Brenda Gatica: «Ser sudamericanas es, sobre todo, sostener nuestras diferencias»

    Andrea Beltramo

    Orillera y desobediente | Migrante feminista especializada en piononos | Curadora de artes mutantes, demasiado pragmática y amante de las entrevistas.
    Andrea Beltramo

    Brenda Gatica es artista escénica, investigadora, docente y performer. Desde su Chile natal hasta la experiencia migratoria en Argentina pasaron años y profundas reflexiones sobre la condición del Sur en las identidades y en la construcción de subjetividades. Hasta hace pocas semanas, y tras un largo proceso de laboratorio escénico, presentó su obra Sudamericanas en Sala de Máquinas.

    Autora, productora y directora, sostiene que Sudamericanas es «un relato físico, una experiencia performativa sobre qué es el movimiento del sur del mundo”. Yohana P. Ardilla, Agustina Ciccola, Elena Fuster, Cecilia Molina, Lucila Sol Roberto y Samadi Valcárcel, fueron las intérpretes y compañeras de Gatica para abordar esta y otras preguntas desde la danza contemporánea.

    Corriendo la voz conversó con la artista sobre su última obra, su trayectoria, su identidad mapuche, su vida en la ciudad de Buenos Aires y la danza como posición política, estética y ética desde el Sur del mundo.

    Trailer de obra para las funciones en Sala de Máquinas / Julio 2019

    Antes de abordar Sudamericanas quería preguntarte por vos, ¿cómo llegaste a ser directora? Tu trayectoria, tus intereses, tu formación…

    Brenda Gatica: Empecé en esto de las artes escénicas en Concepción, Chile, de manera profesional, en 2008. Primero, tomando formaciones por fuera de la academia, porque fue muy difícil para mí comenzar a hacer una carrera artística. Vengo de una situación social de clase media baja donde el arte y la cultura están vedados para nosotros y donde es muy difícil hacer carrera. No fue hasta que logré entrar a la universidad y cursar una profesión docente en la que pude comenzar a formarme en un plano artístico.

    ¿Siempre en danza?

    BG: Mi primer acercamiento fue con la danza butoh. Yo me formé en Concepción, una ciudad muy  conservadora, tradicional y lo más innovador que estaba en ese momento aconteciendo era el lenguaje de la danza butoh. Tuve la suerte de poder ser parte de un seminario con una de las grandes referente de la danza butoh, Minako Seki, que se formó con los creadores de esa tendencia, Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata. Y bueno, fue ese primer encuentro con ese lenguaje, ese código que para mí fue muy movilizante como artista.

    ¿Por qué? ¿Qué fue lo que te conmovió?

    BG: Porque me invitó a conocer un lenguaje físico donde yo podía comenzar a conectarme con un movimiento. Fue una primera trayectoria que me sirvió muchísimo para seguir potenciando una búsqueda que era muy a tientas, muy intuitiva, que tenía que ver con la propia danza. Me acuerdo que uno de los últimos seminarios que tomé de butoh, uno de los maestros dijo que era importante que nosotros, los que vivíamos de este lado del mundo, pudiéramos encontrar nuestra propia danza. Y eso a mí me quedó resonando muchísimo. Desde ahí que inicié esa búsqueda por una danza autónoma. Al tiempo de eso fui seleccionada para participar de una residencia que se organizaba en Santiago, un festival muy importante de danza contemporánea y fue ahí donde conocí a un director argentino, Marcelo Díaz, que me incitó y me invitó a venir a Argentina a formarme. Bueno, tomé valentía y postulé al posgrado de danza contemporánea de la Universidad Nacional de las Artes, tuve la suerte de ser aceptada porque yo no tenía una formación universitaria ni en danza contemporánea ni en teatro, sino que el currículum que fui armando fue a partir de mi propia búsqueda y fui bastante autodidáctica. Así que, ser aceptada en un posgrado acá en la Argentina era lo más grande que me podía suceder en ese momento y me vine sola, sin conocer a nadie, a vivir esa experiencia, la de poder estudiar formalmente algo artístico. Y empezar de cero.

    Sí que fue valiente tu decisión. Migrar siempre lo es. ¿Con qué te encontraste?, ¿cómo fue llegar a Buenos Aires?

