Amurallando el castillo de naipes

Pedro Lacour

Pedro Lacour

Periodista | Columnista en Misiones Opina | Colaborador en #CLV | Sociólogo de la Universidad de Buenos Aires
Pedro Lacour

Siete meses transcurrieron entre el triunfo electoral de Cambiemos y el anuncio del retorno de la Argentina al Fondo Monetario Internacional (FMI). Un lapso en que los niveles de popularidad de Mauricio Macri pasaron de estar en uno de sus puntos más altos a caer estrepitosamente por debajo de su piso histórico. La aprobación en el Congreso del recorte jubilatorio marcó un punto de inflexión. Y aunque en marzo, a fuerza de marketing y salarios actualizados, la consideración de la opinión pública le dio una tregua, los tarifazos y la corrida cambiaria volvieron a alimentar el malhumor y el pesimismo en gran parte de su propia base de apoyo. Un fresco poco esperanzador para las aspiraciones políticas de la gestión cambiemita.

Lo ocurrido en las últimas semanas ya pertenece a la crónica histórica. Todo comenzó el 25 de abril. La suba de las tasas del Tesoro de Estados Unidos golpeó casi sin distinción a las monedas de los países emergentes. Pero los vientos que azotaron al resto del mundo, en la Argentina se sintieron con la intensidad de un huracán: en menos de un mes, el peso se devaluó más de un 20% y el Banco Central dejó escapar 11.000 millones de dólares de sus reservas. Ni la decisión de Federico Sturzenegger de subir la tasa de referencia al 40% pudo detener la sangría de divisas. Como nunca antes en dos años, el modelo económico macrista expuso sus vulnerabilidades estructurales. El castillo de naipes quedó al descubierto y tambaleándose.

La tranquilidad llegó cuando el Gobierno logró sortear sin sobresaltos el megavencimiento de Lebacs de mayo. La tormenta, que parecía no tener fin, se apaciguó. El artífice de la hazaña fue Luis Caputo, el ministro de Finanzas, que echó mano a su lista de contactos del mundo financiero. Dos fondos de inversión amigos, BlackRock y Templeton, conocidos por sus fuertes tendencias especulativas, se pusieron al frente del “salvataje” adquiriendo BOTES –Bonos del Tesoro con vencimiento 2023 y 2026–. Son capitales golondrina que se fueron de las Lebacs con el dólar a 20,50 y hoy, con el tipo de cambio a 25, vuelven por más. Negocio redondo.

Lejos en el tiempo parece haber quedado la fantasía macrista de una estabilidad económica inmediata y duradera. La hipótesis según la cual podían “normalizarse” las variables gradualmente, echando mano al crédito externo a tasas accesibles, acabó por falsearse. Aducir que la razón para acudir al FMI es “preventiva” tampoco basta para calmar el pavor que generan esas siglas en la memoria colectiva de los argentinos. Desde Washington, voceros del Fondo dejaron entrever que las condiciones que se desprendan del acuerdo stand-by que se está negociando estarán basadas en las “prioridades argentinas”.

Pero no se necesita ser demasiado ingenioso para imaginar lo que Christine Lagarde puede llegar a exigir a cambio. Basta con tener memoria. O echarle un vistazo al informe del artículo IV, publicado por el FMI a fines del año pasado. Allí se ofrece el último diagnóstico de los economistas del staff del Fondo respecto de la Argentina. Ese trabajo indicaba, entre otras cosas, que el peso estaba sobrevaluado entre un 10 y un 25% en términos reales, que era necesario implementar una flexibilización laboral, cambios regulatorios, y que era “esencial” recortar el gasto público, en particular, salarios, jubilaciones y programas sociales. El Fondo está lejos de ser moderado. Y, probablemente, más que como un auditor, su arribo al país le sirva a Macri para reforzar aquellos principios ortodoxos de los que se aferra en su intimidad.

El fin del gradualismo

La crisis cambiaria terminó de convencer al Presidente de la necesidad de achicar el gasto lo más rápido posible. “Claramente, lo que pasó estas semanas es que el mundo decidió que la velocidad con la que nos comprometimos a reducir el déficit fiscal no alcanza, por lo que tenemos que acelerar”, dijo durante su primera conferencia de prensa después de las “turbulencias”. Por eso, contra viento y marea, Macri sostiene a Sturzenegger. El miércoles admitió que aquel cambio en las metas de inflación del 28 de diciembre, interpretado por el mercado como intrusivo en la autonomía del Banco Central, había sido un error. “Vamos a delegar como corresponde la responsabilidad de bajar la inflación en el Central, que irá comunicando qué medidas irá tomando y pronósticos. Queda claro que es fundamental bajar la inflación”, señaló.

