De “Chicas pesadas” a “El mundo oculto de Sabrina”

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Gabriela Krause

Editora at Géneros
Periodista | Editora de Géneros | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente | Autora de Alikal & Misoprostol: caja de herramientas para sobrevivir al machismo.
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Durante años, hemos asistido al bombardeo audiovisual de ficciones para adolescentes donde la trama principal consistía en dos o varias mujeres que, por algún motivo sin demasiada consistencia, estaban enemistadas. La revolución -y no moda, bajo ningún punto de vista- feminista ha llegado para cambiar esos paradigmas. Más allá de que sepamos que las grandes empresas no están preocupadas por el bienestar de nuestra lucha, hemos conseguido marcarles la agenda e inmiscuir nuestras problemáticas en sus ficciones. ¿Cuánto avanzamos desde las ficciones de Lindsay Lohan hasta la serie de Netflix protagonizada por Kiernan Shipka?

¿Por qué es necesario aclarar que el feminismo “no es una moda”?

Que Rial, que Netflix, que HBO, que el prime time. De repente, parece que todes están interesades en la lucha feminista. De eso se agarran las personas que no gustan de esta lucha para decir, sin peros, que el feminismo es una moda. Pero ¿puede ser una moda una corriente que perdura tanto en el tiempo? Sabemos que de las corrientes pueden surgir modas: el glitter, por ejemplo; el feminismo más mainstream y más posmoderno; las series y productos audiovisuales con personajes convenientes para mostrar deconstrucción; Rial con un pañuelo verde en uno de los programas más vistos de la televisión argentina. ¿Moda? Seguro. Pero es una moda que impusimos nosotras, gracias al impulso de una lucha que va mucho más allá de eso. ¿Realmente nos tiene que importar que nos estén “usando” para generar más rating? ¿No somos nosotras quienes los están usando a ellos, aprovechando su masividad para transmitir un mensaje concreto, aunque fuera más licuado que como quisiéramos, para iniciar nuevas mujeres, niñas y adolescentes en una corriente en la que, si se quiere, se puede profundizar mucho más allá de micromachismos y dilemas del género?

Moda o no, hay una realidad concreta: estamos marcando una agenda. En los medios, en las series y películas, en las redes sociales. Se habla de nosotras. En contra y a favor. Somos importantes para la coyuntura actual, y vamos a ser realistas: somos las únicas que están llevando a cabo una revolución y golpeando al sistema de lleno. Por lo menos, lo cuestionamos de raíz, que ya es decir más que de muches otres.

Chicas pesadas

Somos muchas las que nos criamos viendo ficciones en las que las mujeres eran, básicamente, presentadas como enemigas naturales. No sólo eso, sino que realmente no veíamos mucha interacción más allá de esto. Ni charlas profundas, ni intereses personales, ni identidades disidentes: nada. Las mujeres siempre fuimos un accesorio para la ficción, y en el caso de la ficción específicamente apuntada a adolescentes mujeres, más que accesorio ejercimos de nudo. El problema era nuestra incapacidad para relacionarnos entre nosotras. El problema éramos nosotras. No nuestros propios problemas sino nuestra existencia en comunidad. La competencia absoluta.

Esto no es muy diferente de lo que vivíamos en sociedad, si vamos a ser honestos. Nos enseñaron a competir entre nosotras desde que tenemos noción de ser: que si una es más linda, más buena, más inteligente, más capaz, más ambiciosa, más perfecta, entonces, enemiga. Nos enseñaron a compararnos, si hasta el día de hoy estamos pagando los vestigios cada vez que nos miramos al espejo en un boliche y al lado tenemos a una mujer con el pelo perfecto y el maquillaje sin correr ni un poquito. Estamos pagando los vestigios de décadas, de siglos de bombardeos. Recién ahora nos empezamos a preguntar qué papel real cumplimos entre nosotras y cómo desempeñarlo. No queremos mirarnos de reojo, eso lo sabemos. Entonces, empezamos a cambiar los paradigmas, y con nosotras, cambian los paradigmas de esos productos que, curiosamente, fueron los que nos aleccionaron desde pequeñas, entreteniéndonos con un mensaje solapado (¿solapado?) de fondo.

Mujer perfecta versus mujer perfecta

Si había una mujer “fea” en estas ficciones, era de adorno. Estaba ahí siendo la amiga de la “buena”, era propensa a interesarse poco por los hombres, ayudaba a la trama sólo para ayudar a su amiga a vengarse de las malas, etcétera. La verdadera contienda era entre mujeres perfectas. Una que no se mostraba tan perfecta al principio pero resultaba ser alta diosa, y otras rubias modelos que se mostraban desde el principio siendo las lindas de todo el lugar. Y como eran lindas, mandaban. La otra, la perfecta en silencio, llegaba para cambiar con esta situación injusta y terminar posicionándose en ese lugar, en el de la popularidad. Mientras tanto, veíamos bromas, venganzas, un libro en el que se hablaba mal de todas las personas del instituto, y más. Pero ¿qué movía a esas mujeres perfectas? Nada. Ser perfectas, y punto. Ser las dueñas del pabellón, y punto. Ser las mejores en todo, las que le gustan a los chicos perfectos. Porque si había algo que llevaba a la contienda a las mujeres perfectas era la necesidad de gustarle, las dos al mismo tiempo, al mismo chico perfecto que resultaba iluminarse cuando llegaba la nueva, la buena, la linda, la inteligente, la que tenía todo lo que no tenían las rubias, porque como rubias que eran, eran huecas.