    BG: Atravesé muchas dificultades, porque la ciudad es un poco violenta con los inmigrantes cuando somos latinoamericanos y supongo que eso fue dejando huella en mi formación. Con el correr de los años fue parte de mi interés, el cómo nosotros que somos de este lado del mundo podemos reconocernos y potenciarnos. Ahora que lo estoy recordando me resuena todo eso como mi primer recorrido artístico acá en la ciudad. Yo ya había dirigido obras en Concepción pero nunca había tenido un desafío tan grande como dirigir a tantas mujeres y estar en una ciudad donde hay mucha danza y mucho teatro y propuestas culturales interesantes. Mis primeros años acá fueron de mucha autogestión, de batallar, de golpear puertas, de seguir investigando, estudiar mucho, una propia técnica, formarme con maestros, con maestras. El año pasado, a partir de este mismo proyecto, fui seleccionada por el Fondo Nacional de las Artes, con el Laboratorio Prodanza que me ayudó a potenciar más mi carrera como artista.

    Sudamericanas / Ph. Yisel Solange

    Pasemos a la obra entonces, en lo que pasó a partir de esa selección. ¿Qué tiempo de investigación te llevó?

    BG: Hubo un punto en mi carrera profesional que comencé a trabajar el concepto de investigación procesual que tiene que ver con no pensar en un objetivo concreto, como tener una pieza escénica en la cabeza de antemano, sino realmente posibilitar un estado y un espacio para investigar, para hacer prueba y error, para dialogar y para conocernos. Entonces, eso también fue una forma de mirar lo escénico que nos llevó bastante tiempo con las chicas y donde hay muchas ansiedades de por medio. En el fondo, es una manera de potenciar y los tiempos tienen que ser más largos para que pueda aparecer lo más profundo de esto de ser sudamericanas y de lo más profundo de lo que las intérpretes creadoras puedan manifestar. Entonces, estuvimos un año en esta investigación. En una primera etapa como residencia, unos tres meses en Fábrica Perú trabajando de entender a nuestro cuerpo como nuestro primer territorio político.

    Como posición feminista, también.

    BG: Estaba muy en boga el movimiento de las mujeres y yo también había terminado un tiempo atrás de desarrollar mi obra para la tesis donde me di cuenta que no podía estar totalmente habitada en mi cuerpo hasta no haber atravesado mis propias estructuras dogmáticas y disciplinarias pero que, una vez la atravesé, era un cuerpo empoderado y acontecía un movimiento. De ese primer proceso de obra que yo tuve con El solo que siempre quise bailar es donde se manifestó una teoría y praxis sobre acontecer un cuerpo político, que es un cuerpo que se permite, un cuerpo que no tiene lecturas atravesadas por la hegemonía, por el machismo, por los poderes fácticos, un cuerpo que se permite. Más aun siendo mujeres.

    ¿Cómo llegaste a la pregunta por el Sur?, ¿por qué el punto de partida es el interés por el movimiento de los cuerpos desde el Sur?

    BG: Porque lo veo en términos geopolíticos. Somos el Sur del mundo, habitamos este espacio y, sin embargo, con el tiempo, esa característica de vivir en el Sur y ser sudamericanas va adquiriendo connotaciones simbólicas. A mí me atraviesa especialmente porque soy del sur de Chile. Mucho de lo que hoy es la obra son cosas que se me fueron dando con el tiempo y que yo no las tenía claras al principio. Entonces, Sudamericanas, o este interés por el Sur era para mí algo concreto. Habitamos el Sur y es ese lugar el que me invita a crear y a percibir qué es lo que nos define y qué es ser sudamericanas.

    Siguiendo el binomo Norte-Sur como un binomio en tensión política, ¿qué Nortes hay en este Sur?, ¿cómo se expresa la estética y las prácticas artísticas del Norte en este Sur cuando se trata del cuerpo en movimiento, de la danza?

    BG: Siempre ha sido un desafío, por un lado, tomar conciencia de cuan atravesados estamos por la cultura del Norte y que esa misma influencia puede ser reciclada para invitarnos a nosotras a ver qué hay más allá. En nuestra obra fue la decisión de arrancar con Madonna porque estamos constantemente apabullados por el ideal de Norteamérica como una cultura muy potente, la yanqui. Yo deseaba hacer salvedades sobre todo en lo que respecta a la música de Madonna, y sobre todo porque en ese lado del mundo han surgido movimientos que han potenciado la historia de la danza contemporánea, como es la danza posmoderna, que en los años ’60 realmente hicieron un cambio radical de la concepción.

