70 años: entre la nakba y Iom Haatzmaut

Axel Kesler
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Colaborador en #CorriendoLaVoz | Estudiante de Sociología en la UBA | Militante de DDHH |
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El 14 y 15 de mayo en Medio Oriente está partido en dos: por un lado, Iom Haatzmaut, celebración de la independencia del Estado de Israel; por el otro, la Nakba Palestina, “desastre” o “catástrofe” que inició un proceso de despojo y éxodo. Un día que se recorre desde la victoria y el fracaso, la dominación y el sometimiento, la potencia y la impotencia, la tristeza y la alegría. Hablar sólo de nakba o sólo de Iom Haatzmaut resulta muy cómodo para definiciones de identidad y lecturas unilineales de la historia, pero lo cierto es que la realidad se nos presenta un poco más compleja.

Luego de arrastrar un largo camino de conflictos, el 14 de mayo terminó de sentar dos facetas de la realidad, distintas, cruzadas, antagónicas y en permanente contacto. Banalizados y estigmatizados desde ambos imaginarios, el conflicto sigue implicando a dos pueblos y millones de vidas, así como a dirigencias políticas que se siguen mostrando como incapaces y/o desinteresadas en generar una solución definitiva.

Entender la fecha desde un ángulo bipartito y múltiple exige remitirnos a la construcción de dos identidades nacionales, el asentamiento de lo nacional, al desarrollo de un proceso de tensión y a ciertas lecturas finales.

La construcción de lo nacional

Tanto lo que llamamos Israel como Palestina son un producto material y cultural de un proceso de construcción de “lo nacional”. De acuerdo con Anderson en “Comunidades Imaginadas”, por nacionalismo entenderemos a una comunidad política imaginada, es decir, un conjunto de individuos que se reivindica parte de una misma comunión a la vez que se diferencia de otras. A su vez, como un artefacto cultural de una pequeña élite, construido en un proceso dinámico a lo largo de la historia.

Los primeros antecedentes de un nacionalismo palestino que encontramos se dan a partir de la llegada de las ideas nacionalistas a Medio Oriente, en el contexto de la revolución francesa y del desarrollo capitalista europeo. En ese entonces, las reacciones árabes contra el Imperio Otomano, como por ejemplo la revuelta de 1834, demostraron cierto sentido de pertenencia árabe en oposición a una dominación extranjera. Más adelante, principios de siglo XX, no sólo aparecieron diarios con nombres que hacían alusión al territorio de Palestina -Al Quds (“Jerusalem”) en 1908, Al Karmil (“El Carmelo”) en 1909, y Falastin (“Palestina”) en 1911- y que publicaban contenidos con ideas nacionalistas, entre ellas oponiéndose a la inmigración judía y a la compra de tierras por considerarlo como parte de una “desarabización” de la población, sino también protestas de la población palestina con reivindicaciones nacionalistas frente a la compra de tierras por parte de los sionistas y al desplazamiento del trabajo árabe por trabajadores judíos.

Además, las primeras instituciones con cierto contenido nacionalista palestino emergieron en 1922 con la creación del Consejo Musulmán Supremo, liderado por el muftí Al Huseini, y el Alto Comité Árabe que apoyó la lucha nacional árabe y las revueltas de 1936-1939 en nombre de la liberación de palestina. Si bien estas no llegaron a un mayor despliegue debido a la represión de las revueltas y la posterior desintegración de las instituciones y sus liderazgos, lograron consolidar una conciencia nacional y una noción de unidad con héroes y mártires de la resistencia como símbolos. Esta se vio principalmente concentrada en una pequeña elite. Los sucesos de guerra y la declaración de la independencia de Israel en 1948, conocidos como el nakba palestino, agregaron posteriormente nuevos elementos para la expansión de la consciencia nacional palestina.

Del otro lado está el sionismo, la identidad nacional que consolidó el Estado de Israel. Este movimiento de liberación nacional se conoce desde mediados de siglo XIX como una respuesta al llamado “fracaso de la emancipación judía. Con eso nos referimos a la creciente oleada de antisemitismo y negación de derechos de ciudadanía que sufrían los judíos en las nacientes naciones europeas. La mayoría de las poblaciones judías, al ser vistas como extranjeras y como un obstáculo a las identidades nacionales vigentes, fueron en muchos casos ‘desreconocidas’ como sujetos de derecho y hasta perseguidas de forma violenta (como fue el caso de los pogroms en la Rusia zarista o discriminaciones públicas como el caso Dreyfus). Frente a esto, mientras fluían otras ideas de construcción nacional judía en los territorios europeos, intelectuales y dirigentes comunitarios fomentaron la difusión y teorización de esa corriente nacional que buscaba constituir un estado judío secular en Palestina (territorio donde nació y tuvo su gobierno el pueblo hebreo en el siglo V a.C hasta su conquista y posterior expulsión). A partir de entonces es que comenzaron las oleadas de migración judía con la misión de contribuir a la fundación de un estado. Estos fueron construyendo nuevas colonias agrícolas, ciudades, cooperativas, instituciones económicas y políticas y demás para sentar las bases del futuro estado.

