#Cine ZAMA: viaje hacia un pasado ilusorio

    Belén Lescano

    Belén Lescano

    Colaboradora en Corriendo La Voz
    Estudiante de comunicación social
    Belén Lescano

    Como espectadores nos mal acostumbramos a ver películas que, en general, tienen tramas muy definidas. Nos brinda tranquilidad saber que las respuestas a los interrogantes o a los misterios a resolver siempre los encontraremos al final. Fuera de esta lógica llegó Zama a los cines, un film producido por Argentina, Brasil y España, con una trama compleja pero no marcada, que explora la subjetividad de las personas y nos propone un viaje cargado de metáforas y simbolismos, que se desarrolla entre los sueños y la realidad.

    Dirigida por Lucrecia Martel, una de las cineastas más prestigiosas del cine argentino contemporáneo, impulsada por su reciente preselección a los premios Oscar como mejor película extranjera y nominada a mejor película iberoamericana en los premios Goya, esta historia está basada en el libro homónimo de Antonio Di Benedetto. La trama se sitúa en Asunción del Paraguay a finales del siglo XVIII y narra las peripecias que Diego de Zama (interpretado por Daniel Giménez Cacho), el asesor letrado de la Corona y un héroe en los tiempos de la conquista, tiene que atravesar para poder regresar a la ciudad de Lerma, en España, donde lo esperan su esposa y sus hijos.

    Diego de Zama en la primera escena del film.

    Señales de El Eternauta que no fue

    Resulta curioso que entre Zama, una historia que aunque no fuera real se desenvuelve dentro de los límites de la verosimilitud, y El Eternauta, la historieta de ciencia ficción argentina escrita por Héctor Germán Oesterheld e ilustrada por Francisco Solano López, existan puntos en común, pero los hay. Luego de dirigir La Ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), Martel había sido convocada en 2010 para realizar la adaptación cinematográfica de la historieta ícono de nuestro país, pero luego de realizar el guion, el proyecto no pudo concretarse.

    Durante la conferencia de prensa en el New York Film Festival, Martel contó que después de la frustración que le provocó ese trabajo sin terminar, decidió emprender un viaje en barco en el que se sumergió en la lectura de Zama y fue en ese momento que decidió pasar el relato a la pantalla grande. Casualmente ambos textos fueron escritos hacia finales de los años ’50 y esa coincidencia le sirvió también para determinar el rumbo que seguiría la película: “Uno normalmente piensa en el pasado con menos libertad que en el futuro, así que cuando hice Zama, pensé en adaptarlo con la misma libertad con la que pensé hacer El Eternauta”.

    Un mundo de representaciones

    A través de la escuela aprendimos que la historia de nuestro continente fue contada y escrita por los conquistadores, pero Zama no es un film que se enfoca en la conquista, aunque se desarrolle dentro de ese contexto.  Si bien el protagonista es un hombre blanco, los hombres y mujeres nativos que aparecen así como los esclavos, no están representados con gestos de sumisión o domesticidad, como sucede en algunas películas e ilustraciones que se difundieron luego de la Campaña al Desierto. Que la sumisión no sea perfecta es algo que Martel marcó en varias entrevistas como un rasgo distintivo de la mirada latinoamericana.

    Zama y sus compañeros de misión.

    Además, se tuvo en cuenta que el relato este centrado en el hombre, que sea una historia basada en el pasado civil, y que no esté sesgado por la mirada de la iglesia católica, tan presente también en los documentos tanto visuales como escritos que reconstruyen la etapa de la conquista y colonización de América. Deliberadamente, todos los objetos, desde los muebles hasta los libros así como también los discursos, se mostraron lejos de cualquier señal religiosa. Este y otros elementos, como las pelucas que usan los funcionarios, así como la escoba que usan para limpiarse los zapatos antes de ingresar a las oficinas, contribuyeron a crear un relato verosímil pero que se toma ciertas licencias en donde mucho de lo que vemos es invención pura.

    Un aspecto bastante explorado en las películas anteriores de Martel, especialmente en La Ciénaga, es la relación entre clases y cómo en las diferencias económicas se construye el deseo sexual. En Zama, el protagonista conoce en una de las tertulias que se realizaban en casa de los funcionarios, a Luciana Piñares de Luenga (Lola Dueñas), esposa de Honorio Piñares de Luenga, compañero del ministro de la Real Hacienda. Una mujer más poderosa que Zama y con conexiones, la atrae, y entre ellos se genera una tensión sexual que nunca se resuelve, como todo lo que vive el protagonista mientras espera su traslado.

