Atravesar el viento sin documentos

Cecilia Chiaramello

Cecilia Chiaramello

Comunicadora Social. 25 años. Mi abuela me dijo que no estudie periodismo. No la escuche.
Hablo sin S porque soy de Santa Fe. Escribo, leo, miro series y tomo tereré porque sino me aburro. No sé esperar los segundos entre capítulos de Netflix. Soy fan de la gente y me río con ruido.
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El fenómeno migratorio es síntoma de un mundo globalizado roto en mil pedazos, cristalizado en miles de identidades, en cientos de colectivos sociales, de micro relatos, en mil maneras de creer, de hacer política, de esperar, de solucionar conflictos, de escapar de la miseria y de la muerte, de construir, de avanzar. De tantos modos de ser como personas habiten las regiones. 

¿Qué sabemos de los desplazamientos humanos actuales? ¿De qué escapa la gente hoy? ¿Cómo actúa la Comunidad Internacional frente a la crisis de los refugiados?

Para responder algunos de estos interrogantes debemos partir de una premisa: los procesos migratorios no van a disiparse. Las estadísticas demuestran que la tendencia va en aumento; que no hay muro, ni Mediterráneo, no hay milicias o políticas restrictivas que puedan frenar el fenómeno.  La gente se mueve.

Año 2014: migrantes cruzan el Océano entre Libia e Italia. Foto de Massimo Sestini
Año 2014: migrantes cruzan el Océano entre Libia e Italia. Foto de Massimo Sestini

Si bien el paradigma migratorio que conocemos es el de los aluviones que poblaron América en el siglo XIX, debemos abordar los flujos migratorios de estos tiempos desde una mirada más compleja, abarcadora de todas las heterogeneidades y consciente de los conflictos específicos que expulsan a los migrantes de sus tierras. Del mismo modo, es de extrema necesidad que todos los Estados de la Comunidad Internacional traten el fenómeno migratorio de ciudadanos por el mundo como materia de derechos humanos.

Números de un éxodo obligado

Aunque todos huyen de la violencia, del hambre y la falta de oportunidades, es necesario establecer la diferencia entre refugiado y desplazado. Así, un refugiado es una persona que, a causa de un conflicto, una persecución o a la violación de los derechos humanos que ponen en peligro su vida, cruza las fronteras de su país. Por su parte, el  desplazado es aquel que ha tenido que huir, pero sigue dentro de su país.

El informe anual “Tendencias Globales” realizado por ACNUR, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, analizó el desplazamiento forzado en todo el mundo. Las cifras son escalofriantes. 

  • A finales de 2015, 65.3 millones de personas se encontraban desplazadas. Es la primera vez en la historia que se supera los 60 millones.
  • Sólo en 2015, 24 personas por minuto, se vieron obligadas a huir de sus hogares.
  • Tres países expulsan la mitad de la población refugiada del mundo: Siria, Afganistán y Somalia.
  • En El Líbano, uno de cada cinco ciudadanos es refugiado, por lo que es el país que (en comparación con su población) recibe más refugiados que cualquier otro en el  mundo.
  • Hay casi 5 millones de refugiados sirios en sólo cinco países: Turquía, Líbano, Jordania, Irak y Egipto.

Claramente la Guerra de Siria es el arquetipo de la crisis actual de los refugiados. Todos los conceptos y definiciones pueden aplicarse en el estudio de esta catástrofe humanitaria. Sin embargo, más allá de cualquier análisis teórico es preciso pensar que luego de seis años de guerra y huyendo de la muerte, 5 millones de sirios abandonaron el país para convertirse en refugiados. Mientras que 8  millones se convirtieron en desplazados internos. Más real se torna este conflicto si pensamos en el número de 320 mil muertos.

¿Qué sucede en Europa?

Si logran sobrevivir a los viajes imposibles que emprenden, paradójicamente, para salvar sus vidas, los refugiados se encuentran con una Europa hostil que los recibe con los brazos cerrados.

Refugiados sirios en tierras griegas. Foto de Sergi Cámara
Refugiados sirios pisando tierras griegas. Foto de Sergi Cámara

Luego del Brexit,  y en pleno ascenso de candidatos que nuclean todo tipo de sentimientos xenófobos, racistas y  consignas de odio, se evidencia en Europa el avance de derechas populistas ultranacionalistas que hacen de la lógica de la exclusión su base discursiva. Es decir, discursos en los que se posiciona al otro, al extranjero, como el peligro, como el elemento foráneo que arriba a mi tierra para privarme de algo: mi trabajo, mi seguridad, mi espacio, mi sistema de salud. Aquí, la noción de otredad es fundamental, pues hace referencia al reconocimiento del otro, como un individuo diferente que no forma parte de la comunidad propia.