 

El asentamiento nacional

Si hasta 1918 el territorio de Palestina se encontraba bajo el gobierno del Imperio Otomano, ese año pasó a quedar controlado bajo el llamado Mandato Británico. En 1916, en medio de la Primera Guerra Mundial, un comisionado de Gran Bretaña y uno de Francia se reunieron de forma secreta y concluyeron en los conocidos acuerdos Sykes-Picot. Estos consensuaban una división artificial de tierras de Medio Oriente y las asignaban bajo administración colonial a cada una de las potencias. La búsqueda de ejercer un dominio efectivo los llevó a fomentar la conformación de estados modernos, ahí mismo donde hasta ese entonces regían relaciones sociales precapitalistas y unaorganización política religiosa tribal. Esto no sólo ocasionó un fuerte rechazo por parte de las poblaciones habitantes sino también marcó gran parte de la dinámica cultural y política de la región. Vale aclarar, se trataba de un repudio tanto a las potencias coloniales como a jeques locales que sacaban provecho de dicha situación a costa de la voluntad de sus pueblos (las llamadas ‘capitulaciones’), ya sea vendiendo tierras ‘suyas’ como facilitando la entrada europea.

En lo que compete particularmente a Palestina, el Mandato Británico encontró su legitimidad política a través de promesas a ambas identidades pobladoras: la palestina y la sionista. En 1915 la carta McMahon emitida por alto comisionado británico prometía avalar un estado árabe en Palestina y contribuir con su desarrollo. En 1917 la Declaración Balfour anunciaba que Gran Bretaña “ve conagrado el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y utilizará sus mejores medios para facilitar el logro de este fin. A su vez, durante el mandato se mantuvieron relaciones con poblados árabes y sionistas, se reguló la inmigración judía a través de las cartas blancas, y se ejerció un control militar en la zona. Mientras tanto, los poblados y las instituciones sionistas y palestinas crecían y se desarrollaban (en mayor medida las primeras), a la vez que se agudizaban los conflictos.

El intento más aproximado de un acuerdo fue el Plan de Partición presentado y aprobado en la ONU el 29 de noviembre de 1947. Se trataba de una propuesta de dividir Palestina en un estado árabe y uno judío en una serie de fronteras delimitadas. Sin embargo, esto obtuvo legalidad pero no legitimidad entre las partes en juego, al ser aceptado por la parte diplomática judía pero rechazado tanto por grupos paramilitares sionistas, por países árabes y por Gran Bretaña. Resultaba lógico pensar que en dicho contexto la parte diplomática judía aceptara la partición mientras que la palestina no, entendiendo que en ese entonces la opción de establecer un estado judío se veía casi inviable y esto simbolizaba un reconocimiento político considerable.

BBC

El 15 de Mayo de 1948 culminó el Mandato Británico: las últimas tropas militares y políticas que quedaban se retiraban dejando encendida una bomba de tiempo que, en parte, ellos habían alimentado. Horas antes de ese día, entre ideas anticipadas y salones improvisados, una élite de la dirigencia sionista en palestina aprovechaba el vacío de poder para declarar apresuradamente la independencia del Estado de Israel. Así la bomba estalló.

 

El día del fin del Mandato Británico tropas militares de países miembros de la Liga Árabe (Egipto, Siria, Transjordania, Líbano, Irak, Arabia Saudita y Yemen) y guerrillas palestinas y árabes (Santo Ejército y Hermanos Musulmanes) atacaron a Israel, quién unificó sus fuerzas militares, e iniciaron la llamada “Guerra de la Independencia” o “Guerra de la liberación”. El saldo: miles de muertos, miles de palestinos exiliados y/o expulsados, el reconocimiento por los paísesde la ONU del Estado de Israel y, más tarde, la firma de armisticios con países árabes junto a la delimitación de fronteras. Israel se consolidaba como un nuevo estado todavía vulnerable a las amenazas externas; Palestina incorporaba un suceso trágico a su historia (nakba) y acrecentaba su identidad nacional.

