Blaquier, Ingenio Ledesma y una represión con guiño a la dictadura

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Juan Agustin Maraggi

Juan Agustin Maraggi

Editor de Análisis Político y Social en #Corriendo La Voz
Colaborador en Revista Mascaró | Estudiante de Sociología en la Universidad de Buenos Aires
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La leyenda del Perro Familiar

Desde hace varios siglos, entre las zafras y los cañaverales, se escucha por lo bajo el susurro de una leyenda diabólica. Cuenta la historia que existe en el norte argentino un perro, un espíritu demoníaco que una vez al año era soltado por los patrones para saciar su hambre de carne humana, devorándose a aquellos obreros y sus familias que desafortunadamente pasaran por su camino.

“El Familiar”, como se lo conoce, es un mito que ha ido evolucionando durante los años. Entre sus muchas versiones, cuentan que los patrones esconden al perro en sus sótanos, liberándolo sólo una vez al año para evitar que corran peligro todos los obreros. Otros vientos soplan que sólo devora a quienes roban a los capataces, o confabulan contra ellos. Como todo mito, las voces lo han tomado, el miedo lo ha identificado y el supuesto accionar lo ha formulado, como un histórico terror entre generaciones y generaciones de obreros azucareros.

Pero lo cierto es que “El Perro Familiar” ha sido un fantasma creado por los capataces para el adoctrinamiento histórico de sus empleados. Lo curioso es que quienes resultaban sus víctimas, en genérico, eran aquellos a los que los capataces no podían doblegar a pesar de los calabozos, las torturas o los ataques constantes, aquellos que declaraban huelga o se involucraban con el sindicalismo combativo.

Si bien la leyenda toma gran parte de su actualidad en el histórico ingenio Santa Ana, el mito desembarcó, con matices, en los ingenios de todo el Norte argentino, cobrando notoriedad en tierras de la tristemente célebre familia Blaquier y su Ledesma SAAI.  Fue allí donde “el Perro” anduvo dando vueltas con mayor voracidad. Durante la última dictadura, los capataces aprovechaban la oscuridad para salir a amedrentar a los obreros, cubiertos con capas negras y acompañados de perros negros.

De familiares, amistades y apagones

Carlos Pedro Blaquier es un historiador y abogado que se hizo cargo de Ledesma SAAI tras casarse con la única heredera de la familia de Herminio Arreta, quien triplicó las ganancias de la empresa con diversos favores de Onganía, llevándolo a expandir el negocio más allá de la producción de azúcar.

Durante los años previos al golpe del 76, el sindicalismo combativo logró realizar grandes avances en materia de derechos para los trabajadores rurales. En los ingenios, el estado de organización de los trabajadores azucareros y de las diversas ramas estaba muy avanzado, llegando hasta el punto de que los empresarios ya no podían quedarse de brazos cruzados y permitir que les arrebatasen mayores conquistas. O, al menos, eso se argumentaba. De esta manera, el 21 de marzo de 1975, se declaró ilegal el sindicato de Obreros de Ledesma, lo que motivó en Jujuy una fuerte represión que finalizó, un año y un par de meses más tarde, con la denominada “Noche del apagón”.

Entre el 20 y el 27 de Julio de 1976, los capataces de Ledesma, quienes no sólo disponían del soporte energético de los ingenios y el pueblo, sino que eran los encargados de su distribución, procedieron a cortar la luz durante las noches para que los militares pudieran avanzar sobre sus tierras.

Los apagones se dieron en la zona de Libertador-Calilegua, y la represión y persecución nocturna fue llevada adelante tripartitamente: el ejército, la gendarmería y la policía privada de la empresa trabajaron en conjunto. Utilizando 43 camionetas oficiales de Ledesma, allanaron, saquearon viviendas e ingenios, secuestrando cerca de 400 personas y desapareciendo a 33. La Gendarmería, además, asentó una base dentro del propio ingenio, por lo que levantaban gente y la llevaban a calabozos ubicados dentro del predio. Los resultados están a la vista: miles de reprimidos y desaparecidos, miedo asomando en todas las esquinas, una provincia tomada por militares y la leyenda viva de un perro familiar devorador de rebeldes. La billetera de Blaquier, mientras tanto, fue haciéndose cada vez más y más gorda.

