25J: estertores de una CGT fragmentada y en plena transición

zzzznacp2NOTICIAS ARGENTINAS BAIRES, DICIEMBRE 14: Héctor Daer encabeza la conferencia de prensa brindada en la sede de la CGT, en la que se aseguró hoy que la central obrera realizará un paro general desde la medianoche ante un eventual DNU para la reforma previsional. FOTO NA: MARCELO CAPECEzzzz
Pedro Lacour

Pedro Lacour

Periodista | Columnista en Misiones Opina | Colaborador en #CLV | Sociólogo de la Universidad de Buenos Aires
Pedro Lacour

Contundente y con acatamiento inédito. Así definen al tercer paro general de la era Macri los representantes de los gremios que, algunos con más entusiasmo que otros, confluyeron este lunes en la medida de fuerza dispuesta hace dos semanas por la CGT. La radicalización del programa de ajuste y el regreso a los condicionamientos del FMI, lograron algo que hasta hace pocos meses parecía imposible: que todos los sectores que componen la principal central obrera del país coincidan en la necesidad de manifestarse en contra de las políticas económicas de Cambiemos.

A diferencia de las otras huelgas de la CGT contra el actual gobierno, el 25J contó con la adhesión de prácticamente todas las expresiones del movimiento obrero organizado. La pérdida del poder adquisitivo de los salarios debido a la fuerte devaluación, y la continuidad de los despidos en diversas áreas de la economía, alimentan una conflictividad social que llegó para quedarse. En el Gobierno lo saben. Por eso, intentaron por todos los medios posibles evitar que el triunvirato compuesto por Héctor Daer, Carlos Acuña y Juan Carlos Schmid tome la resolución más extrema de todas: parar el país.

Pero el deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares resulta, a esta altura, un dato imposible de soslayar hasta para los dirigentes gremiales que mejor congenian con la Casa Rosada. Es el caso de Armando Cavalieri (Comercio) o Ricardo Pignanelli (Smata), integrantes de los Gordos. También el del líder de la UOCRA, el inefable Gerardo Martínez. A los que se suman, además, los más de 30 sindicatos que integran el Movimiento de Acción Sindical Argentina (MASA), liderado por los taxistas de Omar Viviani y los ferroviarios de Sergio Sasia. Ni Viviani ni Sasia habían adherido a la medida del 18 de diciembre pasado, como tampoco lo hicieron otros gremios del transporte, como la Unión Tranviarios Automotor (UTA) y La Fraternidad. “El paro fue para descomprimir”, se encargan de aclarar.

Las postales del 25J en Buenos Aires combinaron imágenes de calles desiertas con manifestaciones en los principales accesos a la ciudad, como la protagonizada por la izquierda trotskista sobre el Puente Pueyrredón. Más allá de la unidad de acción a la hora de acatar la medida, este lunes se expusieron dos orientaciones bien disímiles de cómo encarar la lucha contra el ajuste. “El momento que estamos viviendo amerita un paro activo y no lo que está haciendo la CGT”, se refirió Alejandro Crespo, secretario General del Sindicato Único de Trabajadores del Neumático de la Argentina (SUTNA). Es que la CGT llamó a parar sin movilizarse, a diferencia del sindicalismo combativo que, liderado por el SUTNA, le dio a la jornada un carácter activo con más de 40 cortes en todo el país y un acto en el Obelisco. El sábado habían reunido a más de 4 mil delegados de todas las provincias en el microestadio de Lanús, donde votaron un programa propio y un plan de acción a seguir.

Pasadas las 14, en la conferencia de prensa en Azopardo, el primero de los triunviros en tomar la palabra fue Schmid. “Las medidas instrumentadas (por el Gobierno) están afectando seriamente a los trabajadores, a las Pymes, los comercios, las economías regionales, y los sectores vulnerables”, disparó el dirigente de Dragado y Balizamiento. Y aclaró que “un paro general es un fracaso del diálogo y de la política”, que se resolvió “después de haber agotado todas las instancias”. Schmid fue quizás el más decidido a la hora de tomar la medida de fuerza. Su relación con Hugo Moyano jugó un rol clave para la resolución que finalmente tomó la CGT en su conjunto. El camionero es, desde fines del año pasado, el principal promotor del descontento hacia la Casa Rosada.