El desarrollo de un conflicto

Este nuevo mapa político daba inicio a una tensión permanente entre Israel tanto con los países árabes como con la nación palestina. Si bien se puede hablar de dos conflictos separados (árabe-israelí y palestino-israelí) tienen una implicancia común en muchos casos. Por ejemplo, la guerra de 1956, de 1967 o de 1973 tuvo como consigna por parte de los árabes la liberación de palestina. Aun así, el conflicto palestino-israelí tiene sus particularidades intrínsecas.

El recorrido pasa por las guerras ya mencionadas, la creación de la OLP como organización autónoma de los países árabes por la lucha por la independencia nacional, la aparición de bastos partidos políticos palestinos (Al Fatah, Hamas, Frente Árabe Palestino, Tercera Vía, Unión Palestina Democrática, etc) e israelíes (Likud, Iesh Atid, Kadima, Avodá, Meretz, Liga Árabe Unida, etc) con distintos tintes político ideológicos, la Guerra del Líbano de 1982, la intifada de 1987, los Acuerdos de Oslo, la segunda intifada del año 2000, la guerra en Cisjordania del 2006, la guerra en Gaza del 2014, la “intifada de los cuchillos” del 2015, entre otras.

La relación de desigualdad entre la parte israelí y la palestina explica mucho del desarrollo del conflicto. Es cierto que de ambos lados se cometen atrocidades y se alimenta la violencia y el conflicto. Sin embargo, hay una diferencia extrema entre las consecuencias de esta tensión para cada lado de la línea y, por ende, una distribución desigual de las responsabilidades políticas.

 

La cantidad de muertes y destrucciones de ambos lados ya muestra una diferencia abrumadora, lo que lejos de ser un “dato frío” -como muchas veces se lo considera- es un indicador de las consecuencias sociales y la potencia de los daños cometidosMoisés Salinas Fleitas, en su investigación acerca de la psicología del conflicto palestino israelí, analiza cómo influye en mayor medida los trastornos psicológicos de la guerra en el lado palestino que en el israelí. En este último, se cuenta con mayores recursos médicos para tratar las patologías y regular sus efectos en la población. Todo esto teniendo en cuenta que los aspectos psicológicos afectan el humor social y condicionan la dinámica cultural y la relación con la otredad.

Algo que también es cierto es que el status quo (“mantener las cosas como están”) muchas veces es funcional a los gobiernos. Las dirigencias políticas encuentran un mayor grado de legitimidad cuando se presentan como una garantía de seguridad (defensa ante el enemigo) o como aquellos que reúnen las condiciones para satisfacer los deseos sociales (como puede ser la idea de combatir el mal o descargar las pulsiones negativas en rituales colectivos). Pero si esto lo llevamos al plano interaccional, vemos que el status quo perjudica en mayor medida a quienes se encuentran en una posición de desventaja ante ese conflicto.

Los estigmas en la población y en las lecturas políticas alimentan esa violencia. Es frecuente escuchar denuncias sobre una “barbarie palestina. Cuando desde ese mismo discurso no se mencionan aspectos sociales del pueblo palestino enormemente superadores a nuestras culturas occidentales, tales como: lazos sociales fraternos, ONGs de ayuda humanitaria y distintos servicios sociales provistos por el gobierno. Menos todavía abundan desde esas partes las críticas a las políticas de expansión de asentamiento, de veneración a extremistas israelíes, de violación de la ley internacional y de los Derechos Humanos desde Israel, sabiendo que -como mencioné antes- cada violencia ejercida desde este lado encuentra más vulnerable a la reproducción de violencia del otro lado. Si bien existe una responsabilidad política importante de la autoridad palestina en Gaza y Cisjordania que alimentan el odio, volcar toda la culpa hacia ese sector es desligarse de las intervenciones locales.

También hipnotizan discursos del otro lado donde se aboga por la destrucción del Estado de Israel o por el apoyo incondicional a dirigencias políticas que poco se alinean por un proceso de paz. Es cierto que la subjetividad del pueblo condicionan ciertos dichos políticos que buscan respaldar su legitimidad, y es necesario un cambio cultural para la eliminación de ciertos estigmas y un camino de diálogo, pero eso no legitima prácticas políticas. En Israel hoy viven millones de personas y existe un país consolidado. Exigir la destrucción o fomentar acciones hacia esa meta no propone ningún tipo de avance político sino que alimenta la violencia y la violación de DDHH.

