#Cultura Eduardo Galeano. La canción de nosotros

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    Gabriela Krause

    Editora at Géneros
    Periodista | Editora de Géneros | Poeta | Feminista | En mis ratos libres sueño con armar una banda disidente | Autora de Alikal & Misoprostol: caja de herramientas para sobrevivir al machismo.
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    Ciudad mía, ciudad nunca:

    ¿Seré digno de hundir la cabeza entre tus pechos?

    ¿Mereceré beber tus jugos

    amargos, poderosos?

    ¿Podré cantar tu cancion boca arriba sobre la hierba?

    ¿Cantar con voz de ciego tu canción?

    Me encomendaron la tarea de escribir sobre Eduardo Galeano, pero esta vez no sobre él-persona, él-escritor, sino sobre alguna obra puntual. Inmediatamente supe que la obra sería La canción de nosotros, 2011, Siglo Veintiuno Editores, y supe que en el por qué, estaría la nota y en la nota, aunque suene redundante, estaría dibujado el por qué.

    La canción de nosotros es la única novela de Galeano. Esto, si novela queremos llamarla, si necesitamos encasillarla de algún modo. En los “datos al margen” que sirven de suerte de preámbulo del libro, queda claro que no se sabe bien qué es. “Esta obra”, proclama, “novela o lo que sea, fue escrita en Buenos aires en 1973 y 1974, en los primeros tiempos del exilio de su autor”. La solemos llamar novela porque sigue un hilo, una continuidad y una coherencia a la que no estamos acostumbrados los que lo leemos. Donde suele haber un conjunto de relatos cortos, simpáticos, reflexivos, punzantes, nos encontramos con lo que parecieran, a veces, también relatos cortos pero unidos por personajes, espacios, siguiendo una línea temporal, corriéndose de ella, inventándose una trama, que lleva, aunque a veces no lo notemos, un inicio, un nudo y un final. Aunque por la temática y la tristeza de sus momentos, podamos ver solamente un nudo, sin principio ni final, ese nudo que tuvo atada a Latinoamérica en los ’70: el nudo de la última dictadura militar.

    Este conjunto de relatos con uniones coherentes, está separado por distintas “secciones”. Son formas de encasillar a los textos que cuentan, a primera vista, con relaciones directas, aunque en cierto punto, todos se unen. En algún momento, todo cobra un sentido triste, cansador, irrevocable.

    Los nombres de esos conjuntos ya son sugerentes, tentadores. El libro está dividido entre los capítulos, entremezclados, de “La ciudad”, “El regreso”, “Andares de Ganapán”, “La máquina” y “El santo oficio de la inquisición”.

    la_cancion_de_nosotrosQuien haya leído “Días y noches de amor y de guerra”, podrá  trazar – o tal vez no – una analogía entre los  relatos de “La máquina” (La canción de nosotros) y “El sistema” (Días y noches de amor y de guerra). Son apartados crudos que detallan, con horrible precisión y realismo, los mecanismos de tortura y exclusión que utilizaban quienes oprimían, llamados, alternativamente, el sistema o la máquina. El sistema, la máquina: la tortura, la crueldad. “El santo oficio de la inquisición”, en ese sentido, se les parece. “La ciudad” y “El regreso”, son igualmente tristes pero acaso más románticos, más parecidos a un mimo, una especie de oda al amor. “Andares de Ganapán” es otra cosa. Es triste, crudo y hermoso. Es el lado invisibilizado de siempre: el de quien se busca la vida, quien, en democracia o dictadura, sufre la misma opresión: la del hambre y la angustia de sobrevivir.

    Los personajes son pocos, hermosos: Clara y Mariano, una pareja de amantes que no puede ser, que separa la militancia, el exilio; Fierro, un abogado de los pobres, un culto lector y apreciador del buen vino que elige la exclusión, la vida de quien escapa y se gana el sustento diario, un idealista, un tipo dispuesto a morir por cualquier causa, si acaso fuera justa; Buscavida y Ganapán, los excluidos sin elección, los vencidos, los nadies. Y la máquina: el dedo gigante que mueve las fichas y dispone los aciertos y desaciertos del grupo variado, parecido, hermanado por el dolor que compone, brevemente, una novela que se propone mostrarnos de frente, como un espejo, el dolor y el peligro de vivir y de amar con la muerte pisándonos los talones.

    “Ahora yo no sé si vas a poder leer esta carta, pero igual siento como una necesidad de decirte que yo contigo he sido más feliz de lo que los libros dicen que se puede. Perdoname si tantas veces me anduve quejando por bobadas. Un día me dijiste que yo tenía cara de mujer a la que siempre se vuelve y yo te espero ahora o cuando sea y donde sea y como sea. Quiero que sepas.”

    En 194 páginas, la novela logra mantenernos atentos, enamorados, angustiados, asustados, enojados. Logra lo que pocas: inmiscuirnos en la vida de sus personajes y temer por ellos, querer cuidarlos como si la cosa fuera una simpleza, viajar al pasado, decirles cómo actuar. Es hermosa porque es real. A quienes leen a Eduardo, esto no los sorprenderá: si hay algo que sabía hacer ese rebelde escritor, periodista, era denunciar y llorar verdades con la hermosura de quien sabe exaltar lo real, rescatar las pequeñas cosas, enamorarse de las más ínfimas simplezas. Esta novela, llena de muerte y dolor, es una oda a la vida y el amor resumida en pocos personajes, que supieron, en medio de la tragedia y el despojo y en breves relatos, vivir y amar hasta morir o hasta acabar. Si hay algo que queda claro es que el amor es eterno mientras dura esta lectura, así como su escritor seguirá eterno mientras dure la tinta impresa en su papel.

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