Acorazado Potemkin + Killer Burritos en Rosario

PH Melina Gadea
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El rock fue señor en la noche rosarina del último sábado, con un line up de lujo: para festejar sus 20 años de carrera, los míticos Killer Burritos invitaron al escenario a Acorazado Potemkin. Con la potencia inigualable de los porteños y la magia bailable de los rosarinos, La Sala de las Artes fue el epicentro de una fiesta y en esta nota, te invitamos a vivir la fiesta. Por Leonela Esteve.

La noche del sábado amenazaba con lluvia. Entre la humedad agobiante y una brisa otoñal, el público rosarino se fue acercando a La Sala de las Artes, en el histórico barrio de Pichincha. A medida que la gente llegaba, las escenas de saludos entre amigos y conocidos se fueron multiplicando.

Poco antes de la medianoche, el escenario quedó a oscuras. Las figuras de los tres integrantes de Acorazado Potemkin, Juan Pablo Fernández, Federico Ghazarossian y Luciano Esaín, se dibujaron entre las sombras y todo fue rock. Abrieron el show con Soñé y dejaron en claro que estábamos por presenciar un espectáculo de intensidad arrolladora. Sin descanso, recorrieron, uno tras otro, temas de toda su discografía, aunque el setlist exploró en mayor medida las canciones del tercer y más reciente disco de la banda, Labios del Río.

Roto y Descosido, con su ritmo punky frenético, empezó a romper el hielo de una audiencia que, con el correr de los temas, se fue acercando al escenario, animándose a saltar al ritmo de la música. El trío de músicos dominó el escenario con una seguridad que habla de años de experiencia y que mantuvo la mirada del espectador prendida al escenario. El vocalista, Juan Pablo Fernández, no se movió demasiado pero tampoco lo necesitaba: su voz arrabalera atravesaba la sala como si, parafraseando la letra de Pintura interior,algo del corazón gritara ahí fuera. En Flying Saucers, una de las canciones más hipnóticas del nuevo álbum, los graves de Fernández tuvieron su contrapartida en la voz aguda y certera del baterista, “Lulo” Esaín, que irrumpía con su energía contagiosa. Pero la figura más atrapante del trío es, sin dudas, Federico Ghazarossian, quien no sólo deslumbraba con líneas de bajo increíbles como las de Las cajas sino que se transformaba en un verdadero showman mientras recorría el escenario haciendo piruetas. Su manera de sostener el instrumento recuerda a los bajistas del punk clásico y los movimientos de su brazo mientras toca nada tienen que envidiarle a los molinetes del mítico guitarrista de The Who, Pete Townshend.

Mientras se iban acercando al final del setlist, la emoción del público se hacía cada vez más palpable. Cuando sonaron las primeras notas de El Rosarino, un grito de alegría recorrió a la gente, que coreó la letra de la canción a puro pulmón, como para recordarnos que inútil es quitar leña del fuego / lo que se quemó primero arderá su eternidad. El incendio se volvió melancólico con Mundo Lego pero la intensidad no disminuía y para los dos temas finales, El pan del facho y A lo mejor, la emoción se desbordó. El público compartía sonrisas y abrazos, mientras cantaba, como si la vida misma dependiera de ello, “por todas las veces que dije / diosito si zafo de esta / a lo mejor me tiene que tocar”.

Acorazado Potemkin dejó el ambiente encendido. Mientras los técnicos preparaban el escenario para lo que seguía, la música ambiental se mezclaba con las risas y las voces excitadas de los presentes. Pasaron pocos minutos y el lugar se oscureció de nuevo. Sonó el repique de la batería, un riff contagioso y las luces explotaron: los Killers Burritos estaban una vez más haciendo bailar a la noche rosarina, con su éxito El veneno de la soledad. El líder y vocalista de la banda, Coki Bernardi, bailaba al compás de la música, y escondido detrás de unos lentes oscuros, cantaba “bienvenidos, bienvenidos al veneno de la soledad. Los Killer Burritos se adueñaron del escenario con la arrogancia seductora de aquellos que saben crear un show: mientras Coki desplegaba sus pases de baile que recuerdan un poco a Elvis y un a poco a Brandon Flowers, líder de The Killers, Franco Mascotti (guitarras y coros), Eloy Quintana (bajo y coros), Marcos Prieto (teclados), Isidro Llonch (guitarras) y Tito Barrera (batería) dejaban ver su virtuosismo con el porte y el look de estrellas de rock.

Se sucedieron una serie de temas de Chico Dinamita Amor, última producción discográfica de la banda, y el público se entregaba al contagioso vaivén pop que contienen los temas. La canción que da nombre al disco, Chicodinamitamor, creó una atmósfera reluciente y mágica; el reverb en las guitarras y el punteo incansable del bajo se mezclaban con el juego de luces. La sintonía bailable se tornó melancólica en temas como La sombra, o la increíble Mis ruinas, del exitoso disco Un millón de dólares, que encarna la tristeza de un amor trunco diciendo siempre que lo tengo / yo lo dejo ir”.

Pero el bajón duró poco y pronto volvió el frenesí. La pegadiza La tormenta provocó alegría en la gente que acataba el mensaje de la canción (“¿Te pusiste a ver lo que hay alrededor? / Hay que saber bailar”) y que cantaba a los gritos cuando Coki volvía su micrófono hacia ellos. Le siguió Perdida, tema del disco homónimo del año 2005. El público coreó la melodía del teclado y los Killer Burritos sorprendieron con un mash-up del clásico de los Stones, Satisfaction. El éxtasis musical llegó a su punto cúlmine cuando durante Espaldas Pesadas, Coki bajó a saltar en un pogo enorme con su público. La fiesta era total y los Killer Burritos lo sabían: “Es una celebración que estemos acá”, dijo Coki, luego de tocar su último single Medallita. Pero también advirtió, como todos los artistas sensibles al vaivén histórico, que había que intentar que “todo no se vaya a la mierda”. Con este mensaje, la banda dejó el escenario, con la promesa de volver en 15 minutos para un par de temas más.

PH Melina Gadea

Pasado el tiempo prometido, los Killer Burritos volvieron a las tablas, con looks nuevos. Cuando se encendieron las luces, comenzaron a sonar los acordes de un clásico del rock: Free Falling de Tom Petty. Fiel a su estilo, la banda rosarina le regaló a su gente un cover emocionante. Los temas finales fueron todos éxitos, que enfervorecieron a un público que viene acompañando a la banda en sus veinte años de trayectoria y se sabe hasta la última letra. Un Millón de dólares, Una casa sin puertas, Joselito y, finalmente, un clásico de la mítica banda Punto G, Baila, que resumió el espíritu del show: “Baila baila baila / que hace frío allá afuera.” Mientras la banda seguía tocando, Coki desapareció tras bambalinas por un momento, para volver, triunfante, enarbolando un pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, gesto que fue recibido con un terremoto de aplausos.

Finalmente, los músicos dejaron sus instrumentos y saludaron, con sonrisas de emoción. Lentamente, el hechizo de más de tres horas de música se rompió. Volvió el murmullo de voces y la música ambiental. Pero algo se sentía distinto, algo sacudió a quienes estuvimos presente en La Sala de las Artes el sábado. Aunque muchas veces el mundo parezca que “nunca es nuestra casa, como dice la canción Mundo Lego, Acorazado Potemkin y los Killers Burritos lograron, por una noche, que Rosario sea más que “sólo un lugar”.

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