#8A De Rosario a Capital, un solo grito por el aborto legal

Leonela Esteve Broun

Leonela Esteve Broun

Redactora at Corriendo La Voz
Estudiante de Letras. Feminista. Melómana. Tengo una frase de Friends para todo.
Leonela Esteve Broun

El 8A fue un día histórico para Argentina. Millones de personas poblaron la zona alrededor del Congreso Nacional y se movilizaron en distintos lugares del país para pedir que el aborto sea ley. En esta crónica y fotogalería te contamos cómo fue el viaje y el día de lucha desde la perspectiva de una rosarina.

Arrancamos temprano. Entre las sombras de los árboles que pueblan el parque Independencia, una fila interminable de colectivos y cientos de personas que, entre el frío y el sueño, esperaban el momento de subir y emprender viaje.

La emoción era palpable. Nadie lo decía pero todes sabíamos que estábamos vislumbrando el comienzo de un día histórico, de esos que deberían figurar en los diarios y los libros de historia. Risas, mates, abrazos y, por supuesto, cientos de pañuelos verdes que asomaban en los cuellos,  mochilas, muñecas o cabezas.

Lentamente, los colectivos se fueron llenando y pronto la marea feminista de Rosario comenzó su ruta hacia Capital. Afuera hacía mucho frío y la lluvia azotaba de a ratos, pero adentro el calor de la lucha brillaba y se iba acrecentando a medida que la distancia se hacía menor.

Cuando entramos a la Av. General Paz, la emoción se hizo palpable y de a poco nos fuimos sacudiendo la modorra del viaje para prepararnos para lo que se venía. El cielo se pintaba gris sobre la 9 de Julio pero nosotres queríamos inundar Buenos Aires de verde, con pañuelos, bufandas, glitter, pintura, carteles y banderas.

Apenas pusimos un pie en terreno porteño pudimos sentir que estaba sucediendo algo de dimensiones descomunales y con cada cuadra que hacíamos el aire de lucha se hacía más intenso. El ruido de los bombos, de los parlantes y de los cantos se iba haciendo más fuerte y los pañuelos verdes se multiplicaban por doquier. Era imposible no sonreír.

Llegar a la plaza del Congreso y verlo rodeado de vallas fue una sensación agridulce. Sabíamos que ahí dentro estaba teniendo lugar una sesión histórica, que por primera vez el Senado Nacional estaba tratando el Proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Pero también sabíamos la opereta increíble que la Iglesia, con la complicidad del Estado, estaba llevando a cabo: bastaba con mirar hacia donde se agolpaban las banderas azules de los anti-derechos para recordarnos que todavía faltaba mucho.

Y, sin embargo, había algo adentro nuestro que nos decía que, más allá del resultado, estábamos viviendo un momento revolucionario. A nuestro alrededor, todo era futuro. Adentro, había senadores que decían cosas medievales como “hay algunos casos donde la violación no tiene esa configuración clásica de la violencia sobre la mujer”. Afuera, las pibas con sus rostros llenos de brillantina cantaban, con toda la fuerza de sus pulmones, en un círculo de sororidad “el patriarcado y el aborto clandestino se van a caer”. Afuera, amigas se encontraban y se decían “llegamos a este día”, con sonrisas enormes y los ojos llenos de lágrimas. Afuera, nadie se saludaba diciendo adiós sino “que sea ley”.

Con la llegada de la tarde también llegaron la lluvia y el frío, pero nada impidió que las calles se llenaran de pueblo. En el escenario Lohana Berkins, An Espil, antes de deleitarnos con su voz increíble, hablaba de las mentiras que nos dicen sobre ser mujer. “Me querían hacer creer que por ser mujer la tenía fácil, cuando era precisamente al revés”. Un murmullo de afirmación recorrió al público. Todas sabíamos de qué hablaba y por eso estábamos ahí, poniéndole el cuerpo a la lucha.

La lluvia se intensificó a medida que caía la noche pero el aguante no aflojaba. Frente a la pantalla gigante de Mitre y Cerrito, miles de personas se amuchaban para ver la transmisión de la sesión. El viento hacía volar todos los paraguas pero nada se comparaba con compartir la euforia cada vez que un o una legislador/a hacía honor a la lucha feminista y defendía el derecho de las mujeres y las personas gestantes a decidir sobre su propio cuerpo. También era colectiva la bronca frente a las atrocidades que dijeron aquelles que votaban en contra y frente a la actitud chicanera y sobradora de la vicepresidenta de la Nación, Gabriela Michetti. Cuando Michetti interrumpió a la senadora Pamela Veresay argumentando que se había extendido del tiempo permitido, los silbidos y los insultos se multiplicaron. “Le importa más respetar las reglas del debate que los derechos de las mujeres”, gritó alguien entre la muchedumbre.

Cerca de la medianoche, las esperanzas de lograr la mayoría se iban achicando cada vez más y todes lo sabíamos pero nada apagaba el clima de fiesta. Ni la lluvia, ni el viento, ni el frío ni los senadores prehistóricos. Bastaba caminar por avenida Corrientes y ver las manchas verdes que inundaban las esquinas y bares para entender que el feminismo puso algo en marcha que nada puede parar. Aunque te alejaras de la zona del Congreso, siempre te cruzabas con el canto de “aborto legal/en el hospital” como un himno inclaudicable de la lucha. Tal vez nuestres legisladores no estén a la altura del momento histórico que vivimos y haya que esperar otro año para que salga la ley, pero si hay algo que todes aquelles que vivimos el 8A sabemos es que el aborto ya es legal en las calles y que fueron, como dijo Pino Solanas en su discurso, las pibas quienes lo lograron.

Con el resultado adverso, puede ser sencillo dejarse invadir por un sentimiento de derrota. Sin embargo, la revolución es imparable. Al sacar los pañuelos verdes a la calle, sacamos al aborto del closet. Ya no tenemos miedo de decir “yo aborté” porque sabemos que la clandestinidad nos mata y que el silencio y la hipocresía nos condenan. Ya no tenemos vergüenza de defender nuestro derecho al goce y nuestro derecho a decidir cómo, cuándo, con quién y si queremos ser madres. Ya sabemos que no estamos solas porque no sólo nos encontramos y nos seguiremos encontrando en las plazas del todo el país, sino que también sabemos que hay un red de mujeres que hacen todo lo posible por garatizarnos el acceso de un aborto seguro. 

Las sesiones de Diputados y Senadores dejaron ver lo peor de nuestra clase dirigente, que utilizó mentiras, provocaciones y presiones para impedir que la ley salga. Pero ya no somos ingenues. El paradigma cambió y los políticos tendrán que poder verlo o pagar el costo político. Entre la marea de pañuelos verdes también asomaban los pañuelos naranjas de la separación de la Iglesia y el Estado, sobre todo entre les más jovenes. Por ahí nos lleva el camino y hacia ahí iremos, sin miedo y sin pudores porque ya no estamos dispuestes a resignar lo que es nuestro: el futuro. 

Fotos: Mai Romano, Nuria Alvarez, Guido Piotrkowski, Marcelo Javier Moreno, Nico Avelluto y Karina Dos Santos

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