De Bauman al «Modo Netflix»

Pablo Castro

Pablo Castro

Redactor at Corriendo La Voz
Vivo en Mar del Plata. Licenciado en Psicología. Coordino un taller literario en una institución de salud mental de Mar del Plata. Codirector de la revista PSUM. Mi libro Carne de Aleph fue publicado en enero de 2017 por Peces de Ciudad ediciones. En noviembre de 2018 se publicó mi novela El flacoque quería ser Perón por Editorial Hinvisible.
Pablo Castro

Cada vez hay más plataformas para acceder a contenido audiovisual. Si te ponés a pensar, nuestra generación conoció, además del cine, la televisión de aire, el videocasete, el cable, los canales codificados, el dvd, el Blu-Ray, Youtube, uTorrents, Ares, eMule, Qubit y múltiples páginas para descargar o ver online películas y series. Todo está ahí, al alcance de la mano. Pero lo que dicen que realmente está revolucionando al universo audiovisual es Netflix, en especial por sus propios contenidos. ¿Por qué? ¿Tendrán algo que los diferencie del resto?

El arte -como puede serlo una serie o una película- cuenta algo más que una historia. No es tan sólo un producto estético, también nos da pistas para entender el momento actual que nos toca vivir. De alguna forma, todo producto artístico revela características del sistema socio-económico del cuál surgió: los modos de producción, lo que una sociedad valora, qué vínculos genera, cuáles son sus preocupaciones. Por eso nos meteremos en este universo Netflix para ver qué podemos sacar en limpio respecto al mundo en el cuál vivimos.

A continuación, les compartiré ciertos interrogantes que de alguna misteriosa forma me generaron algunas series.

En la primera que me adentré fue Bates Motel. Si bien no es producida por Netflix (pertenece a A&E), posee ciertas características que la hacen “muy Netflix”. Este “muy Netflix” es lo que intentaré abordar ya que ahí, adelanto, se inscribe la diferencia con el resto del arte audiovisual.

Claro que hay series en la famosa plataforma (intuyo que las debe haber) que se diferencian de cierto estilo del que hablo en el presente artículo. Sin embargo, quizá podemos hablar de una tendencia, de un “modo Netflix” que condiciona nuestra forma de mirar, comprender e interpretar el mundo.

En fin, sigamos con Bates Motel. Aquí estamos ante una precuela adaptada al presente del clásico film Psicosis de Hitchcock. La historia se centra en la relación entre el joven Norman y su madre Norma Bates. Aquí los hechos relatados en Psicosis aún no han ocurrido. Encontrarme con una precuela de este tipo me llevó de modo inmediato a una especie de contrapunto entre la serie y la película.

En una serie lo que se destaca como diferencia respecto a un film es, fundamentalmente, el tiempo. Hay más tiempo para lo que el director quiera: ampliar historias, expandir a los personajes secundarios, detenerse en detalles mínimos, lo que sea. La condensación en el cine es mayor: en dos o tres horas la historia tiene que comenzar, desarrollarse y finalizar. Entonces, al meterme en Bates Motel esperaba algo de eso: que los personajes pudieran tener mayor vida, que las historias se complejizaran en pos de un desarrollo más interesante, en fin, que la serie estuviera a la altura de Psicosis. Pero no. Paradojamente, mayor tiempo no implica más y mejor desarrollo de historias.

En Psicosis, el amigo Norman Bates abordaba en sus diálogos temas complejos de modo muy reflexivo: Se preguntaba sobre la locura, el significado de la vida y la muerte, la relación con su madre, debatía sobre la noción de normalidad. Con unas pocas escenas, a Hitchcock le bastaba para dejar en claro el modo de relacionarse de Norman con el mundo, sus  conflictos, sus miedos, sus incertidumbres. En cambio, Bates Motel no desarrolla ningún tema: sólo presenta títulos y pasa a nuevas escenas que consiste en otros títulos. Como si la idea de la serie fuera presentarte varios personajes e inmediatamente cambiar de tema. En tal sentido sorprende como menos a veces es más, es decir, el menor tiempo de la película (109 minutos) comparado con las cinco temporadas (cincuenta episodios) implica un salto de calidad mayor gracias a la mano de su director.

Otra serie que vi -masticándome mis sentimientos anticolonialistas- fue The Crown (La corona). En este caso, se trata de una producción de Sony Pictures Television en exclusividad para Netflix. Hasta ahora, han realizado dos temporadas en las cuales cuentan el acceso al poder de Isabel, la actual reina de Inglaterra.

Más allá de las características de la historia, quisiera detenerme en el inicio. Todo arranca antes de la muerte de su padre (el rey Jorge VI). A este Jorgito lo conocimos gracias a la excelente película El discurso del rey, dirigida por Tom Hooper en 2010. Dicho film cuenta como este Jorge -un tartamudo timorato atendido por un fonoaudiólogo un tanto heterodoxo- accede al trono luego de que su hermano, el rey Eduardo VIII, abdicara. Este hecho trascendental en la vida de estos reyes es relatado tanto en la película como en la serie que estamos comentando.

En tal sentido, para seguir con nuestro contrapunto series-películas, observemos qué hace cada uno con ese momento. Si bien esa abdicación es central en El discurso del rey y en La corona es un hecho más, intuimos que otra vez se trata de una serie a la que no le interesa profundizar en los temas, en los vínculos y en lo que sea. Sino que todo se trata de cambiar rápido de episodio, presentar algún nuevo conflicto o personaje, mostrarlo un rato y pasar a algo nuevo. En The Crown no importan los dramas de Jorge VI con su habla, los conflictos como padre, con su hermano, con el parlamento, con Churchill. No, lo fundamental es que se muera en un episodio, a lo sumo dos, y mostrar los vestidos de la reina.

Ese es el “modo Netflix” al que me refiero. O si quieren, “modo Disney”. Mostrar nuevos personajes, nuevos bichitos o lo que sea para vender algo: un muñeco en una cajita feliz o episodios de una nueva temporada. No importa desarrollar nada, todo tiene que ser inmediato. Se tira un título, se lo finaliza rápido y se pasa a algo nuevo.

Sospechemos e hipotetizemos que algo de ese “modo Netflix/Disney”  tiene que ver con lo que el neoliberalismo nos vende: somos sujetos consumidores de cualquier basura, el arte es un objeto de consumo más, donde todo se juega en el orden de lo inmediato, donde no hay detenimiento para pensar y profundizar un tema cualquiera.

Un “modo Netflix” que nos recuerda la modernidad líquida de la que nos habla Zygmunt Bauman: todo es provisional, estamos ansiosos por novedades, sin puntos fijos a los cuales aferrarnos. No profundicemos nada, pues todo termina en un episodio de cuarenta y cinco minutos. Es cómo cuando nos preguntan “¿Cómo estás?” y respondemos “todo bien”. Esa es una respuesta de “modo Netflix”: no doy explicaciones, no complejizo nada en lo referente a mi vida, sino que está todo bien y no quiero que me sigas preguntando sobre mí.

Quizá poner pausas, exigirle mediante un espíritu crítico al arte audiovisual que problematice y profundice diferentes temas sea una forma de resistir a este modo de producir del neoliberalismo. A lo mejor tendremos que imponer nuestros tiempos, ahí donde solo hay urgencias e inestabilidad. Una mirada que le de lugar a nuestras dudas e incertidumbres, que no arrase a las preguntas que nos dan sentido.

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