#8M Cuando una pared vale más que una mujer

Juan Agustin Maraggi

Juan Agustin Maraggi

Redactor en #Corriendo La Voz
Periodista | Colaborador en Revista Mascaró | Estudiante de Sociología en la Universidad de Buenos Aires
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En el #8M, 300.000 personas pusieron pie firme marchando hacia Plaza de Mayo.  Sin lugar a dudas, un número histórico que representa el estado de concientización en alza de la temática. Sin embargo los debates, lejos de centrarse en la masividad, la urgencia de los reclamos y el monstruoso aumento de femicidios que se viene dando año a año, lo hicieron casi de manera exclusiva en las pintadas, la suciedad de las calles y algún que otro conflicto aislado. ¿Cómo llegamos a estos debates? ¿Desde cuándo una pared; una, dos, mil botellas tiradas valen más que la vida? En Corriendo la Voz analizamos el proceso histórico que derivó en la desviación de estos debates y cómo el neoliberalismo nos atraviesa a todos y todas.

Imagen de Mariana Moretti (fb https://www.facebook.com/marianamorettiphoto)
Imagen de Mariana Moretti (fb https://www.facebook.com/marianamorettiphoto)

Patriarcado y Capitalismo, el producto ante todo.

Producto mujer, mujer como producto. Eso es lo que define y se esgrime como base de todo. Todos  y cada uno de los individuos que existen son a la vez producto y mercancía. Por su parte, la mujer como producto, la categoría, su género, tiene particularidades que se presentan como eje del debate a la hora de analizar los motivos del Paro internacional.

Como toda mercancía, y en cuestiones que se explican en su fetiche, según escribía un viejo intelectual hace ya unos cuantos años, el producto mujer se compra, vende e intercambia. Lo hace desde la corporeidad, por un lado, en cuanto a cuerpo ideológico, moldeado y preparado históricamente de manera natural, y sobre todo, de manera patriarcal, es decir, social.
Por otro lado, cumple el mismo rol, el de ser mercadería intercambiable, comprable y vendible a través de la fuerza de trabajo. En éste último caso, bajo las condiciones históricas y actuales, el producto mujer tiene un valor menor al del hombre, sin importar que las horas de trabajo socialmente necesarias para la producción sean las mismas, en el mismo lugar, en la misma fábrica, oficina o espacio para la producción de tal o cual elemento.

Para hacerlo más simple, no es sólo la mujer como producto la que resulta más barata en la lógica del Capital, sino también su producto, aunque se lo venda al mismo precio en el mercado.

Resultan muy interesantes las investigaciones que analizan la brecha salarial de género en Europa. En el siguiente gráfico se muestra – en comparación al salario del hombre- en qué mes del año la mujer comienza a trabajar gratis, o para ser realistas, dejan de ser pagada por su trabajo. (1)

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En Argentina la cuestión no difiere, a fines del 2016 se estimaba que existía una brecha salarial del 27,2%,. Sin embargo, según una investigación de Luciana Peker para Página 12(2), el 40% de las familias están a cargo de las mujeres, ganando, en promedio, 22.000 pesos menos.
En resumidas cuentas, esto quiere decir que para el Capitalismo, la producción de los medios de existencia y reproducción tiene menor valor en la mujer que en el hombre.

Las consignas que llevaron anteriormente las marchas del “Ni una Menos” y, éste año, el Paro Internacional de Mujeres, no le escapan a estas premisas, sino que son, básicamente, su eje central. Ciertamente no es el único factor en la ecuación, pero sí lo moldea. Las consignas y la lucha que se viene dando responden a la necesidad de invertir la lógica con la que la perspectiva de los géneros se emplea en el cotidiano y las consecuencias que arrastra. Los pliegos de reivindicaciones que, año a año, se van complementando y madurando corresponden al debate sobre el rol de la mujer y su cuerpo, y la producción y la reproducción de la misma; el control del cuerpo, la decisión sobre el mismo, el derecho a la igualdad ante las diferencias sistémicas, la posibilidad de la apropiación de los espacios comunes, algo básico como la permanencia de la vida física y mental de grandes sectores de la sociedad y en contra de la esclavitud en manos de la compra-venta del cuerpo en la trata.