Si el gradualismo fue “hijo del pragmatismo”, como afirmara el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, el Gobierno estaría finalmente comenzando a sintonizar mejor con sus verdaderas convicciones: más ortodoxia y menos reticencias a la hora de aplicar medidas que puedan generar mayores costos sociales. A partir de este martes, Dujovne será el encargado de manejar las principales palancas económicas. Con potestades bien definidas y capacidad de veto, encarnará un rol más parecido al del clásico ministro de Economía. Hasta hoy, la Argentina se había movido a dos ritmos distintos, muchas veces contradictorios: una política monetaria restrictiva y una fiscal más laxa. El “empoderamiento” de Dujovne podría terminar de alinear ambas. Y corregiría la “falta de coordinación” en el equipo económico, una crítica recurrente de parte del establishment.

La estrategia oficialista para blindar la “aceleración” del ajuste se completó con otro movimiento clave: la ampliación de la “mesa chica”. Atendiendo a los duros consejos de su amigo Nicolás “Nicky” Caputo, Macri tomó la decisión de, sin cambiar de nombres, reordenar el funcionamiento de un gabinete plagado de disputas internas. Las incorporaciones de Emilio Monzó y del ministro del Interior, Rogelio Frigerio, condicionan las jugadas del ala duranbarbista encabezada por Marcos Peña. Es algo que, a esta altura, resulta evidente para cualquiera: las virtudes electorales del gurú ecuatoriano son inversamente proporcionales a su eficacia en la gestión. En el centro de todas las miradas está Mario Quintana, ladero de Peña en la Jefatura de Gabinete. Sobre él recaen la mayoría de los reproches por los traspiés de los últimos meses en el manejo del esquema económico.

Monzó y Frigerio son, desde el primer día, dos exponentes excluyentes del ala política de Cambiemos. Macri los necesita más que nunca para ganarse la confianza de los gobernadores peronistas. En sus manos está la posibilidad de sellar el “gran acuerdo nacional” anunciado por Peña. El objetivo consistiría en lograr socializar los costos del ajuste y conseguir que los líderes provinciales apoyen, sin demasiadas vueltas, el programa que se desprenda del eventual acuerdo con el Fondo. Los gobernadores, por su parte, buscarán negociar gobernabilidad a cambio de que se mantengan los fondos para la obra pública y de que la Casa Rosada no interfiera en sus respectivos planes reeleccionistas. ¿Accederá el Gobierno a pesar de que en muchas de esas provincias haya radicales con ganas de competir? ¿Qué tendrá para decir Ernesto Sanz, flamante integrante de la mesa de decisiones?

El primer éxito relativo se registró en el Congreso: fue haber podido demorar el tratamiento del proyecto opositor que frena el aumento de tarifas y las retrotrae al año pasado. Con media sanción de Diputados, la iniciativa fue debatida por los senadores en comisión sin llegar a conseguir dictamen. Pero desde el peronismo que lidera Miguel Ángel Pichetto dieron un ultimátum: se le propuso al oficialismo que envíe un proyecto alternativo. De lo contrario, advirtió el rionegrino, su bloque se dispondrá a votar el ya existente. En Cambiemos adelantaron que no recogerán el guante que les tiró el presidente del bloque Argentina Federal. Veto en puerta.

Más allá de lo pactado entre Dujovne y Lagarde, el ajuste ya está en marcha. El segundo semestre augura más aumento de precios y menos crecimiento. Las altas tasas enfriarán la actividad económica y seguirán fomentando la bicicleta financiera. La devaluación del último mes empujará aún más la inflación, que en abril creció un 2,7% y en el primer cuatrimestre de 2018 acumula un 9,6%. Mientras, el Gobierno insiste con la surrealista meta del 15%. En el marco de una CGT en plena transición, será responsabilidad de Jorge Triaca intentar convencer a los Gordos y los Independientes de que no agiten el avispero de la reapertura de paritarias. Para Cambiemos, el techo a los salarios es otra meta inmodificable.

Pese a ostentar un notable perfil bajo desde la movilización del 21F, el moyanismo retomó la idea de articular un polo sindical opositor alrededor del rechazo al FMI, la reforma laboral y los tarifazos. La nueva situación parece haber sacado a los camioneros del letargo. “Hoy vemos a una CGT ausente y apagada. Queremos una CGT que se haga respetar”, disparan desde el entorno de Pablo Moyano que, junto al bancario Sergio Palazzo, ya confirmó su candidatura para disputar la dirección de la central obrera en las elecciones del próximo 22 de agosto. Ambos estarán al frente de un acto sobre la 9 de Julio convocado para el 25 de mayo, del que también participarán las dos CTA y las organizaciones sociales. Macri estará atento a lo que suceda en la calle. Los que lo conocen dicen que nunca deseó tanto el comienzo de un Mundial.

 

Columna semanal en Misiones Opina

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