    ¿Y eso cómo alcanzó tu trabajo?

    BG: En mi bitácora, en mi investigación como coreógrafa, me ha ayudado mucho para potenciar esta búsqueda para un movimiento autónomo y decirles a las intérpretes que no hay un cuerpo ideal para generar un movimiento sino que hay un cuerpo que practica una técnica específica para desarrollar su propia potencia física. Y he tratado de separar la paja del trigo en ese tema. Porque de esta cultura del Norte, que por momentos se torna invasiva, yo trato de sacar lo mejor posible de esa tensión que hay y quedarme con los grandes avances que se generaron desde ese punto para percibir al cuerpo desde una posición más cotidiana y más transgresora con respecto a lo que es el movimiento. En ese concepto también trabajo con el paradigma de laboratorio. En la última etapa del proceso de Sudamericanas estuvimos en el laboratorio Prodanza, estuvimos haciendo residencia en el Centro Cultural San Martín donde tuvimos más chances de profundizar sobre nuestro propio movimientos y terminar de amigarnos con esa cultura que parece que nos idiotiza pero de la que también nosotros somos parte de seguir sosteniéndola, o de romper esa estructura. Eso principalmente en cómo ver esa tensión entre el Norte y el Sur. La tensión se acrecienta o disminuye en la medida en que nosotros podamos tener poder de revelar qué es lo que somos y por qué estamos en una constante mirando hacia allá y de que es hora de mirarnos desde este lado pero sin negar cómo esa cultura ha sido parte del desarrollo de la propia.

    En este sentido que mencionás, sobre este mestizaje cultural, ¿tiene el Sur una posición estética / ética que proponga otra relación entre los cuerpos?

    BG: Es una información que se manifiesta de manera indirecta en la obra pero que no es casual sino a causa de un interés de mi parte por llevar a cabo realmente un montaje donde se pudiera develar otra manera de relacionarnos, otra manera de percibir la naturaleza de la otra mujer desde un plano amoroso y eso es justamente una de las perspectivas que nos llevó mucho trabajo. Si bien había un interés por parte de todas por seguir esta consigna estamos muy atravesados por un sistema imperante que impulsa el individualismo y una mirada jerarquizada donde lo divergente o lo diferente es mal visto. Entonces, para mí, fue un gran esfuerzo poder seguir sosteniendo este trabajo a pesar de tener diferencias, desencuentros. Yo sentía que ser sudamericana, pertenecer a este lado del mundo, era justamente sostener nuestras diferencias. Desde ahí que yo percibo que lo ético del ser del Sur tiene que ver con sostener una diferencia y no anularla sino enriquecernos con las perspectivas y universos que cada una trae.

    Sudamericanas / Ph. Yisel Solange

    ¿Qué tipo de disciplinamientos portan los cuerpos en el Sur que llevarían a esta anulación de las diferencias?

    BG: Eso se manifestó dentro del entramado de la obra. Un cuerpo es atravesado por normas rígidas y esa batalla había que darla en comunidad. El concepto comunidad para mi define ser del Sur. Entonces, poder deslindarnos de esos discursos represivos y disciplinarios en el cuerpo es lo que realmente nos llevó trabajo y un proceso de más de un año.  Michel Foucault, en su libro Vigilar y Castigar menciona que el cuerpo está aprisionado en una serie de regímenes que no permiten una emancipación. Entonces, insistí mucho con ocupar el pensamiento racional en consignas físicas y espaciales para que las Sudamericanas (en la obra) pudieran acontecer un estado relacional y una escucha colectiva. Fue un gran laburo. La idea era romper con una mirada hegemónica que limita principalmente el cuerpo de la mujer. Otra de mis referentes fue el trabajar con el pensamiento filosófico de Judith Butler, que también hace alusión a Foucault cuando dice que las prácticas de poder recaen sobre la corporalidad de la mujer. Y no sólo ejercidas de manera simbólica sino que son de manera concreta. Hay una violencia concreta, real, sobre el cuerpo de la mujer. Ahí yo percibía que en nuestro proceso por el reconocimiento de la otra se manifestaba en nosotras mismas, como mujeres, ese pensamiento patriarcal. Entonces fue un viaje poder llegar a este punto donde todas nos validamos y nos reconocemos en cada matiz, en cada universo y somos parte de una comunidad que necesita cambiar una perspectiva creativa. Y eso fue lo más descolonizante que aconteció en nuestra práctica. Poder sostenernos en las diferencias y sostener este trabajo.

