#Cultura Michel Houellebecq: Configuración de la última orilla

    Gabriela Krause
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    Gabriela Krause

    Periodista | Escritora | Poeta, feminista y militante de causas que se presumen perdidas. ¿Dónde está Santiago Maldonado?Contacto: genero@corriendolavoz.com.ar / breveeternidad@corriendolavoz.com.ar
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    Así, generaciones sufrientes,
    Amontonadas como pulgas de agua
    Tratan de pasar inadvertidas
    A los sensores de la vida ausente

    Y todas fallan, sin mucho drama,
    La noche va a cubrirlo todo
    También el agotamiento monógamo
    De un cuerpo hundido en el barro

    Michel Houellebecq es uno de los escritores franceses más leídos y más polémicos de este siglo. Tanto sus novelas como sus declaraciones suelen dar que hablar y, si la propuesta de esta nota fuera la de hablar sobre su persona, podríamos tomarnos unas cuantas notas de duración. En este caso, la misión es elegir una obra del autor y escribir al respecto. Configuración de la última orilla (2016, Anagrama), su último libro de poesía, con textos en español y su versión original en francés, es la elegida esta vez.

    La extensión gris

    Conciso y demoledor. Estas son las dos palabras que me vienen a la mente cuando me propongo describir a los lectores el texto que tengo enfrente. La extensión gris, la sección inaugural del libro, comienza con versos breves, punzantes (Cuando muere lo más puro / Cualquier gozo se invalida / Queda el pecho como hueco, / Y hay sombras por donde mires. / Basta con unos segundos / Para eliminar un mundo.). Es un buen comienzo para un fragmento del libro que oscila existencialmente por la compleja frontera que se sitúa entre la vida y la muerte.

    Si bien la temática no es puntualmente ésa, este tramo pasea por el dolor y la esperanza, el vacío y el amor, las ausencias, las pequeñas felicidades y las imposibles, la vida y la muerte, los miedos. Comienza conciso y demoledor, como dije. Culmina, un poco más extensivo, pero igual se clava, como una daga, preciso y sin desprolijidades, en el medio del pecho del lector. (Quienes temen morir temen, de igual modo, vivir. / Tengo miedo de los demás. No soy amado. / La muerte, tan maleable.)

    Es difícil encontrar, hasta acá, al Houellebecq que fascina y horroriza entre sus líneas cargadas de machismo y misoginia a quienes no podemos involucrarnos en su discurso. Si bien su mirada derrotista del mundo persiste y contagia desesperación línea tras línea, se trata de una visión más humana y sentida del mundo. El autor renegado que parece no saber lo que es el amor, sabe describirlo, sin lugar a dudas, a la perfección. El resultado es un espejo de lo más visceral de su obra.

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    PN928_Configuracio?n de la u?ltima orilla.indd 14284916-10210537197766195-883691298-oLo que sigue es igual de profundo. La obra, en su totalidad, da la sensación de ser escrita por un hombre demasiado lúcido o por uno completamente desesperado. Es probable que la desesperación nazca de la lucidez misma, o viceversa, pero lo cierto es que los versos son limpios, fríos, sin demasiados adornos: Houellebecq nos dice lo que nos quiere decir. No necesita disfrazar a las palabras ni ponerlas en el orden favorito del lector. No parece querer llegar a ningún lado: simplemente reconoce que el tiempo transcurre y que nos vamos poniendo viejos. Esa conciencia pareciera obligarlo a hundirse en la búsqueda o el entendimiento de ciertos placeres, físicos o intelectuales, que sabe que pronto se van a agotar. Parece saber que lo corre la gran bestia que es el tiempo y, con la mente de quien en pleno peligro no corre en círculos y desespera, sino que se sienta, planea y resuelve, él camina hacia el precipicio de la muerte con un existencialismo que no es tal, porque no busca respuestas: las da. Houellebecq no se pregunta que viene después: sabe que no viene nada. No se interesa por las grandes cosas, al menos no todo el tiempo: busca la vida en lo cotidiano y avisa: se va a terminar. Por eso es demoledor.

    Por eso es, asimismo, de los más grandes contemporáneos que hay.

    La sección Memorias de una polla nos recuerda quién es Michel Houellebecq. Con palabras obscenas y una misoginia dura, desinteresada (Los hombres sólo quieren que les coman el rabo / Tantas horas al día como sea posible / Tantas chicas bonitas como sea posible. / Fuera de eso, les interesan las cuestiones técnicas. / ¿He quedado lo bastante claro?), el autor vuelve a sus palabras más crudas, más sexuales, y nos recuerda que lo que lo obsesiona del paso del tiempo es la paulatina pérdida del placer. La imagen que acerca, de a ratos, da asco. Quien lo lee puede asfixiarse de una vulgaridad que choca más porque llega después de la simpleza genuina y humana, cansada y de a ratos resignada, que cargan las palabras anteriores. Lo cierto es que Houellebecq muchas veces resulta insoportable porque él no soporta lo políticamente correcto y lo plasma. Nuestra moral, siempre subjetiva, tolera estas manifestaciones en algunas temáticas y, en otras, no. Tomar partido no es tarea fácil. 

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    Configuración de la última orilla es irónica, punzante, provocadora, cruda y directa. Es triste. Atraviesa el sufrimiento, el amor, el sexo, el tiempo. Lo atraviesa de una forma muy tranquila y así y todo, en pocas páginas, parece ser el análisis triste y cansado de la condición humana. No cumple los requisitos para ser una novela pero no tiene nada que envidiarle a una obra conceptual, por su complejidad y la pluralidad, tanto de temas como de visiones. Y de formas de decirlo.

    Es este un libro imperdible. Es de lectura fácil, pero no por eso fácil de digerir o entender. La prosa es simple, el vocabulario lo es, pero es tanta la profundidad, que hay versos que llevan a leerlos una y otra vez, a desmenuzarlos, a grabarlos a fuego para después ver la imagen que dejan estampada en determinado lugar. Hay que leerlo. Hay que aprender a quererlo. Hay que tenerlo ahí, donde queda la H en la biblioteca.

    Al terminar esta obra poética es difícil sentir que Houellebecq es malo por estas cuestiones (¿y acaso existe el mal? ¿el bien? ¿no es acaso moral, todo esto?), aunque bordee lo que estamos acostumbrados a no tolerar por perverso o por no encajar bien en nuestras normas sociales. No se apoya su misoginia, su machismo: sos terribles. Pero es difícil concebir, justamente, la maldad, en la misma persona que escribe y desnuda al lector con los siguientes versos: «Habría que atravesar el universo lírico / Como se atraviesa un cuerpo que se ha amado mucho / Habría que despertar las potencias oprimidas / La sed de eternidad, equívoca y patética.»

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