“No contribuyen a nada, no suman porque no creo que haya habido un gobierno con tanta preocupación por fortalecer los empleos que tenemos y crear nuevos”, se refirió Macri desde Tandil, su ciudad natal. A pesar de la contundencia del paro, el Gobierno se encargó de dar señales muy claras de que no habrá cambios en su política económica. Sin embargo, es un hecho la reapertura de paritarias, que se hará “sector por sector”. En Balcarce 50 prefirieron concentrar sus críticas en los impulsores de la medida, a quienes el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, acusó de estar motivados por “cuestiones políticas” y de querer “volver al pasado”. Pero la polarización con el kirchnerismo es una herramienta cada vez más obsoleta. Sobre todo, si el día a día confirma que lo prometido por Cambiemos sigue siendo deuda.

Resistencia o integración

“¿Hugo maneja a Pablo?”. La pregunta no dejaba de retumbar en la cabeza de Macri luego de la victoria de Cambiemos en las elecciones de medio término. Desligado de cualquier responsabilidad orgánica con su gremio desde 2016, pero con un poder de fuego intacto encarnado en sus más de 100 mil afiliados, el silencio de Hugo Moyano ante la radicalización de su hijo Pablo se había convertido en un signo de pregunta ensordecedor para el Presidente. La incógnita se terminó de despejar durante el verano. La movilización que encabezó el camionero el 21 de febrero marcó las coordenadas de un nuevo mapa sindical: la reforma laboral quedó momentáneamente cajoneada y el Gobierno volvió a las negociaciones sectoriales.

El moyanismo refleja un caso particular dentro de la dirigencia sindical argentina. Es una corriente que, como explica la investigadora Ana Natalucci, se caracterizó históricamente por ejercer el vandorismo: tener en claro que la calle es el lugar más efectivo para demostrar fuerza a la hora de salir a defender los intereses de sus bases. Pese a que, tal y como expresa el “golpear para negociar” vandorista, el golpe no sea más que el momento táctico. Lo estratégico está en la mesa de negociaciones. El historial de Moyano confirma que, más allá de los vaivenes, su rol es el de amortiguador de las tensiones sociales, ya sea encabezando la protesta social o congelándola.

El jueves pasado, desde la cartera que conduce Triaca, anunciaron que “intimarían” a Camioneros para que rectifique lo anunciado sobre su acuerdo paritario del 25%. La amenaza desnuda las debilidades del oficialismo, obligado a aceptar el fin del ilusorio techo del 15% para las negociaciones salariales. En esa tensión constante, que moldea la relación entre gobierno nacional y Moyano, hay también una ganancia para el Ejecutivo y los sectores empresarios. El 25% acordado por Moyano fija otro techo salarial. Uno que, claramente, es inferior a la inflación ya pronosticada.

El mundo sindical se dirime entre los que plantean la necesidad de ir a fondo y los que prefieren no agitar demasiado el avispero. La figura de Moyano abre un signo de pregunta en torno a esa cuestión. ¿Se convertirá en un baluarte de la tregua sindical, aunque lo haga con un discurso combativo? ¿Seguirá disputando al interior de la estructura de la CGT, poniéndose al frente de las críticas a Macri y actuando como un alfil del rearmado peronista de cara al 2019? La trayectoria del líder camionero abre ambas posibilidades, que no resultan excluyentes entre sí.

Lo cierto es que mucho de lo hecho por la CGT a lo largo de los últimos dos años y medio, no se comprende sin tener en cuenta un dato: el impulso que significó la emergencia de los movimientos de mujeres y de trabajadores de la economía popular. Ambos son, quizás, la expresión más dinámica en estos tiempos macristas. Sujetos políticos que echan luz sobre problemáticas que antes se encontraban silenciadas. La lucha de la CTEP por el reconocimiento de los excluidos del sistema, obligó al gremialismo tradicional a interiorizarse con la situación de sectores hacia los que históricamente se había mostrado reacio. Mientras que debates como el del derecho al aborto, que puso a centenares de miles de personas en la calle, recalentó el clima de movilización popular a costa de las propias cúpulas sindicales.

Con el 22 de agosto como fecha de vencimiento, el agotado triunvirato cegetista fue a la huelga sin convicciones y casi con resignación. No es ninguna novedad. Entre la sangre y el tiempo, según aquel célebre apotegma de Perón, la central obrera siempre eligió el tiempo. El General, sin ir más lejos, también lo hacía. El tiempismo es el principal atributo de una dirigencia sindical peronista cada vez más divorciada de los trabajadores a los que se dice representar. Aunque, de vez en cuando, el empuje de las bases la devuelva inevitablemente a la realidad.

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