24 de Marzo: Somos pueblo y grito

Gabriela Krause
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Periodista | Escritora | Editora de Géneros y Breve Eternidad | Poeta | Feminista. Contacto: genero@corriendolavoz.com.ar / breveeternidad@corriendolavoz.com.ar
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Somos pueblo vivo. Pueblo que no olvida ni perdona. Somos pueblo y grito. Somos los desaparecidos de ayer, de hoy y de siempre. Nunca más es nunca más.

Me levanté movilizada. Todos los años amanezco así cuando el calendario me devuelve, violento, el día 24 del mes de marzo. Esta vez, la felicidad de no ir a trabajar un feriado, tenía un motivo distinto al de simplemente poder descansar: era la felicidad de saber que podía ir a marchar, con mi pueblo, por las 30.000 luchas silenciadas hace 40 años. Cuarenta. Todo un número. Un número redondo, muy poderoso. Un número grande. Uno que, si bien no aumenta el dolor – ni lo ameniza, aunque pase el tiempo -, lo resalta, lo vuelve imposible de ignorar.

La marcha fue larga. Empezamos en Congreso, a las 15, pero recién a las 17 empezamos a movernos, de a poco, hacia Plaza de Mayo. La columna que conformaban los movimientos sociales supo organizarse y cuidarnos a los que éramos menos, para que la marcha pudiera transcurrir sin inconvenientes. Tenía al lado a pañuelos en rebeldía y atrás y adelante al frente Darío Santillán. Lo que veía todo el tiempo al mirar hacia delante eran dos cosas, que iban variando de lugar: una era toda una ronda que constaba de todas las banderas de los países latinoamericanos. La otra, las letras que, ordenadas, conformaban un “derechos humanos ayer y hoy”. Nos rodeaban cooperativas, sindicatos, movimientos sociales, compañeros de distintos países latinoamericanos que viven acá y nos acompañan en la lucha porque entienden el dolor. Había niños, adolescentes, jóvenes, doñas, señores. Generaciones y generaciones reivindicando la memoria, prohibiendo olvidar el horror.

¿Si hubo rosca política, diferencias? Claro que las hubo. Fue imposible, pese a los intentos, la unificación de las marchas. Hubo que dividirse, por más que la consigna fuera – en lo fundamental -la misma. Nadie dio el brazo a torcer y así se dio: algunos, al llegar a la 9 de Julio por Av. De Mayo, nos vimos obligados a doblar y buscar otra entrada, porque nos encontramos con que la marcha que había convocado más temprano nos impedía el paso con vallas. Hubo un enojo generalizado, claro que lo hubo. Pero eso no impidió que ninguno de los convocantes se rindiera. La marcha era a la plaza y en la plaza terminó: con canciones y bombos de recuerdo, de dolor, de revolución. Menciono estas cuestiones porque pasaron, son difíciles de ignorar. Pero no hay que confundir: aunque la rosca exista, el pueblo se levantó y se unió en el dolor. Calles y calles de pueblo vivo, de pueblo levantado. Calles y calles de consignas por los desaparecidos de ayer, de hoy y de siempre. La rosca estuvo, pero lo fundamental, que es la plaza llena, todo el centro lleno, pudo lograrse. Lo fundamental, que es hacer ver la lucha, demostrar que no hay ni habrá olvido ni perdón, también pudo lograrse.

Quien pasó por el centro sin ser parte de la marcha, no pudo dejarlo pasar desapercibido. Una larga cola en la puerta del Gamount tuvo que enterarse que el pueblo hoy respiraba y lloraba acompasado en un sólo cuerpo, en un solo dolor, una sola voz.

Las consignas fueron muchas. El Nunca Más sonó fuerte y contundente. Sorprendió el gesto de vestir el obelisco de gala, de parte de un gobierno que no se manifestó junto a su pueblo para recordar la voz de ese otro pueblo que se masacró. ¿Sorprendió? Tal vez sólo incomodó, generó rechazo.

Tengo 22 años. Cuando yo nací, ya la lucha por los derechos humanos y la justicia y la aparición de nuevos datos había cumplido la mayoría de edad. Yo no caminaba, todavía, y esa lucha había pasado la pubertad, caminaba a terminar la adolescencia. Yo no balbuceaba y esa lucha ya había aprendido a pararse firme y a gritar. Tengo 22 años. No viví la dictadura, pero me duele. No la viví, pero me obliga a no hacer la vista gorda, a tomar el legado de esos compañeros que lucharon porque el mundo fuera mejor. Hoy me toca a mí, a nosotros, hacer propia esa voz y decir que no. Tengo 22 años. No viví la dictadura. Tengo 22 años, pero vi desaparecer a Luciano Arruga, vi asesinar a Mariano Ferreyra, vi al Servicio penitenciario masacrar a Florencia la China Cuellar, después de haber asesinado a sus otras compañeras de lucha, sellando la impunidad. Vi a David Dubra anunciando una muerte que no tardó en hacerse real. Vi represiones a trabajadores, vi a Ismael Sosa morir en manos de la policía por querer escuchar rock. Vi a un policía de Quilmes disparar contra tres amigos, dejando a dos muertos y a una pila de gente destrozada, para después mirarla a la cara y cagarse en su dolor. Y vi más, vu tanto. Tengo 22 años y vi. Vi un montón. Veo todos los días como a los oprimidos de hoy, lo sigue desapareciendo la política represiva de ayer. Veo la criminalización de la protesta, de la pobreza, y me digo: fueron 30.000 las personas que pusieron el cuerpo para que esto no pase. Fueron 30.000 los que lucharon por dejarnos un mundo mejor. Me digo: debemos tomar su legado, embanderarnos, luchar por un mundo mejor para nosotros, para los que vengan. Me digo: nunca más es nunca más. De una vez por todas nos tendrán que escuchar.

 

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