    Luciana Piñares de Luenga y uno de sus esclavos.

    El sonido por sobre la imagen

    Un recurso que distingue a la filmografía de Martel es la importancia que le da al sonido, el cual tiene la particularidad de no estar apoyado en la imagen que se muestra. El sonido organiza lo que luego se va a ver, pero es distinto a lo que estamos acostumbrados, incluso en películas que explotan esta técnica. El sonido en Martel se da como aquello que oímos esos instantes antes de dormir, como algo que no distinguimos si es parte de la realidad o de un sueño, que percibimos lejano y no distinguimos bien de dónde proviene.

    Esos ruidos, música, diálogos que no poseen un lugar de referencia concreto que podamos unir a una imagen específica, es lo que predomina en Zama y esto se convirtió en un medio narrativo importantísimo porque da cuenta de que la historia está centrada en el protagonista, en su subjetividad, en lo que él siente, ve, escucha y piensa. En varias escenas, mientras determinados sonidos transcurren en primer plano y otros están más alejados, no sabemos de dónde emergen porque lo único que vemos es la cara de Zama, sumido en sus pensamientos, a través de planos interminables. También cuando hablan otros, que pareciera no tienen tanta importancia, la mirada de la cámara está puesta siempre en el protagonista, para captar sus gestos, sus palabras, su mirada. Así es como también notamos el deterioro progresivo en su aspecto y en sus expresiones faciales que denotan agotamiento, desde el inicio del film hasta el final. 

    En cuanto a la banda sonora, Martel eligió al dúo brasilero Los Indios Tabajaras, quienes durante los ’50 interpretaron música latinoamericana, clásica y originaria. Considerados como uno de los mejores duetos de música instrumental y caracterizados por una melodía amena, funcionaron en este film como un equilibrio con respecto a los efectos de ambiente y los cambios de plano en el sonido, que generaban tensión. 

    Lejos de los cánones comerciales

    El cine de Martel nunca se caracterizó por estar destinado a un público masivo. En los últimos años, algunos directores argentinos se inspiraron en el cine de Hollywood para construir sus films, desde las locaciones, el guion hasta el montaje. Zama se diferencia de toda esa camada, en principio porque casi todo sucede al aire libre, en el pastizal, en la playa, en los esteros. La fotografía de esas escenas es admirable y transcurren en escenarios formoseños, correntinos y bonaerenses. Por su parte, los pocos espacios cerrados, como la oficina del gobernador, las tabernas o las casas contribuían a transmitir una sensación de agobio, probablemente la misma que sintió el protagonista a medida que transcurría la película y veía que sus planes no iban cómo él quería.

    También se percibe la lejanía del cine comercial a partir de la elección de los actores. Muy acostumbrados a los films argentinos que se desarrollan bajo las características del star system (con Ricardo Darín a la cabeza), esta película reúne a actores de diferentes países que, si bien son reconocidos y han sido multipremiados, rompen con la lógica de este sistema. Con Daniel Giménez Cacho, el actor español que le pone el cuerpo a Zama, al frente, Juan Minujín como Ventura Prieto, uno de sus rivales, el brasilero Matheus Nachtergaelese como Vicuña Oporto, entre otros, se conformó un elenco multicultural.

    Todos estos elementos dieron como resultado un film distinto, al que como espectador hay que estar preparado para ver en esta era de la rapidez, la instantaneidad y los finales cerrados. A pesar de que transcurra en una época que hoy percibimos como lejana, la película es actual en cuanto a su temática más profunda: ser alguien o creer ser alguien (en este caso un héroe) cuando deseamos algo fervientemente y creemos que nos corresponde, puede condenarnos si no tenemos el temple suficiente para afrontar aquellas situaciones que nos son ajenas pero que nos separan de nuestro objetivo. Así es Zama, una película sobre un pasado que pudo haber sido, un film sobre las frustraciones, sobre ser más flexible y dejarse llevar cuando se pierde hasta lo último, la esperanza.

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