conan Doyle, en donde generalmente las investigaciones se complejizaban a partir de casos relativamente sencillos que se intrincaban con el correr de las páginas.

    El personaje de Lord Henry Blackwood no solo resucita, sino que se vuelve más poderoso y temerario con el correr de la trama, causando muertes que solo se explican con la inclusión de poderes sobrenaturales, algo que significaría no solo un cambio muy grande en el universo de Sherlock Holmes, sino que también reestructuraría de forma tal el transcurrir de las historias que se correría de la esencia del personaje. Pero cerca del final la historia empieza a dar cambios argumentativos, que no solo hacen que empiece a rescatarse y reencontrarse la esencia de los libros, sino que además, todo lo que pasó anteriormente en la película cobra otro sentido.

    En Sherlock Holmes: Juego de sombras, segunda entrega del director Guy Ritchie, nos encontramos desde el principio con una historia, que si bien ya tiene los toques particulares de la versión que se había visto en 2009, muestra una argumentación y un desarrollo más cercano a los libros. Partiendo de la base de que el enemigo principal es nada más y nada menos que el Profesor Moriarty, lo cual significa reversionar otro personaje de los creados por Conan Doyle e incluirlo en el universo.

    La antítesis más perfecta de Sherlock Holmes, es sin ninguna duda Moriarty, por oponérsele al detective con una inteligencia que es muy similar, pero también por tener esa misma perspicacia y ese orgullo a flor de piel, que hacen que cada disputa no sea solo un encontronazo entre bien y mal, sino que, más bien, sea el choque de egos de dos personas que se odian, pero odian más aun la idea de verse superados por el otro. Es en parte esto lo que los ata a cada bando y los compromete aún más a querer resolver los problemas que se les van apareciendo. La versión cinematográfica de este enemigo de Holmes también está más comprometida con las escenas de acción, como si al fin y al cabo fuera un espejo que refleja una versión de Holmes con malas intenciones.

    Entre diferencias y similitudes se ata el andar de Sherlock Holmes por las dos películas, que de a ratos parecen haber captado de manera intacta la esencia de los libros y de a ratos se van a viajar por otro universo, uno que tiene mucho menos que ver con el del mundo literario pero que igualmente se ensambla muy bien con las historias. Para nada se pierde lo reacio de Holmes, su ego más grande que sus ganas de hacer el bien, su acidez y su sarcasmo para expresarse, en fin, todo eso está presente en la piel de la interpretación de Downey Jr que amalgama y transforma el personaje desde su impronta tan personal.

    Si hay algo que caracteriza a la imaginación, es que ésta no puede volver atrás. Una vez que se realiza una asociación o atribución, es muy difícil que se pueda quitar de la cabeza. La construcción de los escenarios parte de las mismas lógicas. Si bien hay contextos más definidos, la imposición de una imagen en la pantalla hace que cualquier lectura posterior este atada a lo que se vio.

    Poner en contraposición un libro y una película parte de la dificultad de comparar dos cosas muy diferentes, que están relacionadas por una historia en común. Por decirlo de alguna manera, la literatura es la que ofrece el punto de partida para una infinidad de interpretaciones, en cambio el cine plasma una o algunas de ellas en un filme. Seguramente hay tantas versiones de Sherlock Holmes como personas hayan leído el libro, esa es la ventaja que ofrece siempre el texto: el lector toma las reglas que pone el autor y en esos márgenes modifica todo a su antojo.

    El cine parte con la desventaja de tener que instalar una visión del personaje que no es la del público que lo ha leído, pero aun así muchas veces lo logra. El caso de las películas de Guy Ritchie es uno de esos, con el diario del lunes quizás parezca fácil decir que Downey Jr caía de maduro para ese personaje, pero en el momento evidentemente fue un gran acierto porque la elección cayó bien y las películas tuvieron éxito. Claramente la clave no estuvo solo en eso, sino también en la capacidad de construir una historia y un guion, que aunque hacía cambios sustanciales en algunos personajes, respetaba la esencia de los relatos de Conan Doyle.

    Son dos frentes muy amplios que todo el tiempo juegan con el ida y vuelta, de forma más o menos implícita. El cine se alimenta constantemente de historias literarias, pero a su vez las adaptaciones cinematográficas nos ofrecen relecturas que, de cierto modo, modifican las historias originales. Parece mentira que una simple decisión pueda modificar tantas cosas, pero seguramente muchos de los que leyeron un libro de Sherlock Holmes después de ver las películas, se imaginaron al detective con la cara de Robert Downey Jr

    El universo literario está lleno de caras vacías que esperan ser rellenadas, no es fácil, ningún lector puede superar la frustración que representen a un personaje querido de una forma que no le convence. Pero más allá de toda dificultad, la imaginación es el único medidor de aciertos, porque cuando la versión de un personaje logra instalarse en el imaginario colectivo, esa es, evidentemente, una gran victoria y no habrá vuelta atrás. Porque allí va a quedarse y a pesar de que el tiempo pase, volverá a aparecer cada vez que se lea y se relea la historia.

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