En 2017, a todo ésto se le suma la transformación de la forma y esencia de la manifestación. La marcha se transformó en Paro, y no sólo en el país, sino a nivel internacional. Tal vez dijimos muchas cosas que parecen circulares o engorrosas, pero se explica todo con la frase cabecera que se levantó en la fecha: “produzcan sin nosotras”. Producir, en términos amplios, y genéricos, desde lo mínimo a lo máximo, desde la  cotidianidad hasta la fuerza de trabajo.

Estamos entonces ante un dilema gigante. Comprendiendo la diferencia sistemática abismal que analizamos, ¿cómo se llega a desviar semejantes reclamos  hasta banalizarlos al punto de llevar al pedestal los debates sobre las paredes, la limpieza de los espacios públicos y la reacción o no a las provocaciones? ¿Cómo un debate que se muestra como mediático es, en realidad, reproducido por una parte importante de la Sociedad hasta el punto de llenar gran parte de la visibilidad del tema?

De cambios de paradigmas, neoliberalismo y adaptación al patriarcado.

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Foto de Kaloian Santos Cabrera (https://www.facebook.com/kaloianFotograma )

El patriarcado antecede al Capitalismo pero sus mecanismos se han sabido adaptar a las diversas etapas en los modos en los que se produjo en la historia. Sin embargo, con el nacimiento y desarrollo del neoliberalismo como herramienta y proyecto político a nivel internacional, la adaptación se realizó aportando al cambio de paradigma y la conversión ideológica, de doctrina y, a su vez, doctrinaria.

Para hacerlo sencillo, toda nuestra generación – los 80/90 y los del nuevo siglo- es hija directa del neoliberalismo; de sus políticas, de su proyecto de clase, de su educación, su seguridad, el tratamiento del delito y la penalidad y de su perspectiva de los cuerpos.

Si bien en Argentina solemos repetir – como canto a la bandera – que el neoliberalismo es Menem y sus viajes a la estratósfera, la realidad dista mucho del discurso. El proyecto neoliberal se inició en el país casi a la par que arrancó a nivel internacional, en los movidos ’60 y ’70 con los cimientos de Martinez de Hoz y la última dictadura militar.

Victoria Rangugni, integrante del equipo de Delito y Sociedad, en su análisis sobre este proceso indicó que “redefinió la estructura social en nuestro país y a los modos en que los sujetos (se) piensan y actúan, individual y colectivamente produciendo dando soporte a dichos cambios” 3

La producción de éste proyecto de adoctrinamiento de clases a nivel internacional trajo aparejada una nueva forma de ver la penalidad, la forma de constitución de los espacios públicos y privados, como también su uso y desuso y las maneras en las cuales los individuos se apropian y llevan adelante la cotidianidad, inmersos en el discurso.

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Imagen Canal 5 Rosario

En 1969 Philip Zimbardo, psicólogo de la Universidad de Stanford, en sus experimentos moldeó cual arcilla lo que luego será la postura y políticas con respecto al delito y la penalidad y se esgrimirá como piedra fundadora de estas políticas.

Su teoría se tituló  “Ventanas rotas” y constaba, básicamente, en estacionar un auto sin  patente y con el capot levantado en una calle del Bronx y otro, con las mismas características, en el barrio de clase alta en California. A los diez minutos del inicio de la experiencia el auto del Bronx fue atacado.  Al tiempo, los niños jugaban con él, los vidrios fueron destruidos y todo el auto “vandalizado” (según palabras del autor). Por su parte, el auto de Palo Alto, a la semana seguía sin haber sufrido ningún daño por lo que Zimbardo utilizó un martillo para deteriorarlo. Poco después apareció todo el auto estropeado y dado vuelta. Para el autor, y los posteriores analistas, la conclusión es simple: una ventana rota que no es reparada representa el desinterés por el edificio, lo que permitirá al resto de las personas no respetarlo.