¿A cuántas rubias han tratado de huecas desde entonces y desde antes? ¿A cuántas modelos? ¿Cuántas veces hemos visto que las quisieron dejar expuestas porque no podían ser perfectas, tenían que ser tontas? ¿A cuántas actrices lindas? ¿A cuántas mujeres lindas en lugares?

Es curioso: nos exigen belleza para llegar a cualquier lado: a un buen puesto laboral, a una carrera artística prominente, a ser buenas periodistas, buenas en lo que sea. Pero si somos lindas, se nos menosprecia. Entonces ¿por qué nos quieren bellas? ¿Para adornar? ¿Para embellecer el lugar? ¿Para sentarnos al lado de un hombre inteligente y asentir?

El mundo oculto de Sabrina, o una nueva forma de mostrar nuestras relaciones

No es la primera vez, pero vamos a usarla de ejemplo.

En El mundo oculto de Sabrina, nos encontramos con un universo completamente distinto. Son varias las cuestiones que nos llevan a exaltar una ficción que les trae a las nuevas adolescencias una forma distinta de encarar y entender la realidad.

Un personaje trans, una mujer negra, un novio no tan normativamente bello, relaciones entre mujeres más allá de los hombres, el desafío constante al poder, la formación de un grupo de mujeres para terminar con el machismo en la escuela. Todo apunta a la formación de adolescentes con una nueva perspectiva a la hora de relacionarse.

El chico trans en la serie, por ejemplo, no es estigmatizado. No de la manera habitual de las series, y eso ya es mucho. Se lo ve transicionar y convertirse en lo que realmente siempre fue sin que sus amigues lo cuestionen, aunque con reticencias por parte de los lindos, de los jugadores de básquet, porque estos chicos populares e insufribles igualmente están.

Lo más importante de todo es que las mujeres en la serie se relacionan por ellas mismas. No las mueve el sólo hecho de hablar de hombres, ni las mueve el sólo hecho de pelear por ellos. Por el contrario, cuando llega el momento de enamorarse de un mismo compañero, se habla bien, se entiende, se puede ir más allá de lo que, anteriormente, habría sido un nudo para la trama.

En un universo donde existen las brujas, las videntes, los demonios y las demonias, nos encontramos con problemáticas mundanas y reales, con un nivel de amistad entre mujeres que alecciona, que da ganas de tener amigas. Cuando las quieren enemistar, se plantan: son el ejemplo perfecto y viviente de la sororidad entre mujeres. Tienen conversaciones sobre sus intereses. Una se le aparece a la otra cuando cree que será, por fin, su primera vez. Se contienen. Se entienden más allá de las diferencias que plantea la serie. Se quieren, por sobre todas las cosas. Son amigas. Y ¿hace cuánto que lo venimos diciendo, ya? Tengan amigas. Lo decimos como un mantra, porque es importantísimo: tengan amigas.

Las amigas son ese puente entre los problemas y una misma. Y en ese puente se puede observar todo como desde afuera, entenderlo, problematizarlo, ir encontrando soluciones. Sabrina deja ese sabor dulce, casi perfecto, insta: tengan amigas. Y recuerda: no vinimos al mundo para competir entre nosotras, sino más bien para dejarlo mejor que como lo encontramos.

De Chicas Pesadas a Sabrina

Han pasado muchos años. Hemos asistido a ese bombardeo mencionado no como simples espectadoras sino como aleccionadas. Como Alex en La naranja mecánica, nos abrieron bien los ojos y nos invitaron a ver cómo romper nuestros vínculos sanos para convertirlos en guerras despiadadas. Así, en la escuela, hemos dejado regueros de chicas que la pasaron mal por ser más feas, menos inteligentes, más chatas, menos dadas con los chicos. Pasamos años peleándonos entre nosotras, porque así nos distrajeron de pelear contra el sistema que nos oprimía a todas por igual. Pero hay Sabrinas, y hay mujeres reales que nos juntamos en ronda para leernos, para conocernos, para escucharnos, para cambiar lo que nos fue dado como “natural”. Lo natural es comer, dormir, ir al baño. Eso es lo natural. En lo que respecta a las relaciones humanas, todo es social: somos el producto de lo que la coyuntura en la que vivimos ha hecho de nosotras. Por eso, es muy valorable que estemos rompiendo con estos paradigmas más allá de tanto bombardeo, de tanto aleccionamiento para que no nos juntemos, para que no nos entendamos. Somos una generación puente que todavía está entendiendo cómo cambiar las cosas, pero con la determinación de querer dejarle a las generaciones venideras mucho más Sabrina y mucho menos Chicas Pesadas. Estamos cansadas de mirarnos de reojo. Queremos mirarnos de frente y decirnos lo que nos gusta de nosotras. Nos gusta eso, estar juntas. Nos gusta vernos como si estuviéramos desnudas y leer qué es lo que pasa por dentro de la otra. Estamos cansadas de pelear entre nosotras. Ahora la pelea es contra ese gran engranaje que nos enemistó, en primera instancia: el patriarcado.

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