Los años pasan, las formas quedan

En Ledesma las cosas cambiaron, aunque no tanto. Blaquier continúa siendo el patrón y dueño de todo lo que lo rodea. Las tierras, las plantaciones e incluso la planta donde se procesa la caña son de su propiedad. Allí no existe transporte público, y el Parque Nacional de Calilagua, también propiedad del empresario hasta 1978 – año en que lo donó a los militares para suplir deudas-, sirve para abastecer de agua a sus propias plantaciones. Los trabajadores no tienen casas propias, y los que la tienen es porque fueron otorgadas por la empresa con deudas de acá a 50 años.

¿Los métodos? Tampoco cambiaron mucho. En 2005, la justicia realizó diversos allanamientos en locaciones del Ingenio, encontrando pilas de textos militares donde se documentaba el espionaje realizado de los ’70 hasta la actualidad, junto con legajos de empleados desaparecidos o presos políticos. Entre ellos gran cantidad de material acerca de Jorge Weisz, un histórico dirigente azucarero detenido-desaparecido, que demostraba seguimientos sobre su familia, filiaciones políticas y demás datos de su vida personal.
Por fuera de las tierras del azúcar, la situación no dista demasiado. El caso del albañil ‘Sonrisa’ Martín Gomez lo refleja: su cuerpo apareció en la casa de un policía jujeño. Según denunciaron organismos de derechos humanos, lo obligaban a robar para las fuerzas de seguridad, forzándolo a cruzar la frontera con Bolivia para comprar droga y comercializarla, hasta que un día lo mataron.

Un guiño a la dictadura

Este año, como todos, arrancó bastante movido en tierras donde el imperio Ledesma llega hasta más allá de los confines de la vista. Al cumplirse el 40 aniversario de la “Noche del apagón”, Blaquier y cía volvieron a la carga contra los obreros.

En medio de los juicios por delitos de lesa humanidad que tienen al empresario y los administradores de Ledesma SAAI en el banquillo de los acusados, y en vísperas de las indagaciones Alberto Lemos, hubo un intento de secuestro al nieto de Hugo Condori de tan sólo ocho años. Hugo es un testigo clave de causas por varios desaparecidos durante el genocidio, y el secuestro sólo se vio fallido por el tropiezo del secuestrador en un desnivel.

La semana pasada, y a pocos días de una de las fechas más oscuras de toda la historia de la provincia, se inició un conflicto que se encausó casi de la misma manera que se lo hacía en aquella época. El 14 de julio, después de meses de trabas en las negociaciones paritarias, movilizaciones y asambleas, los trabajadores decidieron realizar un paro por tiempo indeterminado.  Presentaron a la empresa un petitorio con más de 100 puntos reivindicativos. Blaquier y sus gerentes, que habían recibido personalmente al presidente Macri un mes antes, hicieron caso omiso a los reclamos, continuando con la extendida precarización laboral en las diversas zafras.

Horas más tarde, cuando las manos en la asamblea siquiera habían terminado de bajar, los obreros que intentaron manifestarse en las tranqueras de Ledesma recibieron una cruenta represión. Al marchar para hacer presencia – y permanencia – en la entrada de trapiche, fueron recibidos por la gendarmería con balas de goma y gases lacrimógenos, impidiéndoles el paso mediante el argumento de proteger la propiedad privada.

Los datos que aportan escalofríos a la situación son las formas en la cuales la represión se tiñó automáticamente en sabor conocido. Las balas no fueron escupidas por la policía local de Libertador San Martín, sino por la Guardia de Infantería de Jujuy, movilizada especialmente la noche anterior desde diversas partes de la provincia gobernada por el radical Gerardo Morales. Así, se disparó contra los obreros que corrían por descampados a cielo abierto, cual si fuera una cacería a tan sólo dos metros de distancia.

La Gendarmería, a su vez, no permitió el ingreso de las ambulancias del sindicato para asistir a los trabajadores. ¿El saldo? Más de 80 heridos. Automáticamente, la empresa inició causas penales a los manifestantes por invasión a la propiedad privada y actos violentos, argumentando que tienen en su posesión filmaciones en las cuales quedaría en evidencia que los incidentes fueron iniciados por los trabajadores. Por ahora, los únicos videos que han salido a la luz demuestran todo lo contrario. Como respuesta, fueron cortadas las rutas provinciales de manera, hasta momento, indefinida.

El conflicto continúa abierto, Blaquier, muy cercano al macrismo, continúa con las mismas formas – a veces disfrazadas- mediante las que se expresó históricamente. Lo que no podemos evitar es sentir que, después de cuarenta años, algunos sufren de la misma manera, y con las mismas armas, en manos de las mismas personas.

 

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