David Garland, investigador de referencia en los estudios sobre la penalidad en la actualidad, indica que a partir de los ’60 hay un cambio en la Cultura del Control, es decir, un nuevo horizonte en las políticas públicas que ya no apuntan a la reducción del delito, sino a bajar los niveles de temor y parchear las consideradas situaciones de ‘peligrosidad’.

Es en ésta época que surgió – según el autor- la denominada “Criminología de la vida cotidiana”. En ella, el delito existe en base a “oportunidades delictivas” y ocurren si no hay control. Se trata, básicamente, de quitar la atención en los individuos y prestársela al diseño espacial y la estructura de  control.

El Estado y su papel se ve cada vez más reducido y se aboga por la restricción en el ámbito cotidiano, no importa el trabajo o la educación, importan los jóvenes en las esquinas, el vagabundaje, el desorden y la necesidad de los espacios limpios y ordenados. De esta manera buscan disminuir la peligrosidad y los ciudadanos (ciertos ciudadanos, por cierto) podrían sentirse cómodos y transcurrir sus vidas sin la posibilidad de situaciones delictivas, tanto de cometerlas o de sufrirlas.

El razonamiento es meramente comercial, el fin es proteger el Capital desarrollando una red de diferentes controles situacionales no intrusivos, o al menos no intrusivos para ciertas clases sociales, que modifiquen la rutina de los individuos y a su vez, modifiquen sus perspectivas, compromisos y formas.

Con estas políticas y postura ideológica las reglas del juego se modificaron. Cambiaron los espacios públicos y privados, re-significando su importancia, tanto de manera institucional como  individual y creando un nuevo mecanismo de seguridad.

El macrismo se posiciona de manera airosa y cómodamente en éste enfoque, es su ‘zona de confort’, como también lo hacen grandes sectores de la población –votantes o no del PRO – que representan y son cuerpo de esta forma impregnada del diseño espacial y social.
Hace muchos años que esta ideología dejó de ser sólo de los gobernantes, candidatos, y medios. Ya no son ellos/as los únicos que alzan la voz de mando en pos de la limpieza – no sólo de desechos – de los espacios públicos y la segregación de espacios y territorios. Esta visión ha sido ampliamente socializada, impregnada en grandes sectores sociales y que atraviesa generaciones y clases sociales sin discriminar, son hombres y mujeres que producen y reproducen esta práctica, dándole sostén.

Con esta perspectiva es que vemos los grandes debates sobre, por ejemplo, los cortes de ruta. Ya no importa si los reclamos son o no son justos, los problemas son visualizados desde las individualidades y/o sectores. Lo que importa es si el corte afecta el camino propio y la cotidianeidad de la persona. No importa si una mujer muere cada 18 horas, si hay más o menos femicidios. Si en la forma en la cual se expresa el rechazo a los mismos, se termina posibilitando la destrucción del diseño espacial del común de la gente, resulta criticable.

Imaginemos hasta qué punto estamos inmersos en ésta ideología que no son sólo los políticos de la derecha los que piden que las manifestaciones “se hagan pero en determinado sector delimitado”, sino que es un discurso popularizado.

Mauricio Macri es, tal vez, de los representantes más evidentes que hoy en día tenemos circulando en estas esferas. Podemos notarlo, sin poner mucho esmero, en cada uno de sus discursos actuales, en los de la campaña presidencial y en las políticas que implementó en sus años como Jefe de Gobierno de la Ciudad. Veamos algunos ejemplos concretos: la política implementadas para con las personas sin hogar y la cantidad de denuncias que recibió la – ya disuelta- UCEP y Fino Palacios; las plazas completamente enrejadas, los canteros de microcentro que se construyen, arreglan y vuelven a arreglar constantemente; las construcciones grandilocuentes como el metrobus; la militarización y segregación del sur de la Ciudad, la ‘limpieza’ de los manteros de Once y Avellaneda, las vallas posicionadas siempre en las distintas calles de microcentro para ser utilizadas en cualquier momento, entre otras cosas.

