#8M en Rosario: poniéndole el cuerpo a la lucha

Leonela Esteve Broun

Leonela Esteve Broun

Redactora at Corriendo La Voz
Estudiante de Letras. Feminista. Melómana. Tengo una frase de Friends para todo.
Leonela Esteve Broun

Rosario había amanecido nublada. El calor de los días previos había dado paso a un aire fresco que equilibraba el fuerte sol de marzo que a veces se dejaba ver entre las nubes. El clima ideal para lo que se estaba gestando.

Desde la mañana, se podía sentir que el pulso de la ciudad vibraba distinto. Pero a medida que se iba acercando la tarde, el centro rosarino se convirtió en el núcleo de un día de lucha. Era un viernes 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y como desde el 2017, se estaba llevando a cabo un Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y Personas No Binaries que culminaría en una gran marcha desde Plaza San Martín hasta el Monumento Nacional a la Bandera.

Alrededor de las cuatro y media de la tarde, el flujo de personas, con pañuelos verdes, consignas y vestuario de lucha se hizo más intenso en las calles que llevan a la plaza y más de un desprevenido se sorprendió y dijo “está lleno de mujeres”, como si se diera cuenta, por primera vez, que las mujeres estamos acá, poniéndole el cuerpo a este mundo patriarcal.

El clima en la plaza ya era una fiesta. Por las calles laterales, las agrupaciones políticas y sociales, los centros de estudiantes, las gladiadoras de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, los colectivos feministas y demás organizaciones, ya estaban en fila para marchar. Dentro de la plaza, florecían las perfomances artísticas, las ferias autogestivas, los mates, el glitter y el espíritu compartido de que estábamos por protagonizar un día histórico. En labios de todes circulaba, con la mezcla de asombro y orgullo, la frase “somos un montón”.

Cuando el reloj marcó las seis, los pies se pusieron en movimiento y la marea feminista comenzó a vibrar en toda su diversidad. Los carteles estuvieron en alto gritándole al mundo consignas como “ni puta ni tuya”, “disculpe las molestias pero nos están matando”, “no nací mujer para morir por serlo”, “no hay feminismo sin las travas ni las putas” o “el futuro es no binarie”. Los cuerpos funcionaron, más que nunca, como lugares de batalla: el glitter verde y violeta, los pañuelos en el cuello, la cabeza o las manos, las frases de protesta y autoafirmación pintadas sobre las pieles, las banderas del orgullo portadas como capas sobre las espaldas de lesbianas, travestis, trans y personas no binaries que afirmaban su derecho a amar libremente y a poder vivir sus vidas libres de las ataduras de género, orientación sexual, raza o clase. “Estoy feliz, me encanta este día”, le decía una chica a su amiga, poniéndole palabras a lo que todes estábamos sintiendo.

La marcha que convocó a más de 60000 personas, se extendió por veintenas de cuadras, provocando miradas de asombro, de desagrado y de enojo pero también de curiosidad, orgullo y respeto. Mientras avanzaba, se podían ver vecinas que salían por los balcones, las puertas o las ventanas con sus pañuelos verdes o sus puños en alto, alentando a la multitud que cantaba “mujer, escucha, únete a la lucha”; se podían ver nenas que miraban fascinadas desde sus casas el despliegue de color, alegría y rebeldía que inundaba las calles. Y, como símbolo de lo que el Paro buscaba mostrar, en muchos edificios, se podía ver cómo sólo había hombres cis que se asomaban a observar lo que sucedía: las mujeres, lesbianas, trans, travas y no binaries ya no nos contentamos con el rol de espectadoras y salimos a las calles a decirles a todes: “¡acá estamos!”.

La noche ya se había apoderado del cielo cuando las últimas columnas llegaron al Monumento Nacional a la Bandera, donde se había montado un escenario enorme, que prometía música y baile para todes. Bajar por la ladera del Monumento y ver la multitud que seguía cantando como si el día recién empezara, con el río Paraná de fondo, era como asomarse a la historia en pleno desarrollo, conscientes de que, a pesar del fascismo, el odio y la violencia patriarcal que nos azota, hay un fuego que se fortalece y expande cada día. Podemos disentir sobre las maneras de la lucha, sobre las alianzas políticas pero no podemos negar que cadx mujer, lesbiana, trava, trans, persona no binarie o disidencia que se suma a la marcha y se anima a encarnar su identidad, su dolor, su alegría, su orgullo y su pasión, representa una victoria para todes. La interseccionalidad es la mayor fortaleza del feminismo y es la dirección hacia la que debemos ir, para soñar y crear un futuro libre de las ataduras, los estigmas y los prejuicios. Hay algo que late en cada marcha y basta con mirar el despliegue de carteles y consignas para entender la maravilla que significa este movimiento y para encontrar la guía y la esperanza para seguir. Ahora que sí nos ven, tenemos que luchar para que realmente estemos todes. Y entonces sí, el patriarcado se va a caer.

Fotos por Ana Ayala

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