Lecturas finales

Veo importante volver a resaltar la necesidad de leer desde la multiplicidad dicho conflicto. Quedarse en lecturas unilineales nos hace caer más fuerte en errores comunes. Cualquier análisis que se haga sobre el mismo debe evitar confundir la totalidad y la complejidad con una visión reducida y focalizada, y debe comprender que, a lo largo de la historia, fueron agregándose y mutando distintos puntos de inflexión en el conflicto. Así, no sería correcto afirmar que se trata de un conflicto nacional, religioso, territorial, etc sino que debe entenderse a partir de su diversidad de aristas y agregado de compuestos. Del mismo modo, sería un error caer en propuestas políticas que sólo contemplen soluciones territoriales, religiosas, nacionales, entre otras, sin buscar integrar todas.

Haciendo una expedición en ese sentido, vemos que el camino hacia la paz se encontró entorpecido a lo largo de la historia por varias razones: de ineficacia política, como es el caso de Barak en el año 2000 cuando “jugó” con el tiempo y no le llevó propuestas firmes a Arafat; de descontrol social y presión interna, como cuando la segunda intifada atrofió lo que podría haber llegado a ser una apertura hacia un acuerdo entre las partes; de negación de un otro, como el rechazo del plan de partición de 1947 por la subestimación desde las partes árabes de que el sionismo no estaba en condiciones de consolidarse; hasta incluso por razones de irresponsabilidad de las dirigencias, cuando hasta el día de hoy continúa la construcción de asentamientos judíos en Cisjordania promocionada por el gobierno, las respuestas violentas y desproporcionales y la insistencia con priorizar embajadas en Jerusalem antes que un acuerdo sobre ello, obstáculos claros hacia un mutuo entendimiento. En eso, nos damos cuenta de que si la paz se ve difusa es porque hay mucho en juego, y no simples recetas unilaterales.

Así también podemos enfocarnos en aspectos culturales que condicionan las formas que adoptaron ambos pueblos. El sentido común predominante, las diferentes perspectivas de clase, etc, moldean la respuesta que da cada pueblo a los distintos momentos del conflicto. En el caso de la sociedad palestina es muy característico en esto el hecho de que se desenvolvió en un contexto de ocupación, de falta de soberanía plena, de pulverización interna, y de fuerte dependencia que limitan la capacidad de asociacionismo civil. Por otro lado, es necesario pensar cómo influye la estrategia política en la resolución del conflicto. En esa línea, podríamos tomar el ejemplo de las negociaciones del año 2000 en que Barak fue cediendo a distintas propuestas cada vez más acorde a los intereses de los palestinos, quienes decidieron rechazar cada una de las que recibían sabiendo que vendría una más favorable. El resultado fue que el proceso de paz quedó obsoleto y opacado por una coyuntura que presionaba, y por más de que se habrían dado condiciones muy favorables no se pudo llegar a mayor resultado.

Hoy vemos difícil un posible acercamiento entre las partes. Entre un gobierno de derecha

Foto: royalhistsoc

israelí que mantiene su mayoría parlamentaria con una coalición judía ortodoxa y aumenta las exigencias hacia el otro lado; y un desencuentro entre Al Fatah y Hamas (las fuerzas políticas con más fuerza en el campo palestino) que aumentan en rivalidad y, por ende, en la construcción de hegemonía (repetimos, la guerra es funcional a ese objetivo). Aun así existen ciertas propuestas de base que fomentan el diálogo y la destrucción de estigmas. Entre ellos organizaciones sociales como la escuela “Hand in Hand” o el movimiento juvenil “Sadaka-reut” que impulsando actividades interculturales acercan a ambos lados. Otras organizaciones sociales de denuncia como la radio “All of Peace” o “Peace Now” también intentan elevar a los parlamentos estas demandas.

Resulta relevante entender la relación desigual en el conflicto y encarar las denuncias desde un enfoque crítico que no peque de aislar las lecturas de poder. Así, por último, entender los matices en cuestión y evitar caer en posicionamientos que vacíen de significados dichas denuncias. El acercamiento a la paz, entonces, estará dado cuando tanto los estigmas como la falta de asunción de responsabilidad caigan en conjunto. La consigna más acertada: “dos estados para dos pueblos”, en la que se reconozca -mediante una salida polítca-  el derecho a la soberanía nacional y a la autodeterminación de los pueblos palestino e israelí.

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