Chespirito: El dulce sabor de lo eterno

    Leandro Ojeda

    Leandro Ojeda

    Redactor at Corriendo La Voz
    21 años. Estudiante de comunicación social. Casi cinefilo. Fanático de Boca Juniors y de "el loco" Bielsa. Muerdo las pastillas que no se muerden y trago casi sin masticar los caramelos masticables.
    Leandro Ojeda

    Latest posts by Leandro Ojeda (see all)

    “El éxito es cuando uno se muere, el que piensa que lo obtuvo se queda quieto. En cambio, el objetivo es el siguiente: seguir moviéndose”. Roberto Gómez Bolaños dejó esa frase en la memoria, la soltó con tranquilidad, con esa voz cerrada y rasposa que lo caracterizaba, con la parsimonia que parecía tener siempre. Como si de algún modo fuera inconsciente de la repercusión que generaba en sus seguidores, o como si eso no fuera algo que lo inquietara demasiado.

    El comediante, el superhéroe, el chico de la vecindad, el que perduró y perdura en millones de pantallas de televisión, en infinidad de recuerdos y en el imaginario colectivo de más de cuatro generaciones. El que hace tres años dejó este mundo, homenajeado y celebrado por todos los que alguna vez le dedicaron una risa con cualquiera de sus personajes, los que casi por accidente encontraban divertido ver lo ridículo de la inocencia o la simpleza del absurdo.

    El que nació en 1929 y veinte años más tarde escuchó, por primera vez, como alguien le decía Chespirito, debido al talento que tenía para escribir historias. Era un director de cine y fue la única forma que encontró de aplicarle un diminutivo y una españolización al nombre de Shakespeare. El que recuerda su infancia como feliz, sin que le falte ni le sobre nada. Ese mismo que fue guionista de publicidades, películas y programas de TV. Aquel que tuvo a su disposición media hora semanal en la televisión independiente mexicana y a los dos años pudo duplicar su tiempo en el aire. Y por si no bastaba, coronó sus primeros éxitos poniendo en pantalla primero al Chapulín colorado y al año siguiente al Chavo del ocho.

    Ese hombre tan multifacético que casi cuesta definirlo, porque Roberto Gómez Bolaños un día se convirtió en Chespirito y pasó a ser parte de la cultura popular para siempre. Por llegar a todas las edades sin importar las diferencias, por resistir los cambios de una televisión que cada vez se modernizaba más y veía como todos sus formatos se renovaban, como cambiaban las estéticas, las formas y los contenidos.

    Por alcanzar casi todos los países de habla hispana y superar casi cualquier barrera cultural que pudiera impedir el alcance masivo de un programa de humor. Por tener la extraña y contradictoria capacidad de renovarse sin cambiar, ni siquiera la inmediatez de los tiempos corrientes pudo con la vigencia de casi cincuenta años de Chespirito. Estuvo, está y estará en casi todos lados, donde lo vemos y donde no. Desde el chico Argentino que le pide a su mamá una torta de jamón, hasta el que corona alguna maldad diciendo “fue sin querer queriendo”.

    Sin importar las infinitas tramas repetidas, los capítulos que tienen la misma historia con un guion parecido y cambiando solo algunos actores. Las escenografías casi idénticas con el paso de los años, los actores que interpretan más de un personaje y protagonizan escenas hablándole a su versión computarizada. Todo eso y más, quizás los programas de Chespirito no sean nada virtuosos desde lo técnico o no tengan una gran cantidad de recurso visuales, pero nada ha impedido esa especie de desafío que parecen plantearle al paso del tiempo. Es como si se rieran del avance tecnológico, de la televisión moderna, del rating, del HD, de todo.

    Chespirito es, en muchos casos, la dulce venganza del nostálgico y, en otros tantos, la inocencia de las primeras risas. La memoria emotiva de una época y también el contraste de los años transcurridos. Es todo en uno, es aquello que quedó cuando Roberto Gómez Bolaños falleció en 2014, porque dejó su obra, pero también, en cierto punto, se dejó a él mismo. Como si toda su vida se hubiera ocupado de poder quedar para siempre en la memoria de todos, como si el éxito que todos le nombraban pero él decía seguir buscando fuera ese, perdurar y perdurar, quién sabe, de algún modo u otro lo logró, a pesar de que nadie pudiera contar con su astucia.

    Comenta

    Print Friendly, PDF & Email