De este modo, diariamente  los medios de comunicación describen historias de superación personal desbordantes de esfuerzo y dedicación, donde los protagonistas son refugiados, en su mayoría, de países de Medio Oriente que logran hazañas “sobrenaturales” como conseguir un trabajo acorde a su profesión o estudiar. Por supuesto que ese tratamiento mediático diferenciado no es inocente, ¿o acaso leemos en los diarios historias de ingleses que ingresan a la universidad?

Entonces, la idea es que el extranjero sólo puede formar parte de estas sociedades en la medida en que se occidentalice y asimile culturalmente todo lo que el proceso europeizante le demande. Es decir, la dignidad del migrante existe si prevalece su deseo de ascenso  social, como la única fuerza de construcción ciudadana y de producción en las sociedades del conocimiento. 

Por lo tanto, lo único que la Comunidad Internacional espera del refugiado es que se occidentalice, abandone la “categoría” de extranjero. Si únicamente busca refugio, asilo y garantías mínimas de respeto a los derechos humanos, torna nuevamente en un peligro que introduce la delincuencia, la vagancia, y el terror a una sociedad absolutamente civilizada.

Las estadísticas de ACNUR confirman esta realidad. Los países miembros de la Unión Europa sólo se han repartido el 3,5% de los refugiados que prometieron hace un año. Alemania y Suecia recibieron entre las dos el 64% de las solicitudes de asilo sirias en Europa entre abril de 2011 y octubre de 2016.

Estados Unidos, del American Dream al endurecimiento de las políticas migratorias

En su campaña electoral Donald Trump se refirió a los migrantes indocumentados mexicanos como “violadores”. Lo cierto es que la latinofobia existe, y en otras variantes, el actual presidente de Estados Unidos y su equipo supieron leerla y utilizarla para atraer votantes.

No es extraño entonces que en la industria cinematográfica los latinos personifiquen, en su gran mayoría, a pandilleros y narcos, a albañiles y jardineros, a mucamas y niñeras o cocineras de restaurantes. En el día a día, son los latinos quienes realizan las tareas que los americanos no quieren hacer. Si bien esta marginación es simbólica, (no por eso menos violenta) los números indican hasta donde llega la latinofobia. Según un informe del FBI, más de la mitad de los crímenes de odio por motivos étnicos se dirigen contra los latinos.

De todos modos, hoy en Estados Unidos, 1 de cada 17 habitantes es latino. ¿De qué huyen? ¿Qué buscan en la tierra de las oportunidades? ¿Por qué en plena era Trump, el Sueño Americano continúa siendo tan dorado para los migrantes latinoamericanos? ¿Cuándo la ilegalidad terminó siendo la mejor opción?

Muro entre México y Estados Unidos. Foto de Gregory Bull/Associated Press
Muro entre México y Estados Unidos. Foto de Gregory Bull/Associated Press

El estereotipo de migrante latino en Estados Unidos, incluso por una cuestión de cercanía geográfica, es el mexicano. Sin embargo, también arriban en gran número de países del Triángulo Norte: El Salvador, Honduras y Guatemala. Estos países con economías deprimidas, no exportan, no cuentan con generación de energía propia ni creación de empleos, poseen índices de inseguridad y criminalidad altísimos. Además, arrastran estructuras políticas oligárquicas donde el poder político y económico lo concentran unas pocas familias. De esto huyen los migrantes, hipotecando su vida y su cuerpo en viajes inhumanos en tren, o por rutas aun más peligrosas, escapando de los traficantes de drogas y de personas, de los proxenetas, del robo de documentos, de los estafadores.

¿Por casa cómo andamos?

Nuestro país le debe gran parte de su identidad a las inmigraciones de ultramar que desde 1880   poblaron masivamente estas tierras. Según un estudio de la Organización de las Naciones Unidas, hoy en Argentina el 4,6% de la población es extranjera, es decir, casi dos millones de personas. En su mayoría llegan de Paraguay, Bolivia y Chile y se  ubican en ciudad de Buenos Aires y en el Conurbano.  Lo cierto, es que como sociedad debemos entablar un debate urgente. ¿Cómo viven los inmigrantes? ¿Qué trabajos llevan a cabo? ¿Cuáles son sus condiciones sanitarias?

Definitivamente, esta discusión para ser profunda  y constructiva debe incluir elementos básicos como la xenofobia, la discriminación, la falta de oportunidades laborales, y el acceso real a derechos básicos como la educación y la salud.  Pues ya lo dice Preámbulo de nuestra Constitución Nacional “Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino” 

 

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