    Sudamericanas propone pensar un movimiento propio, situado,  ¿qué tipo de identidad es la sudamericana que pueda contener una danza propia?

    BG: En mi trayectoria me ha tocado vivenciar un proceso de creación artística donde no se tiene nada, no hay espacios, no hay dinero para sostener un alquiler de salas, donde hay mucha precariedad y, sin embargo, antes esas faltantes hay mucho deseo y energía por querer desarrollar un proceso creativo. A pesar de no tener los recursos mínimos para poder sostener una investigación. Entonces, ser sudamericanas para mí es eso, hacer lo que se pueda con lo que se tiene e incluso más. Me ha pasado en mi carrera, frente a la falta de recursos, saber que hay algo que sí tenemos, que es nuestro propio territorio, que es nuestro propio cuerpo y eso es todo. Y eso, para mí, es lo que genera toda la investigación de Sudamericanas, y es lo que genera un movimiento interesante de compartir. Desde ahí se construye un discurso que las potencia a todas y que he ido potenciando como investigadora. Ante las dificultades que se tienen de este lado del mundo nosotras seguimos luchando por crear un nicho creativo que es, principalmente, lo que nos define como sudamericanas.

    ¿Cómo fue el casting o la selección de las bailarinas?, ¿cómo les fue llegando el proyecto y qué se activó en el proceso de trabajo?

    BG: Hice una convocatoria abierta en febrero de 2018. Estuvo dos semanas la convocatoria en las redes. Finalmente me llegaron alrededor de veinticinco currículums artísticos que eran sólo de mujeres y eso ya me fue dando un primer lineamiento de lo que iba a ser la residencia de Persona Sudamericana. La selección la fui haciendo a partir del recorrido artístico que cada una manifestó en su hoja de vida, y me interesaba mucho que las intérpretes tuvieran un recorrido de trabajo colaborativo, con intereses sociales y que mostraran interés en trabajar bajo otras consignas de producción artística. Fue importante también el compromiso de poder asistir a todos los encuentros de la residencia. Yo en aquel entonces ya tenía la claridad de que este trabajo iba a ser procesual y que se iba a fundamentar en poner el cuerpo.

    Sudamericanas / Fuente Alternativa Teatral

    Claro…

    BG: Luego, yo tenía el proyecto escrito a groso modo y tenía que ver con poder articular una investigación donde cada una pudiera reconocer sus propios límites físicos para poder acontecer otro movimiento deslindado de las técnicas adquiridas. Si bien cada una trae técnicas dentro de su propia formación que son válidas pero en el momento de llevar a cabo la residencia, yo las invitaba a que pudiéramos generar un movimiento autónomo y un vínculo que se sustentara en estar en el cuerpo. Les compartí unas estrategias físicas para poder sostener una presencia física. Y a partir de eso poder conocer cada uno de los universos creativos que ellas traen consigo. Lo que se manifestó con estas primeras consignas en primer término mucha fricción, mucha resistencia física, temores, dudas. Sin embargo, nos permitimos vivenciar esas dudas y dificultades. Vivenciarlas, atravesarlas y poder llegar a un estado donde es el cuerpo el que se habita y donde todos los demás discursos disciplinarios puedan quedar fuera de la práctica creativa y donde yo les decía que el trabajo se sustenta en una escucha y en un habilitar el cuerpo para que acontezca una resonancia vital y colectiva. Insistí mucho en eso. En no tener miedo al error, ni en fallar, sino que el proceso es vivencial. Es un estado de movimiento primitivo, autónomo.

    ¿Por qué hacerlo desde las mujeres?, ¿qué relatos son contados desde las mujeres?

    BG: Creí yo que era casual pero luego me di cuenta que era a causa de todo el movimiento que estamos vivenciando en este lugar del mundo, en Latinoamérica, en Sudamérica. Las mujeres están posicionadas, nos estamos validando nosotras mismas y eso es lo que también se visualiza en este proyecto artístico. Mujeres aguerridas, que ante la diferencia tenemos el ánimo de poder vincularnos aún más. Atravesar las dificultades en conjunto y potenciarnos, escucharnos y hacer lo más poderoso, que es el encuentro colectivo. Sudamericanas permite evidenciar eso. Tanto en el proceso de muestras, como de funciones, yo sigo viéndolas como ellas van conteniéndose y apropiándose de un código que se sustenta en la resonancia colectiva.