Los Graffitis y pintadas son un caso aparte, tal vez por cómo clarifica la temática. La legitimidad en esta perspectiva está otorgada siempre desde la autorización en determinados espacios. Estuvimos tentados a poner como ejemplo a Bansky y sus obras vendidas por millones pero tenemos casos más cercanos y, tal vez, más valiosos. Si la pintada dice “muerte al macho” y ocurre en el espacio público, en una manifestación, indica suciedad, atentar contra las normas sociales y el común desarrollo del pretendido comportamiento de los individuos. Por otro lado, si uno se dirige hacia la autopista por la 9 de Julio puede ver todas las estructuras de las mismas llenas de dibujos, pintadas y graffities, oportunamente aprobadas por el Estado  para decorar los espacios. Lo mismo sucede con el subte y los contratos que se realizaron con distintos artistas callejeros para decorarlos.

¿Y en qué quedamos?

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El ‘no me representa’, el debate público, abierto y tendido – casi tedioso- sobre la suciedad que dejó la marcha en el Paro del otro día se encuentra atravesado por estas lógicas, al punto que, incluso debatirlo es sumergirse en cuestiones que respectan al neoliberalismo, sus tiempos, pautas y formas.

El paro que se realizó el 8 de Marzo además, se dio en otros 50 países, y sólo en Argentina más de 300.000 personas acudieron. En términos sencillos, fue histórica y tajante en cuanto a cómo la organización lucha contra los femicidios y el patriarcado continúa creciendo.

17351257_10212518430377282_1024927709_nSin embargo, entre los medios, y los individuos, la habladuría se desvió hacia cómo quedaron las calles, las paredes y los edificios y en intentar debatir cómo un grupo minúsculo desvirtúa o no lo que se está reclamando (caso del fuego en las vallas de la Catedral – si en las vallas, no en ella- y la reacción de un grupo de mujeres y hombres ante la provocación de un individuo del que ya todos/as conocemos procedencia e intenciones).

La comparación resulta insultante, el énfasis no estuvo puesto en la detención de 20 personas, dos horas y media desconcentrada la Plaza, con una razzia no sólo ilegal, sino que preocupante, de a cuatro o cinco policías arrastrando de los pelos a mujeres. Fuerzas de seguridad actuando de civil, sí, civil (que por cierto ¿de dónde salieron? ¿Qué hacían ahí? ¿Cómo llegaron tan rápido?) llevándose a pibas y pibes que comían, que esperaban transportes, que se iban a sus casas. Lo que sigue ya es historia contada, siquiera los gritos cibernéticos y mediáticos de quienes ostentan la voz de la moral pidiendo represalias por los ‘ataques’ a la Catedral y a un provocador fueron capaces de justificar la cacería policial.

En fin, es difícil salirse de esta perspectiva, sobre todo en el contexto en el que estamos. El paro del 8 de marzo fue histórico y una pared, cien paredes, veinte mil botellas y toda la suciedad de los basurales de la provincia volcados en Plaza de Mayo no pueden ni deben continuar la lógica que desvía el debate. El patriarcado sigue vigente y las mujeres mueren día a día, las paredes se limpian y la basura se levanta, como se levantan por día cientos de mujeres y trans sin saber si sobrevivirán.

1) http://www.expertmarket.co.uk/gender-pay-gap-in-europe

2) https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-10961-2016-10-28.html

3) Rangugni, V: “El problema de la inseguridad en el marco del neoliberalismo en Argentina”, en: TORRADO, Susana (comp.). EDHASA, 2010” en Poder  y Control N° 0, PPU, Barcelona, 1986. Disponible en https://www.mediafire.com/?t26xr5qk8x6x0am

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