    Recientemente reivindicaste en tus redes sociales tu identidad mapuche ¿cómo esto tu práctica como coreógrafa?

    BG: Es algo que fue tomando peso y se fue materializando en el encuentro con las chicas. Esto inició con un reconocimiento personal a mi identidad mapuche que fue hace algunos años atrás. Porque se repitió la historia de mi madre, ella es mapuche y fue discriminada brutalmente en la sociedad chilena. Yo crecí en una ciudad muy lejos del territorio mapuche, en un hogar donde mi mamá tenía negada su cultura. Entonces, para mí, pasaron los años y tuve un reencuentro con esa raíz en este último tiempo y en el andar, en el proceso de creación de Sudamericanas, pude entender que había algo que se solventaba y que tenía que ver con mi origen y que deviene en un estado de reciprocidad con la otra. Potenciar aún más la relación de igualdad y convivencia con las demás chicas; comprendí que eso que era instintivo tenía que ver con mi cultura mapuche. Con esta idea de generar un territorio donde todas pudieran permanecer y desenvolverse. Siendo honesta, me ha pasado en este proyecto con Sudamericanas que hay muchas materialidades que fueron apareciendo sin que yo tuviera mayor conciencia de eso. Me permití por primera vez acontecer desde lo instintivo, desde mi raíz y lo más claro que tenía era que quería entrar en diálogo, en un estado de colaboración entre las mujeres que habitaban esta investigación y que eso iba a ser de gran alcance. Abrir ese espacio fue romper con ese sistema imperante de la cultura occidental que busca generar displicencias cuando se tienen pensamientos divergentes y donde volver al origen y rescatar nuestra raíz de pueblos originarios es realmente un desafío ante un sistema que siempre nos invita a confrontarnos.

    ¿Puede el cuerpo en movimiento activar algún tipo de memoria anterior al proceso de conquista?, o es una tontería romántica esto que te pregunto…

    BG: Mira, justamente es uno de los principios con los que estuvimos trabajando, yo insistí mucho con la idea en poner el foco en el conocimiento que se manifiesta a través del cuerpo, entendiendo el cuerpo como un agente cognoscitivo y que este cuerpo trae en su materia huellas de otros cuerpos. En algún momento me costaba mucho utilizar un vocabulario que tuviera que ver con nuestros ancestros, pero dejando de lado esa negación que yo estaba replicando sobre mi cultura, efectivamente en esos hallazgos me di cuenta que se potenciaban esas huellas con nuestros cuerpos primigenios en esas búsquedas por un movimiento autónomo. Ahí estaba también nuestro origen. Al tomar conciencia de esa primera materialidad fueron aconteciendo, en esos hallazgos, los orígenes de cada una. En el grupo hay una chica que es de Colombia, otra de Bolivia, están las chicas de Argentina. Y nos fuimos permitiendo que esos lugares aparecieran sin definirlos: que acontecieran. Y en ese acontecer es donde nosotras logramos habitar un territorio relacional donde no hay una mirada colonialista en eso que estaba apareciendo sino una escucha. Para permitirse que aparecieran esos lugares donde las palabras no alcanzan a dar cuenta de lo que está grabado en nuestros cuerpos, las huellas.

    Sudamericanas / Fuente Alternativa Teatral

    ¿Cómo se interpela al relato colonial a través del cuerpo en movimiento?

    BG: Para mí el mayor desafío y transgresión fue componer un trabajo escénico a partir de mujeres que no representan un personaje ni un estereotipo sino que son ellas mismas, como artistas creadoras, que se permiten estar en escena sin una estética, ni ideal que busque homogeneizarlas sino potenciar sus variaciones, sus características individuales. Ellas realmente se han permitido gozar un cuerpo y atravesar esa impronta dejando que la mirada del espectador sea parte de esa construcción artística y se les rompan las expectativas que tienen cuando van a ver Sudamericanas. Que sea en la autenticidad de sus cuerpos y de la presencia que ellas connotan en la escena. Para mí esa es la mayor transgresión de esta decisión coreográfica. Dejar que ellas habiten ese espacio sin una propuesta estética rígida, sino una que se va moldeando a partir del tiempo real y por cómo sus cuerpos se permiten gozar un cuerpo colectivo.

     

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